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No descubrió su verdadera identidad hasta los 16 años; ahora lucha por la cultura indígena

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La joven poeta Natasha Kanapé ha revolucionado la literatura canadiense con sus versos naturales y su reivindicación del pueblo innu

Luna Miguel

07 Febrero 2017 07:00

A la edad a la que los adolescentes tratan de descubrir quiénes son, qué les gusta o cómo van a interactuar con el mundo, a Natasha Kanapé la respuesta le llegó como una luz intensa. Como un fogonazo que ilumina pero que también quema, porque trae consigo la sorpresa, pero también la incertidumbre.

Tenía 16 años cuando por fin comprendió que aunque desde niña hubiese sido criada en la ciudad, educada en lengua francesa y convencida de ser absolutamente canadiense, su ADN llevaba una nota más de color. Una identidad que quizá por dejadez paterna, se le había ocultado durante años. Kanapé no era sólo una chica de Quebec, no podía definirse como una joven más de Canadá. Además de eso, ella pertenecía a un pueblo más antiguo, a una fuerte cultura indígena: la de los innu.


Lo explica ella misma en una entrevista concedida a Gazette des Femmes casi una década después de la gran revelación: “mi discurso se basa en la idea increíble de que nunca podremos ser conscientes de nosotros mismos. No saber que eres innu, cuando tus padres lo son, forma parte de ese sinsentido.”

Pero también lo explica en un poema que escribió a los veintipocos años, después de comenzar una prometedora carrera poética, que la llevaría a convertirse en una de las promesas literarias de su país:

“yo soy tres mujeres en una

abuela madre

soy mi abuela

mi madre

yo

soy el mar de la luna

mi memoria

mis entrañas mi sangre

un temblor terrenal

camino de los ancestros

corazón vientres vacíos

yo golpeo

un enorme y seco

tambor”

Con esa poesía hecha de carne, de magia, de praderas y animales antiguos, de homenaje a los ancestros y de reivindicación de las costumbres innus, Natasha Kanapé obtuvo a los 22 años un premio de los Escritores de la Sociedad francófona de América, convirtiéndose en la escritora más joven en conseguirlo hasta la fecha.


Y de esta manera, la que de adolescente no sabía ni quién era ni a qué raza o mundo pertenecía, logró poco a poco denominarse poeta, y también pintora, actriz, performer y, sobre todo, activista por los derechos de los indígenas y del medioambiente.

Para ella, la poesía íntima no es sólo una forma de hablar del yo, sino también de recuperar al “nosotros” que cargamos a nuestras espaldas, y también al que nos rodea, y por el que debemos luchar.

Así lucha ella:

“Quemaremos

las escuelas

las actas

Encarnaremos

una gran hoguera”

Porque de adolescente, Natasha Kanapé no descubrió sólo que su origen fuera innu y que su pasión fuera la poesía. Desde aquellos días supo perfectamente que ambas características definirían su futuro. Que ambos nombres formarían parte de algo muy parecido.

Como el pueblo innu, el poeta está obligado a sobrevivir al frío.

Como el pueblo innu, el poeta tiene que enfrentarse generación tras generación al rechazo de otras tribus y razas.

Como el pueblo innu, el poeta trabaja cazando, no ya animales enormes, sino palabras que se esconden en la nieve, y que congelan las manos al tocarlas.


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