Books

Encontró al amor de su vida en un chat, después lo perdió para siempre

Hay jóvenes en Corea del Sur que pasan el día comiendo frente a la webcam para luchar contra la soledad. Jung es uno de ellos, pero su vida podría estar a punto de cambiar

No sé si es más un logro o un fracaso que la tecnología nos ayude a mitigar la soledad. Digo un logro porque el haber sido capaces de crear mecanismos que nos ayuden a superarla creo realmente que es algo que podemos celebrar, y digo un fracaso porque el hecho de que exista significa que estamos solos.

Y que cada vez lo estamos más, como demuestra el caso de Jung:

El joven miró el reloj cuando vio por la ventana que ya era de noche y comenzó a poner todos los platos sobre la mesa. Después cogió el ordenador y lo encendió frente a él.

Hace una par de semanas que empezó a utilizar una de esa plataformas tipo Chatroulette que se han hecho populares entre los jóvenes de Corea del Sur para luchar contra la plaga rampante de la soledad y que consiste en plantarse delante de una webcam y comer ingentes cantidades de comida tradicional.

Todos los días a la misma hora Jung introduce su nombre y su contraseña y se pone a comer frente a la pantalla enormes cantidades de comida, con fruición, un plato detrás de otro.

Cuando se cansa del comensal que le acompaña, le basta un click para cambiar de compañero, para iniciar una nueva conversación que, la mayoría de las veces, se realiza con gestos y onomatopeyas, pues de tan mala educación es hablar con la boca llena como dejar de comer para hablar.

Esta plataforma no está hecha para hacer amigos. Quién querría hacer amigos en estos tiempos. Los amigos son una utopía, como mucho una anécdota. Aquí de lo que se trata es de no sentirse solo, de ver que hay otros en tu misma situación, comiendo en sus casas sin nada que decir, sin nadie con quien hablar.

Jung pasaba de un comensal a otro con relativa fluidez. Se fijaba en su ropa, en la forma en que comían, en lo poco que podía verse de la habitación en la que estaban; se imaginaba cómo serían sus vidas y, si no le entusiasmaban lo suficiente, si no veía en ellos algo especial, algo distinto a todos los demás, pasaba directamente al siguiente comensal.

Repitió el proceso unas cuantas veces hasta que finalmente dio con una mujer que le llamó la atención . Sus ojos le impactaron, sus dos coletas negras cayendo a ambos lados de la cabeza. Su mirada, sobre todo era su mirada, fría y distante, con un cierto grado de superioridad.

Jung no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que la conocía. La recordaba bien. Se llamaba Hye, era la chica más famosa de su instituto, bailarina, buena estudiante, muy guapa; era preciosa en el instituto, y algunos años después lo seguía siendo.

Tragó el kimchi, el japchae, la ensalada de rábano, todo con la mirada clavada en la pantalla, en sus gestos, sonriendo intermitentemente, tratando de arrancarle algún gesto amable o alguna palabra.

En un momento dado, Hye levantó la vista, le dedicó una sonrisa y se limpió las comisuras.

—¿Qué tal? —le preguntó.

Jung hizo un esfuerzo sobrehumano por tragar todo lo que se había metido en la boca y, tartamudeando débilmente, le respondió.

—Bibien, ¿y tú?

—Bien. Ya estoy llena. Y cansada. ¡Y mira la cantidad de comida que me queda!

Jung intentó reírse, pero no lo consiguió. En cambio emitió un sonido agudo como el llanto de un perro.

—Yo… yo también también estoy lleno.

Ella le sonrió y se echó una de las coletas hacia atrás.

—Me suena mucho tu cara —dijo Hye.

—No no sé…

Jung se encogió de hombros. Claro que le sonaba. Habían ido juntos al instituto durante diez años. Pero bien es cierto que Jung estaba, como él mismo se decía, en otra división, y que aquella chica siempre había sido inalcanzable, tanto que no recuerda haberle dirigido la palabra ni una sola vez.

Hye le contestó encogiéndose también hombros.

—Bonita habitación —dijo ella.

Gragracias —dijo Yung volviendo la mirada a sus espaldas y sonriendo tímidamente—. La tutuya también es bonita.

—¡Gracias!

Hye se rio alegremente. Le brillaban los ojos. Ambos seguían comiendo, pero ahora muy despacio, como si sencillamente tratasen de mantener las manos ocupadas y justificar de ese modo aquella conversación.

—¿Dónde vives? —le preguntó ella.

Enen Seul.

—¿En qué parte?

—Bucheon, cecerca del estadio.

—¡Anda! —dijo Hye, sorprendida—, yo doy clases justo ahí lado, quizá algún día…

No pudo terminar la frase.

O la terminó, pero el sonido no llegó salir a través de los cascos.

Justo en ese momento, el video se colgó. La imagen de Hye se quedó congelada, con la palabra en los labios, con los ojos semicerrados, a punto de parpadear.

Jung se levantó de un salto. Apartó los platos, golpeó la pantalla, el teclado, movió el ratón, nada parecía funcionar. La imagen seguía quieta, como una fotografía. El puntero tampoco se movía. Todo, incluso el tiempo, se había parado.

Sabía que si reiniciaba el ordenador la perdería, sabía que sería imposible encontrarla entre las decenas de miles de usuarios que había conectados. Le entró un pánico aterrador.

Jung fue al baño temblando, se echó agua por la cara y se miró en el espejo.

En él se vio con quince años, corriendo por los pasillos del colegio, mirándola desde todas las esquinas, viéndola apoyada en la puerta de su clase con una carpeta amarilla bajo el brazo.

Después volvió a su habitación esperando que la imagen se hubiese vuelto a animar, pero no fue así.

Sabía que no había ninguna solución.

Jung cogió el ordenador y lo puso junto a la cama. Se quedó largo rato mirándola y tomó una decisión: Aquella noche no dormiría solo.

O al menos no tan solo.

Le acompañaría la imagen de Hye, con los labios medio abiertos, con la palabra todavía temblando en los píxeles, con las pupilas dilatadas y profundas en la pantalla.

Le acompañaría la imagen brillante de Hye.

Y también la terrible sensación de haberla perdido para siempre.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar