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Cuando tomas la decisión correcta pero te arrepientes de ella el resto de tu vida

Parte V: Una historia sobre maltrato y acoso sexual en una escuela de México

Patricia salió de casa apoyándose en el marco de la puerta, después en la barandilla, más tarde en las paredes pegajosas de la calle.

Tenía un ojo hinchado, prácticamente cerrado, y desde hacía tres días un dolor intenso en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas, un pinchazo que se removía en su interior de vez en cuando y que no la dejaba respirar.

Aquella mañana había notado un aumento considerable del dolor, así que cuando Alfredo salió hacia el trabajo y la dejó sola, decidió que era el momento de ir a ver a un médico. Se vistió como pudo y, enfundándose unas gafas de sol oscuras, salió de casa renqueante.

Le pesaban los pies y el miedo.

Llegó a las urgencias del ambulatorio y pidió ver al doctor, pero estaba tan abarrotada la sala y había tanta gente esperando, que aceptó la posibilidad de ver a la enfermera.

Subió a la segunda planta, recorrió el primer pasillo y llamó a la puerta que le habían indicado.

—Pase —dijo Marieta, desde el interior.

Patricia se apoyó en el pomo y entró con lentitud.

Hacía quince años que Marieta había decidido que su oficio iba a ser el de enfermera, y lo había cumplido, y ya llevaba tres ejerciendo como tal, siempre con el mismo entusiasmo y la misma diligencia.

Marieta se levantó para ayudarla a sentarse.

—¿Qué pasó?

—Me duele acá, en el costado —dijo Patricia, señalándose la parte izquierda del tronco.

—Vamos a ver…

Marieta le señaló la camilla para que se sentara. Después le dijo que se quitase la blusa, pero Patricia, sin siquiera quitarse las gafas de sol, levantó solamente la tela por la parte que le dolía.

—Mejor quítese la blusa del todo para que sea más cómodo —dijo Marieta, que empezaba a intuir que algo no iba bien.

—Estoy cómoda así, gracias.

Marieta puso sus manos sobre la parte que le dolía, apretó suavemente y Patricia pegó un pequeño grito de dolor.

—¿Le duele mucho?

—Un poco.

—Va a tener que ver al doctor para que le haga una ecografía.

Patricia giró un poco la cara y Marieta aprovechó el ángulo que tenía para verle el ojo  izquierdo detrás de las gafas. Vio que lo tenía morado y cerrado de tan hinchado que estaba.

—Listo —dijo Marieta— siéntate por acá. Te voy a dar una cita urgente porque ese dolor se ve muy mal.

Patricia se colocó de nuevo la blusay se sentó en el escritorio.

—Y bien, cuénteme exactamente, ¿qué fue lo que pasó?

—Me di un golpe contra la esquina de una mesa —dijo Patricia sin titubear.

Marieta sintió que le faltaba experiencia con estos casos, que no sabía cómo decirle que conocía la razón por la qué llevaba esas gafas, que había visto su ojo hinchado, que podía deducir los motivos por los que no se había quitado la camiseta para que la explorara cómodamente.

—¿Cuándo fue? —le preguntó Marieta.

—Hace tres días.

—Muy bien… Hace tres días…

Marieta lo iba apuntando todo en el parte de lesiones mientras reflexionaba sobre cómo hacer algo por ayudarla.

—¿Hay algo más que deba saber?

Patricia se quedó inmóvil y se sacudió en la silla.

—No, nada más —dijo mientras se levantaba.

Entonces agarró la chaqueta que había dejado sobre otra silla, le dio las gracias y dijo que se tenía que ir.

Giró sobre sí misma, apartó la silla con los pies mientras se ponía la chaqueta con gesto de dolor y trató de alcanzar rápidamente la puerta. Sin embargo, un pinchazo terrible vino a detenerla e hizo que se doblara sobre sí misma para tratar de aplacarlo.

Mareta rodeó la mesa y la sostuvo con los brazos, ayudándola a sentarse nuevamente en la silla.

—Esté tranquila, respire despacio.

—Tengo que irme —dijo Patricia intentado volverse hacia la puerta—, se me hace tarde.

—Espere un momento, tiene que contarme lo que pasó. Puedo ayudarla.

—Déjeme en paz, por favor —Patricia comenzó a sacudir la cabeza—. Tengo que irme, de verdad, tengo mucha prisa.

Volvió a ponerse de pie.

—Estoy aquí para ayudarla —dijo Marieta—. Siéntese, por favor. Deje que la ayude. Cuénteme lo que pasó, le prometo que la voy a ayudar.

Marieta la agarró por el brazo tratando de retenerla dentro de la consulta, pero Patricia se zafó de un golpe y comenzó a gritar.

—¡Que no me toque! ¡Que me deje en paz!

Por la mirada que cruzaron, ambas supieron que aquello confirmaba cualquier sospecha que hubiese estado flotando por la consulta.

¿Podía ser solo un malentendido? ¿Qué es lo correcto en estos casos? ¿Retenerla por la fuerza? ¿Llamar a servicios sociales sin su consentimiento?

¿Son justos los protocolos? ¿Es justa la confianza?

Entonces, Marieta le soltó el brazo y dejó que se fuera, una decisión de la que se iba a arrepentir el resto de su vida.

...CONTINUARÁ...

LEER PARTE UNO: “Un beso con la persona equivocada

LEER PARTE DOS: “Marieta tiene el culo gordo”

LEER PARTE TRES: "Son cosas de niños"

LEER PARTE CUATRO: “No se puede perdonar a un maltratador”

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