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Ser uno mismo no es tan fácil si eres un bebé verde

'El bebé verde' es la historia de la artista transexual Roberta Marrero: un bebé verde al que todo el mundo creyó chico. Marrero narra su supervivencia a través de la cultura pop

«Sé tú mismo». «Sé tú mismo». «Sé tú mismo».

Este imperativo puede ser un mantra banal que nos repetimos sin más. Lo tenemos siempre en la punta de la lengua, como gran remedio universal para todos los problemas: ¿No sabes si dejar tu trabajo? Sé tú mismo. ¿No sabes cómo hablarle a ese chico? Sé tú mismo. Da igual cual sea tú problema: la solución está clara.

Porque ser uno mismo no tiene misterio alguno cuando encajas en todos los moldes, cuando eres todo lo que la sociedad espera de ti. De hecho, la recomendación de ser uno mismo puede verse cumplido, mera coquetería. Resulta casi como decir: ¡ya eres todo lo que debes ser, simplemente demuéstralo!

Sin embargo, llegar a ser uno mismo también puede ser la descripción del terrible camino hacia la conquista de una identidad en disputa. ¿Qué pasa cuando las expectativas de quienes te rodean –tus padres, tus hermanos, tus compañeros de escuela– devienen una forma de opresión y de violencia?

Este caso es el de Roberta Marrero. Roberta nació siendo un bebé de color verde, aunque todo el mundo la consideró un niño. Su cuerpo era el de un chico. Y, claro, Roberta dejó de ser bebé y dejó de ser verde, pero su cuerpo siguió siendo de hombre.

El bebé verde. Infancia, transexualidad y héroes del pop es el diario visual de Roberta Marrero, el testimonio gráfico de sus experiencias: de la disforia de género, de la asunción de su condición de transexual, de su lucha contra las estructuras patriarcales, de cómo encontró su lugar a través de sus referentes y, principalmente, de cómo sobrevivió.

Pero El bebé verde es muchas cosas más. Es una historia de formación: el relato de como el descubrimiento de la cultura pop de los 80 le permitió acceder a un imaginario donde las identidades no eren binarias. Es una carta amor a Boy George, a David Bowie, a Patti Smith, a Marc Bolan, a la Velvet.  Es un guía para ser feliz, un libro de autoayuda cuya única receta es el amor por los libros, por la música y por el arte: la recomendación que propone es la devoción a todo aquello que pueda llevarnos más allá de una ignorancia opresiva. Pero es también otras cosas: es una colección de posters, una fábula crítica de la construcción burguesa del amor romántico y sus referentes, una historia familiar y un recopilatorio de citas.

Por todo ello, en el prólogo que abre el libro, Virginie Despentes dice que El bebé verde es una herida abierta. Pero no una herida que quiera exhibir su sufrimiento, la espectacularización pornográfica e injustificada de un dolor íntimo: la de Roberta es una herida que cura.

Es cierto, el cuadro que presenta es brutal –incomprensión, abusos, vejaciones– y los datos, escalofriantes: el 68% de las mujeres transexuales han sufrido situaciones de maltrato; el 84% no acaba la secundaria y el 64% tiene la primaria incompleta y la tasa de suicidio en la comunidad trans es de un 41%. Pero la que quizá sea la cifra más impactante: la esperanza de vida de una persona transexual es de 35 años.

Pero el poder terapéutico de El bebé verde dervia de saber presentar esta lucha por la identidad como una historia de construcción cultural. Ser uno mismo siempre es, como decía Paul Ricoeur, ser sí mismo como otro: solo somos nostros mismos con los otros, a partir de les otros, contra los otros. Por ello, no hay nada de hiperbólico en decir que a Roberta Marrero el pop le salvó la vida.

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