PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

“Si mi padre siguiera vivo en Colombia habría menos pobres y más violencia”

H

 

Hablamos con Juan Pablo Escobar, el hijo del narco más poderoso de todos los tiempos

Xaime Martínez

07 Marzo 2017 18:37

(Fotografía de Pol Aregall)

Cuando Pablo Escobar murió en 1993 ya no era el poderosísimo narco que había hecho temblar a media Colombia.

Una alianza de todos los demás frentes —el cártel de Cali, las fuerzas de la ley colombianas, los grupos paramilitares y la DEA estadounidense— había conseguido convertirlo en el fugitivo más buscado del país.

Gran parte de los partidarios y lugartenientes de Escobar habían muerto o estaban encerrados, y después de que Alemania denegase a su esposa e hijos la condición de exiliados y los obligara a regresar a Colombia, incluso su familia estaba en peligro de muerte.

Cuando finalmente sus enemigos lograron dar caza a Pablo Escobar, los restos de su imperio se derrumbaron de golpe.

Tanto fue así que su mujer y sus dos hijos adolescentes tuvieron que renunciar, en sucesivas reuniones con los distintos capos mafiosos del país, a cualquier derecho sobre las increíbles posesiones de Escobar para que respetasen su vida.

Luego huyeron a Argentina, cambiaron sus nombres y trataron de rehacer su vida allí.

Juan Pablo Escobar era el nombre del hijo del "Patrón", pero en Argentina, donde estudió arquitectura, sería conocido como Sebastián Marroquín. Exiliado de Colombia a causa de las airadas declaraciones que hizo a una periodista tras la muerte de su padre —"Yo solo los voy a matar a esos hijueputas"—, años después de la desaparición de Pablo Escobar decidió contar su propia historia.



Su intención, repetía una y otra vez, era que crímenes como los que cometió su padre no volvieran a suceder. Oír al hijo del mayor narco de la historia defender la paz de forma tan vehemente era impactante, y pronto sus palabras llegaron más allá de Latinoamérica.

En 2009 participó en un premiado documental llamado Pecados de mi padre, y en 2015 escribió su primer libro: Pablo Escobar, mi padre.

En ellos, trataba de aproximarse con seriedad a la vida de su padre y entenderla. Y así, desde el amor filial que según dice siempre profesó por él, explicar a los muchísimos admiradores que Pablo Escobar tiene en todo el mundo que el camino del narco es un camino de muerte.

Si bien ha sido acusado por antiguos colaboradores de su padre —como John Jairo Velásquez, alias Popeye el Sicario, con quien hablamos a raíz de su puesta en libertad— de adulterar la historia y aprovecharse de la fama de Pablo Escobar para hacer caja, lo cierto es que Sebastián Marroquín tiene también una nutrida legión de seguidores que creen que su manera rigurosa y ética de examinar la figura de su padre es la mejor para evitar que un caso trágico y violento como el de Pablo Escobar se repita.

Hemos conversado con él sobre su nuevo libro, Pablo Escobar: lo que mi padre nunca me contó (Ed. Península), en el que el hijo del narco habla con algunas de las víctimas de su padre para pedirles perdón, investiga varios episodios desconocidos de su vida y hace polémicas declaraciones, como que Pablo Escobar trabajaba para la CIA, que bromeó (o no) con secuestrar a Michael Jackson o que la verdadera espada de Simón Bolívar nunca llegó a manos de su padre.


En el libro dices no estar de acuerdo con la idea de que los hijos heredan los delitos de los padres, pero en la página siguiente afirmas que tu voluntad es pedir perdón “por los pecados cometidos por tu padre”. ¿Te sientes responsable de los crímenes de Pablo Escobar?

Yo asumo la responsabilidad moral de los crímenes que cometió él y me parece, como hijo y ciudadano que cree en la paz, que es a través de esos encuentros respetuosos con las víctimas  para pedirles perdón como se construye paz. El perdón actúa como una herramienta liberadora de esos odios que han quedado ahí sin que nadie se ocupe de ellos. Mi única finalidad es que los crímenes no se repitan.

Sí, en el libro ese concepto de “perdón” tiene mucha importancia. ¿Es un perdón universal?  ¿Se extiende también a  aquellos que, según cuentas, traicionaron a tu padre, como tu abuela paterna y tu tío?

Claro, yo los perdono y los he perdonado todos los días. Lo que pasa es que ellos todos los días renuevan la ofensa y me toca volver a perdonarlos. Es un círculo vicioso: mientras más atacan ellos, más los perdono yo. Pero ni siquiera eso los detiene en sus ataques. Y está bien: que sigan atacando, que yo los seguiré perdonando. No me voy a guardar ese odio para mí.

¿Qué le dirías a tu padre si lo tuvieras delante ahora mismo?

Que lo amo. No tengo más pendientes que decirle eso. Le dije todo en vida de frente. No esperé a que muriera para decir lo que digo, para hacer lo que hago y para pensar lo que pienso. Con él en vida se lo decía de frente y como te hablo a ti.

¿Y qué le dirías a ese adolescente de 16 años que, cuando se enteró de la muerte de su padre, gritó “yo solo los voy a matar a esos hijueputas”?

Que piense antes de hablar, porque los cinco segundos de amenazas que hizo le están cobrando todavía 25 años de exilio.  Es una buena lección para el pasado del futuro.

¿Qué crees que hubiera pasado con el mundo y contigo si Pablo Escobar hubiera tenido éxito en su batalla contra el cartel de Cali y la policía colombiana?

Muy probablemente estaríamos nosotros muertos. Mi familia habría caído como parte de las retaliaciones tristemente lógicas por la violencia que él ejercía.

¿Y para el mundo qué hubiera supuesto que Pablo Escobar siguiera vivo?

Habría menos pobres en Colombia. Y más violencia.

¿Por qué habría menos pobres?

Porque mi padre era un hombre al que le gustaba, al contrario que a muchos millonarios, tener una fábrica de millonarios. Era bueno. A él no le molestaba que otros fueran millonarios, le hacía feliz que otros tuvieran las posibilidades económicas que él no había tenido. A la mayoría de los que son millonarios no les gusta que los demás se enriquezcan a costa suya. Son celosos y creen que los otros van a venir a quitarles lo que ya poseen. Entonces nunca actúan en favor de que el otro se enriquezca. Pero mi padre no pensaba así.

En México, mucha gente piensa que los episodios de violencia asociados al narcotráfico a finales de los años 2000 fueron causados por la guerra al narcotráfico que inició Felipe Calderón. Antes, el narcotráfico proponía una especie de estado subterráneo que en la apariencia era pacífico. ¿Es mejor un buen narco que un mal gobernante?

A veces es difícil establecer la diferencia porque hay una gran mezcla de los dos: gobernantes y narcos, gobernantes que llegan a serlo porque el narco los apoya, políticos y narcos encubiertos como lo fue mi padre... En el gobierno más reciente de Colombia hubo momentos en que no había quórum para legislar porque la mayoría de congresistas estaban presos por narcotráfico. Cada vez más estamos viendo que este problema del narcotráfico se amalgama con todas las estructuras institucionales.

¿Esto tiene algo que ver con el “No” al proceso de paz a Colombia?

El que ganó no fue el “No”, sino el “No me importa”. La mayoría de las personas no se pararon de sus camas ese domingo para ir a votar. Para mí ni siquiera ganó el “no a la paz” o el “sí a la guerra” sino el “no me importa lo que quieras hacer y mátate con quien quieras”, que es el verdadero mensaje que nos ha quedado como sociedad: no  estamos comprometidos con los valores y con la participación democrática.

Porque a la larga, si hay guerra o hay paz el colombiano de bien se tiene que levantar a trabajar. Lo que también muestra es que estamos hartos de la violencia y de tener que resolverla. La invitación es a que la paz perdure, pero llevamos cincuenta años matándonos y hoy votamos que está bueno hacerlo. Es como una locura que tristemente más es el resultado de la lucha entre dos personas políticas muy fuertes que quieren demostrar quién tiene la razón a punta de votos.

Volviendo al aspecto político de tu padre que me comentabas antes, en el libro dices que Pablo Escobar se declaraba de izquierdas y de hecho estuvo involucrado con el M-19 y otros movimientos de la izquierda guerrillera...

Y con el MAS, grupo paramilitar de ultraderecha. Eso lo ubica en muchos lados al mismo tiempo.

Sí, por eso, ¿qué crees que les podría enseñar Pablo Escobar a los políticos españoles?

Dejando de lado toda la violencia que las opacó, hay historias de Pablo Escobar que tienen que ver con su sensibilidad por las clases más abandonadas por el estado. El narcotraficante siempre ocupa los vacíos que deja el Estado. Donde el Estado no está, donde no participa, donde no se hace presente, donde no ayuda a la gente, ahí es donde están los narcos haciendo lo que el Estado no hace, ocupando el vacío que deja.

En el momento en que la política o la institución o el país no ocupa todo su territorio, ese vacío lo ocupa el narco. No me meto en temas políticos internos, no opino de lo que no sé, pero creo que esto le sirve a cualquier país, no solo a España. También en México hoy vemos como, en esos lugares donde el Estado no ha llegado con la fuerza que debería llegar, se vive el caos o la violencia.

Es lo que te decía antes, que mucha gente percibe que el narcoestado defiende sus intereses mejor que el estado legal.

Es el estado del miedo. Pero claro, hay algunos casos en los que los políticos entran exclusivamente a robar. El narco es tan rico que le gusta más repartir que robar. Esa es la gran diferencia. Que muchas veces los políticos entran a la política por ganas de ser ricos, pero cuando el narco lo hace es con el deseo de repartir su fortuna. No es robar sin más.

Este carácter de tu padre, que lo ayudaba a conectar con las clases desfavorecidas, tuvo mucho que ver con la gran aceptación social que tuvo en su época. Pero ¿cómo crees que se explica la fascinación que todo el mundo siente hoy por una figura como la de Pablo Escobar?

Sin duda, hay que reconocer que hoy hay más fans de él que en su historia, y eso hay que agradecérselo a Netflix y a Caracol Televisión. Los que nos hemos dedicado a hacer un uso serio y responsable de su historia no hemos tenido tanto éxito, evidentemente. A los que se dedican a hacer una oda a la violencia les va muy bien. Obviamente todo esto repercute en la venta de mi libro porque la gente es curiosa, no se cree todo lo que le están contando y va a la fuente, a quien verdaderamente vivió la historia de Pablo Escobar. Yo no la vi por televisión, como los de Netflix o los de Caracol.

¿A qué se debe esta identificación de la gente con alguien como tu padre?

Bueno, yo creo que hay un término que saben explotar muy bien los medios de comunicación que es la “Hibristofilia”, esta fascinación del ser humano por el bandido, por el malo de la película. Una mezcla de Pablo Escobar con esta cosa glamurosa y glorificadora que le agregan, esa apariencia de sufrimiento que disfraza el poder absoluto... Muestran un Pablo Escobar invencible, y claro, todos quieren ser como él.

Pero es muy distinto del Pablo Escobar que yo conocí en vida y al que vivimos como experiencia real dentro de Colombia. Si a todo esto le agregas efectos especiales y le agregas Hollywood da como resultado un producto muy exitoso que alienta a otros. El gran peligro no es que cuenten la historia, yo no me opongo a eso, me opongo a que la glorifiquen de esa manera. Porque gracias a ello más personas quieren ser como él.

¿Y no tienes miedo de que tus libros, precisamente, se interpreten como que te estás uniendo a la moda del narcotráfico, que te estás subiendo al carro que iniciaron las narcoseries?

Yo me aprovecharía del narcotráfico si vendiera cocaína. Mira, te voy a contar algo que me pasó ahorita en Buenos Aires. Presenté el libro allí, había como 300 personas y un chico de 13 se para y me dice: “leí todos los libros que hay sobre tu padre y me vi todas las series y leí tus dos libros, y tus dos libros fueron los únicos productos sobre tu papá que me invitaron a ser un profesional y no un bandido”.

Está todo dicho.

share