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La nueva gran brecha política es entre jóvenes y viejos

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Los viejos siempre han despreciado a los jóvenes. El caso de Antonio Navalón, columnista de El País que criticó a la generación millennial con argumentos ridículos, ha tenido una repercusión enorme, pero no es especialmente innovador. Como suele ser normal, usa el concepto millennial como si fuera una generación homogénea y cuadriculada. Pero el verdadero problema generacional en España no son los viejos gritando a las nubes (como Abe Simpson) sino que el desprecio a los jóvenes (y no solo los jóvenes, en general todos los menores de 25 años, niños incluidos) está incrustado en el sistema, las políticas públicas y las instituciones.  

Como escribía el politólogo Pablo Simón en Politikon hace unos años, “entre 2007 y 2009 la pobreza infantil creció un 45% en España mientras que los pensionistas mantuvieron (o hasta ganaron ligeramente ) poder adquisitivo en el mismo periodo”. No es algo exclusivo de España: “la generalización de la pobreza entre menores de 25 años en la OCDE ha ido en paralelo a una disminución de la pobreza entre los ancianos”. Pero en el caso español, los jóvenes están más marginados porque el envejecimiento de la población provoca que los recursos se destinen mayoritariamente a los ancianos (las pensiones no se tocan) o los trabajadores fijos, los que tienen hipoteca, los que llevan muchos años cotizando…Son los llamados insiders.  

A pesar de que el 15M comenzó como una rebelión generacional, de jóvenes, no hay una agenda clara para la juventud, como explica en este artículo Javier Padilla, donde aporta varios datos interesantes: “Según Eurostat, tras la crisis económica los jóvenes españoles pasaron a encabezar tres porcentajes en toda Europa: el de desempleo, el de involuntariedad en el trabajo temporal (tras Chipre) y el de imposibilidad de hacerse fijos tras realizar un trabajo temporal”. Difícilmente cambiará esto con un gobierno del PP, que “mantiene a cientos de becarios en los ministerios sin cobrar ni un euro”.  

Pero tampoco de un partido envejecido como el PSOE. Incluso Podemos y Ciudadanos, aunque son los preferidos por los menores de 25 años, no han sabido cómo vertebrar políticas que beneficien a la juventud o la infancia. En un artículo en El Diario, el sociólogo Pau-Marí Klose habla de la rendición de Ciudadanos ante el PP en materia de pobreza infantil: “Ciudadanos contaba con un buen programa en lo que se refiere a atención a infancia”, pero en su pacto con el Partido Popular redujo esas exigencias: “La partida extra destinada a luchar contra la pobreza infantil (lo que en el acuerdo se llamaba Plan Infancia) pasa de 1.000 a 340 millones, una rebaja del 65%” con respecto a su programa inicial. Podría justificarse con que es fruto de una negociación, pero la partida es incluso inferior que lo que proponía el PP antes de las elecciones de 2015. Es que los bebés no votan.

Los jóvenes votamos menos que los ancianos. Y cuando protestamos, solo nos negamos, no proponemos políticamente nada nuevo (porque en general no nos interesa nada la política). Como escribe Joaquín Estefanía, “los jóvenes han dejado de ser precursores para convertirse en antagonistas: más que explorar nuevos recorridos, buscan tránsitos hacia destinos contrarios”. Javier Padilla propone un plan que no parece muy loco, pero que no estaría mal: “el fin de las prácticas públicas no remuneradas, la creación de bolsas de financiación pública para los estudios universitarios y la implementación de nuevos programas específicos contra la pobreza juvenil”. Es concreto y asumible, solo hay que convencer a nuestros padres y abuelos.

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