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Por qué nos fascina el malditismo de Baudelaire pero sospechamos de Sylvia Plath

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Patricia de Souza publica el ensayo 'Eva no tiene paraíso', un libro que aborda la escritura desde la marginalidad

eudald espluga

06 Julio 2017 16:06

(Anna Lea Merritt)

Hablamos del mismo modo de los escritores malditos que de las escritoras malditas.

Nos parece que el malditismo es una condición universal que designa una escritura desde la marginalidad, desde el extrarradio, desde lo subalterno.

En este sentido, el malditismo no es sino otro nombre para designar la radicalidad de lo individual. Esto significa, por un lado, anteponer la singularidad del artista tanto a las reglas establecidas como a las condiciones de producción. Por el otro, implica transitar los límites de una forma distinta: llevarse a sí mismo hasta las frontera de lo subjetivo, aunque esto suponga caer en dinámicas autodestructivas o directamente en la locura.

Sin embargo, demasiado a menudo tendemos a pasar por alto que esta radicalidad se amolda de forma distinta a hombres y mujeres: no es algo que pueda calcularse desde un único punto fijo.  

Para George Sand escribir era revolucionario; para su amigo Gustave Flaubert no.

Entre otros muchos temas, en su ensayo Eva no tiene paraíso (La Moderna), Patricia da Souza se ocupa precisamente de reflexionar acerca de lo que supone, para el caso de la etiqueta de "maldito", escribir desde una u otra posición.

"La marginalidad, estigmatizada como malditismo, puede llevarnos a pensar que se trata de una situación elegida libremente, cuando en realidad es un padecer, una forma de castigo de parte de una sociedad que no ha respetado el contrato social que la legitima, es decir: la igualdad entre hombres y mujeres".

Para los grandes escritores que han recibido esta calificativo —pensemos en los clásicos Gérard de Nerval, Baudelaire o Rimbaud— su condición de malditos implicaba un valor agregado, los dotaba de un aura especial que les permitía sobresalir entre los demás: si los excluían era porque, en su búsqueda de la libertad, habían de enfrentarse a la opinión común, a las convenciones sociales.

Pero este heroísmo del artista también sería válido para los malditos contemporáneos: Dylan Thomas, Leopoldo María Panero, Malcom Lowry o Charles Bukowski. Su inadaptación, incluso cuando tiene consecuencias dramáticas, es vista como una forma de autenticidad. Su rebeldía resulta digna de encomio porque la tomamos por un acto voluntario, aun cuando esto no sea siempre así.

En cambio, basta repasar el lenguaje con que la tradición literaria se ha referido a las escritoras malditas para descubrir que su malditismo depende de su condición de seres sufrientes. Viven una tragedia de la que no son protagonistas, sino siempre las víctimas: si para ellos la muerte es ese destino escogido, una consecuencia de su lucha por la autenticidad, en ellas la muerte es una "seducción", es la salida a un tormento que no han querido. No tiene nada que ver con su singularidad artística o con su ética de vida: depende simplemente del lugar estructural al que son relegadas por el mero hecho de ser mujeres. 

Basta con teclear en Google "lista de escritoras malditas" para descubrir que las escritoras que caen en esta categoría fueron malditas de verdad: por un lado, están las que tuvieron que enfrentarse a la sociedad patriarcal de su tiempo, como las hermanas Brönte, George Sand o Víctor Català; por el otro, escritoras que terminaron suicidándose, como Sylvia Plath o Anne Sexton.

Como afirma Souza, no nos encontramos simplemente con escritoras conscientes del valor subversivo de la escritura —y que pudieran apropiarse de ella convirtiéndolo en un acto político— como Flora Tristán, Rosa Luxemburgo, Simone de Beauvoir o Anaïs Nin, sino que muchas de ellas simplemente recibieron esa etiqueta por el mero hecho de querer escribir en una sociedad patriarcal que excluía a las mujeres del mundo de la literatura.

Constatar esta asimetría en el uso del concepto de malditismo no solo es importante para ser conscientes de la injusticia que conlleva hablar indistintamente de la tragedia supuestamente escogida que asola sus vidas. Para Souza, el caso del malditismo también sirve para revelar algunos aspectos claves de la relación entre lenguaje y escritura.

El lenguaje es un instrumento de comunicación, de acuerdo. Pero no solo esto. Escribir, hablar, es también un acto performativo. Es decir: hacemos cosas con el lenguaje, el mismo hecho de hablar es realizar una acción. Pensemos, por ejemplo, en una boda: cuando doy el "sí, quiero", no estoy comunicando nada, sino que me estoy comprometiendo.

Como apunta Souza, "me atrevería a decir que existimos a través del lenguaje, somos capaces de escribir lo que somos capaces de pensar y de sentir". Por ello, tomar la palabra es ya una forma de violentar las formas de pensamiento encerradas en el lenguaje: es imprimirle nuestra huella, marcarlo con nuestros deseos, obligarlo a ajustarse a nuestro cuerpo.

Es curioso comprobar, al final, cómo las "escritoras malditas" no solo lo son de verdad, sino que lo son doblemente: por querer tomar la palabra en un contexto político que las ningunea y por ser injustamente tratadas -mediante la etiqueta de "malditismo"- por ese mismo lenguaje del que se quieren apropiar.



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