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Una monja embarazada, un secreto antiguo, un terrorífico hijo de Dios

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¿Qué ocurrió en el convento de San Joaquín y por qué nadie quiere hablar de ello?

Diego Álvarez Miguel

30 Marzo 2017 15:51

Hubo una época, hace casi setenta años, en la que Teresa, la hermana de mi abuela, que se había metido a monja con solo quince, le escribía para contarle que la noche se cerraba sobre ella como una doncella de hierro. Que sus clavos negros penetraban la fina piel de su estómago y la hacían vomitar sin descanso.

Contaba que habían pasado tres semanas desde que habían empezado los dolores, las náuseas y los mareos, y ninguna de las monjas del convento del San Joaquín, lugar en el que vivía, parecía mostrar ningún interés por su estado. Su cada vez más pálida cara, sus ojos cada día más hundidos, su trémula debilidad.

El médico fue contundente cuando la observó:

—Está usted embarazada.

La noticia cayó como un rayo sobre la torre. Las maderas de los suelos crujieron de aflicción y Teresa sentía que eran sus huesos. Uno a uno, que se partían.

Todas las hermanas de la congregación le dieron la espalda, la insultaron, denostaron, ridiculizaron, humillaron, la vejaron repugnantemente. Y ella no podía hacer nada para evitarlo.

La doncella de hierro se había clavado en sus ojos, decía, en sus partes blandas, lejos de sus órganos vitales, y aunque el dolor era insoportable, la muerte tenía prohibido visitarla. ¿Por cuánto tiempo? Sus ojos cada vez más negros, su sangre cada vez más fría.

Juró y perjuró delante de Dios que aquello tenía que ser un error. Que era imposible que estuviera embarazada. Que por favor le quitasen esa carga. Que por favor le rajasen el vientre si para detener aquello fuera necesario.

Pero no lo fue. Volvió el médico para hacer una nueva observación y esta vez, como la primera, también fue contundente:

—El examen es concluyente y a la vez contradictorio. No mentía usted cuando decía que era virgen, hermana. Pero no miente tampoco el feto que se desarrolla en su interior.

«Ha venido Dios a visitarla». «Lleva el hijo de Dios, el hijo de Dios». Eso decía todo el mundo. Sin embargo no eran esos los ecos que ella escuchaba cada noche y que la hacían delirar.

¿Haría Dios sufrir a la madre de su hijo de esa forma?

A medida que pasaban los días y el vientre se hinchaba, la hermana Teresa sufría dolores peores. Sus ojos amarilleaban. Su carne se secaba. Su vómito cada vez más incontenible, más fétido, más denso.

¿Sería Dios capaz de hacerle esto siquiera a su peor enemigo?

Las monjas intensificaron los cuidados, pero no servían para nada. Los dolores callados se convirtieron en gritos. Los sudores en sangre. Las lágrimas en piedras de sal.

Tenía la barriga llena de hematomas y el pecho completamente absorbido cuando la matrona llegó temblando para ayudarla a dar a luz. Había llegado el día.

Entre gritos y llantos, abrió las piernas de Teresa con cuidado, colocó las toallas sobre la cama y buscó el bulto del niño.

Sin embargo, no fue un bulto lo que encontró sino dos manos venosas que salieron de Teresa para agarrarse con fuerza a las piernas y una cabeza sangrienta desgarrando sin esfuerzo la carne rosa de su útero.

Teresa murió en el acto. Y todos los allí presentes no tardaron mucho más en hacerlo.

Desde entonces nadie visita el convento de San Joaquín. Y si alguien lo visita, no está aquí para contarlo.

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