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Cerca de 85.000 mujeres fueron raptadas en la India y Pakistán. Esta es su historia

Una novela descorazonadora y hermosa basada en los raptos y vejaciones que a mediados del siglo XX sufrieron alrededor de 50.000 mujeres musulmanas en la India y 33.000 hindúes y sijs en Pakistán

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Cuando entras aquí, el olor dulzón de los frutos maduros se hace insoportable. Sus cuerpos relucientes están todos dispuestos sobre bandejas, que a su vez están colocadas en una mesa de mantel gris-plata.

Bananas peladas con esmero, duraznos húmedos cuyas gotas brillan con el sol, cocos, laddus y jalebis de naranja, además de otra larga lista de dulces exóticos cuyos nombres son tan imposibles de pronunciar como empalagosos para cualquier lengua.

Y junto a esa mesa de azúcares, los cuerpos de un montón de mujeres que visten de blanco, pero no porque celebren nada o porque ese sea un color alegre, sino porque en este rincón del mundo las telas lechosas son sinónimo de viudedad.

Ese grupo de chicas —algunas menores de edad, otras también jóvenes pero con los rostros demacrados de haber vivido mucho, y otras simplemente viejas, olvidadas, desterradas por no servir a nadie ya— es el que protagoniza los relatos breves que conforman la novela Una mujer desposeída (Alfaguara) de Shobha Rao.  

A través de vidas aparentemente insignificantes que no ocupan más que veinte o treinta páginas, Rao pretende dibujar un mapa de lo que pudo significar ser mujer a lo largo del siglo XX en Pakistán y la India, siendo ella nacida, además, en este último país.

Shobha Rao, que después creció y estudió en Estados Unidos hasta convertirse en la prometedora narradora que hoy es, escribe con delicadeza y muchos detalles sobre la vida de un grupo de mujeres que a pesar de hacer siempre lo correcto tuvieron vidas miserables y se vieron obligadas a tomar decisiones extremas.

Entre esos detalles que Rao dibuja a la perfección se encuentran no sólo los sentimientos desasosegantes de las protagonistas, sino sobre todo los olores, los sonidos y las texturas que le ayudan a invocar el calor y el aliento que recorre su país natal. Da la impresión que Shobha Rao conociera a la perfección cada esquina de los hogares o de las prisiones de esas chicas a las que retrata. Sus descripciones son casi masticables: y donde hay dulces el lector los mastica, y donde hay sexo el lector intuye la desagradable caricia, y donde hay dolor el lector casi puede llorar.

Pero ninguna de estas mujeres nos hará llorar, porque tras sus vidas también hay hilos de esperanza. Incluso si son dolorosas. Incluso si al comienzo de Una mujer desposeída la autora nos advierte que el germen de la novela se encuentra en uno de los episodios históricos más vergonzosos de su cultura.

En una nota introductoria, Rao nos lleva a 1947, y a la formación de los estados de India y Pakistán. En agosto de ese año y casi a marchas forzadas se llevó a cabo el proceso conocido como Partición. Así, Pakistán quedaría como una república islámica y la India como un estado de mayoría hindú.

Las prisas de la Partición provocaron el caos, y millones de familias vieron cómo perdían su lugar en el mundo, dando lugar a uno de los mayores movimientos migratorios de la historia . Y en esta fase, como en todo momento histórico en el que los más desfavorecidos se vuelven más vulnerables, fueron las mujeres quienes más sufrieron: raptos, violaciones, torturas, humillación.

Alrededor de 50.000 mujeres musulmanas raptadas en la India y más de 30.000 hindúes en Pakistán. Una guerra que nada tenía que ver con ellas, pero que las convirtió en la diana más fácil puesto que su existencia, además, ya era inútil incluso cuando estaban con sus familias.

Y en ese contexto, volvemos al mantel gris-plata, a la mesa llena de víveres dulces y a los cuerpos de las mujeres que se mantienen de pie, mirándonos fijamente. Todas ellas son mujeres desposeídas. Así las llama Shobha Rao porque por un lado son las supervivientes y porque por el otro sus existencias no valieron nada.

La que fue obligada a casarse con tan solo trece años y creyó que había quedado viuda a los quince. La que quería ser un hombre. La que follaba por dinero. La que puede permitirse viajar. La que no puede permitirse ni siquiera el estar enamorada. La que se parece a Rao.

Porque en realidad en Una mujer desposeída no hay fechas, la narración se extiende a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días. Y tampoco hay rostros claros.

Realmente era imposible que las casi 85.000 mujeres que fueron raptadas en 1947 aparecieran en una novela de doscientas páginas. Y sin embargo, gracias a esta narración precisa y cariñosa —“temerosa por los personajes como si los conociera de toda la vida”, que decía Tania James — una sola de sus voces bastaría para condensar los 85.000 pesares que tantas mujeres sufrieron y aún sufren en las sociedades sexistas de Pakistán y la India.

Una mujer desposeída, entonces, no es una novela fragmentaria sobre un momento político concreto de tales países asiáticos, sino un retrato desafortunadamente actual de los corazones de esas mujeres que, sean del lugar del mundo que sean, han de enfrentarse cada día a la violencia, a la burla o a la opresión por parte de los hombres que las rodean.

“Dolor, dolor, dolor, tarareaba Safia en voz baja”.

Dolor, dolor, dolor, canturreará también el lector de este libro al darse cuenta de que aunque al entrar en sus páginas los duraznos brillaran al sol, las frutas más jugosas de la tierra también se pudren.

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