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Coquetear con la violencia para demonizar el independentismo

¿Qué tipo de desafío político supone la celebración de un referéndum de secesión? ¿Se puede comparar este tipo de violencia con la que practican supremacistas y terroristas?

Antes de los antentados terroristas en Cataluña; antes de las manifestaciones supremacistas en Charlottesville; antes incluso de las polémicas sobre la "turismofobia"; antes de todo ello me rondaba en la cabeza una idea, un deseo: que el proceso catalán se volviera violento.

Por supuesto, era un deseo retórico, provocativo, nada que ansiara de verdad. Simplemente se trataba de una reacción visceral al escuchar como habitualmente se calificaba de "nazismo", "totalitarismo", "supremacismo" y "fundamentalismo" a un movimiento civil y pacífico. Imaginar hasta qué punto se mostrarían incrédulos y sobresaltados aquellos que utilizaban diariamente estas etiquetas me parecía el mejor método para destapar su hipocresía.

Una hipocresía que, de hecho, se destaparía poco después, cuando en Barcelona se llevaron a cabo algunas acciones para protestar contra el modelo turístico. Muchos quisieron asociarlas con un supuesto etnocentrismo catalán, llegando a hablar incluso de "españafóbia". Porque fue entonces cuando, para escenificar su indignación, pusieron cara de "llevo años diciendo que el independentismo está dirigido por fanáticos ayatolás cuya limpieza étnica está a un paso cortísimo de los hornos crematorios, pero no me puedo creer que hayan pinchado la rueda a unas bicis."

Sin embargo, lejos de darse cuenta de lo ridículo de sus comparaciones, la campaña de demonización ha ido a más.

Como ha señalado Nicolas Tomás, a medida que se acerca el referéndum que habría de celebrarse el 1 de octubre, los engranajes de los principales medios de comunicación de ámbito estatal se han puesto en marcha para resaltar que el proceso independentista se encuentra en manos de "radicales", "sectarios", "aldeanos", "antisistemas", individuos que suponen una "amenaza real" tan terrible que desde el editorial del diario ABC incluso se pidió que aplicaran la Ley de Partidos para ilegalizar la CUP, de quienes se decía que tenían "estructura, organización y determinación para atacar".

(Los neonazis de Charlottesville / Getty)

Pero si durante mucho tiempo el blanco habitual de las críticas había sido la izquierda independentista, a la que se presentaba como algo demasiado parecido a ETA, la derecha independentista pasó a considerarsela pura alt-right, Trump y nazismo en general.

En un popular artículo, publicado unos meses antes, Roger Palà consideraba que el catalanismo conservador había alumbrado una camada descontrolada de racistas y clasistas que ya no podían esconder su supremacismo cultural. Ahora era Cristian Segura, en El País, quien recogía estas ideas para denunciar un giro "esencialista", "agresivo" y "xenófobo", aunque terminaba reconociendo que se encontraba lejos del "movimiento antisistema ultraderechista, racista y nacionalista" americano.

A pesar de todo, se podría pensar que después de los altercados perpetrados por neonazis en Charlottesville sería más difícil banalizar la violencia supremacista. Pero no: unos días después, dos diputados de Catalunya Sí Que Es Pot —los representantes de Podemos e ICV en el parlamento catalán— hablaban de "limpieza étnica" y de "derecha alternativa con barretina".

Sin embargo, lo inimaginable era que, tras lo innombrable del atentado terrorista en Barcelona el pasado 17 de agosto, hubiera quienes desde estas mismas tribunas aprovecharan de la tragedia para difundir mensajes llenos de asco y pavor.

(Viñeta de Peridis, publicada en El país, 19/8/2017)

Artículos como el de Lluís Bassets, el editorial de El País o la viñeta de Peridis, publicados a pocas horas del atentado.

Columnas también como 'Sangre para los coquetos', de Arcadi Espada, donde se hablaba de los independentistas como "esos tipos y tipas de pueblo, toscos como sus mandibulas, incultos como sus campos, cuya pasión nacionalista y xenófoba es solo una venganza personal sobre la Ciudad", y donde rubricaba "toda esa gentecilla, entreverada de gentuza, lleva años coqueteando por activa o pasiva con la violencia: desobedeciendo, desacatando, chuleando la paz, que es la ley. Si el Cuerpo Nacional de Policía lo permite, quiero compartir los 13 muertos y 80 heridos con todos y cada uno de esos intolerables coquetos."

Analogías así no son una novedad: hace poco más de un año, El Español llegó a publicar una viñeta en la que Cataluña, encarnada en una avioneta, iba camino de estrellarse contra la Torre de la Libertad de Nueva York, vestida con una bandera española. Pero equiparar la violencia política ejercida por el proceso independentista —incluso el hecho mismo de hablar catalán— con la masacre perpetrada por ISIS —y llegar hasta el punto de culpar a los independentistas de estas muertes, de querer manchar su causa con la sangre de las víctimas— es algo que va más allá de la manipulación y la posverdad. Se trata, directamente, de una forma de ensañamiento y de venganza.

(Recorte de viñeta publicada en El Español, 13/9/2016)

Pero si en algo llevan razón quienes ven en el independentismo una caterva de bestias irracionales que se comportan como filoterroristas intolerantes, es que en Cataluña habrá violencia. El 1-O, si el referéndum llega a celebrarse —y aunque no será como la imaginan—, habrá violencia.

No habrá listas negras, purgas, vandalismo ni tanques entrando por la Diagonal. No será por coqueteos, ni porque se ponga en riesgo la seguridad de los ciudadanos. Pero si habrá violencia será porque, como explica el filósofo Étienne Balibar, cualquier acción política que desafíe el orden institucional establecido, y las relaciones de poder que lo mantienen, es considerada una forma de "violencia": es el poder constituido quien se reserva el privilegio de definir aquello que es violencia y aquello que no.

Balibar, en su libro Ciudadanía, lo llama "contraviolencia preventiva": el Estado se asegura anticipadamente que ciertas acciones serán sancionadas como ilegítimas.

Violencia, a ojos del Estado, es todo aquello que atente contra su status quo, incluso si el desafío se produce por vía de una desobediencia pacífica. Como explica Balibar, "existen diferentes grados en la violencia que acompaña la formulación y la puesta en práctica de los ideales, pero no existe el grado cero. [...] No hay, pues, no violencia."

Lo podemos ver ahora con el independentismo catalán, pero es un fenómeno que aflora incluso con más fuerza cuando se habla del derecho a la vivienda —ocupar una casa es violencia, deshauciar a una familia no— o en el caso de los refugiados —que crucen ilegalmente la frontera es violencia, que les dejemos morir tras una valla no— o con el feminismo —basta con pensar en el reciente caso de Juana Rivas—.

(Étienne Balibar, YouTube)

Una lógica que podría reseguirse a lo largo de la orografía de las estructuras de poder que queden soterradas bajo la apariencia impolítica del Estado. Como si cuando nos movemos en el espacio del derecho no nos estuviéramos desplazando mediante estructuras de dominación: actuamos igual que si fuésemos jugadores de cascarilla que pudiéramos jugar a la política sin participar de las relaciones identitarias, culturales y nacionales.

Estigmatizar como violencia irracional toda forma de protesta que exceda los límites de este marco es una estrategia magnífica para mantener al margen del debate político todo aquello que amenace con cambiar esas mismas relaciones de poder. De hecho, insistiendo en que "todo es violencia", parece que se quiera invertir la idea tan repetida de "sin violencia se puede hablar de todo" para conseguir así que no se pueda hablar de nada.

Algo que Rosa Díez expresó con sinceridad cuando afirmó que "si no fuera porque en Euskadi nos mataban, lo de Cataluña es peor".

Por eso, si había llegado a desear la violencia, no era por el placer de demostrarme a mí mismo la hipocresía de quienes banalizan las ideologías totalitarias y el terrorismo para asegurar un clima de opinión que favorezca sus intereses, ni tampoco, claro, porque deseara que tal proceso derivara en un movimiento racista, identitario y agresivo.

Por el contrario, constituía más bien una forma de señalar la importancia de apropiarse de este término y empezar así a reimaginar los marcos mentales en los que se nos obliga a pensar.    

Y era, sobre todo, un intento de combatir esa otra violencia real, no tan legítima: la de los medios que utilizan la tragedia para saldar cuentas pendientes. 

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