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Ahorcado, quemado y desollado: la historia original de Pinocho es muy macabra

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El personaje creado por Carlo Collodi a finales del siglo XIX es mucho más sórdido que el que conocimos gracias a Disney

eudald espluga

12 Julio 2017 16:20

El verdadero Pinocho, el personaje original, no es ese tierno muñequito de pajarita azul y sombrero con pluma. No es una marioneta mofletuda y simpática, siempre rodeada de amigos, que se pasea por fantásticos paisajes acompañado junto al magnífico Pepito Grillo.

Es cierto que en nuestro imaginario, perfilado por la película de Disney, Pinocho también es un niño de madera rebelde y algo travieso. Pero como la de todos los niños, su maldad es entrañable, dulce.

Se le conoce por ser mentiroso, de acuerdo, pero es mentiroso por las mismas razones que nosotros también lo fuimos: porque habíamos descubierto el enorme poder de la mentira, el cómo ésta nos permite acceder más directamente a nuestros deseos.

Sin embargo, en la historia original, Pinocho es un niño muy diferente: es un vagabundo pobre y hambriento; un ser avaricioso y sin escrúpulos que, cuando un grillo parlante trata de explicarle que quizá no se está comportando correctamente, lo estrella contra la pared a golpe de martillo.

"Al oír estas últimas palabras, Pinocho se levantó enfurecido, agarró del banco un martillo y lo arrojó contra el Grillo-parlante. [...] Lo alcanzó en toda la cabeza, hasta el punto que el pobre Grillo casi no tuvo tiempo para hacer cri-cri-cri, y después se quedó en el sitio, tieso y aplastado contra la pared."

Las primeras versiones de Pinocho son obra del italiano Carlo Collodi. Las escribió de forma semanal entre 1881 y 1882 para el primer periódico italiano para niños, Il Giornale per Bambini, donde aparecían con las ilustraciones de Ugo Fleres. Más tarde, estas historias se publicarán de forma conjunta bajo el titulo de Las aventuras de pinocho, esta vez con la ayuda del dibujante Enrico Mazzanti.  

La representación gráfica de Pinocho irá cambiando con los años y las ediciones, pero será en 1940 cuando Disney lo lance a la fama con su película. En ella, el personaje conservará algunos de sus rasgos característicos del personaje, pero la historia ya no tendrá nada que ver con el oscuro mundo que Carlo Collodi construyó en un principio.

Ya desde el inicio, no nos encontramos con una introducción al uso, sino que nos topamos con un mundo de hadas bastante ambiguo. El narrador se dirige a los niños, sí, pero con una autoconsciencia especial que nos obliga a una doble lectura:

"Había una vez...

-¡Un rey! -dirán en seguida mis pequeños lectores.

- No, muchachos, se equivocan. Había una vez un pedazo de madera. No era una madera de lujo, sino un simple pedazo de leña de esos palos que en invierno se meten en las estufas y chimeneas para encender el fuego y caldear las habitaciones".

Las historias de Colli son un retrato de la Italia pobre y hambrienta de finales del s. XIX, y la función moralizante que han de cumplir sus personajes no está tan clara como en otras cuentos clásicos. Se ha señalado que en él hay una defensa de la educación frente a la holgazanería, y es cierto que la presentación de Pinocho como un ser desobediente y engañoso forma parte de este relato.

Sin embargo, la crueldad del retrato va mucho más allá de su supuesta función pedagógica. Pinocho no es solamente un niño mal educado, un pequeño salvaje todavía por civilizar. Quizá sea exagerado decir que se trate de un ser maligno, pero en él no hay inocencia alguna. Está rodeado de violencia y sordidez: incluso cuando él es la víctima, es difícil sentir empatía.

Veamos algunos ejemplos.

En una de las escenas más duras, un Pinocho hambriento decide ir a mendigar por las calles. Lo hace de noche y en medio de la tormenta. Pero en lugar de comida, los vecinos le echan un cubo de agua encima. Tratando de secarse, se acerca a un pequeña hoguera para calentarse. Cansado y muerto de hambre, pero acunado por el calor, termina por dormirse.

Cuando se despierta, Pinocho descubre que tiene las piernas calcinadas.

Justo en ese momento, Geppetto está intentando entrar en casa, pero no se cree al mentiroso títere cuando éste le explica que no puede abrirle la puerta porque no puede andar. El narrador aprovecha para recrearse explicandonos como, con los miembros carbonizados, Pinocho se imagina toda una vida arrastrándose sobre sus piernas amputadas por el fuego.

Finalmente Geppetto puede reconstruirle las piernas, pero se nos da a entender que habría sido mejor no hacerlo. El pobre carpintero no solo deja de comer para que Pinocho pueda hacerlo, sino que además empieza a vender sus enseres. El pequeño muñeco aprovecha las ganancias para derrochar y meterse en nuevos líos: es su pecado capital y por el que sufrirá una cantidad absurda de padecimientos.  

De todos ellos, quizá el más abiertamente violento es el que lo involucra con unos ladrones que lo perseguirán durante horas hasta una especie de casa encantada, en la que el muñeco intenta buscar refugio. Tras mucho rato llamando a la puerta, desesperado, sin obtener respuesta:

"Entonces asomó a la ventana una hermosa joven de cabellos azules y rostro blanco como una figura de cera, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, la cual, sin mover los labios, dijo con una vocecita que parecía llegar del otro mundo:

- En esta casa no hay nadie. Están todos muertos.

- ¡Ábreme tú, por lo menos! - gritó Pinocho, llorando y suplicando.

- Yo también estoy muerta.

- ¿Muerta? Y entonces, ¿qué haces en la ventana?

- Espero el ataúd que vendrá a llevarme."

Tras este bizarro encuentro con el fantasma de una mujer muerta, los ladrones empiezan a acuchillar a Pinocho entre los riñones. Sin embargo, como al ser de madera parece no sufrir nada, deciden pasar a otra cosa:

"-Ya sé -dijo entonces uno de ellos-, es preciso ahorcarlo. ¡Ahorequémoslo!

- ¡Ahorquémoslo! - repitió el otro.

Dicho y hecho. Le ataron las manos a la espalda, le pasaron un nudo corredizo en torno al cuello y lo colgaron de la rama de un gran árbol, llamado la Gran Encina. [...] -Adiós, hasta mañana. Esperamos que cuando volvamos aquí mañana tendrás la amabilidad de estar bien muerto y con la boca abierta de par en par".

Pero para Pinocho la cosa no termina aquí.

Primero, tras el altercado con los ladrones, lo encarcelarán. Luego, tratarán de freírlo en aceite hirviendo junto a un montón de peces. Finalmente, se verá convertido en asno y vendido a un circo, donde lo obligarán a bailar y a saltar a través de aros.

Lo peor, sin embargo, vendrá cuando se quede cojo y no pueda actuar más: será vendido a un hombre que quiere desollarlo para hacerse un tambor con su piel.

"¡Los dejo imaginar, muchachos, el 'placer' del pobre Pinocho cuando oyó que estaba destinado a convertirse en tambor!

El caso es que el comprador, en cuanto pagó los veinte centavos, llevó al burro a una roca que estaba a orillas del mar; le puso una piedra al cuello, lo ató por una pierna a una cuerda que sujetaba en la mano, le dio repentinamente un empujón y lo arrojó al agua.

Pinocho, con aquel peso en el cuello, se fue muy pronto al fondo; y el comprador, con su cuerda bien agarada en la mano, se sentó en la roca, esperando que el burro muriese ahogado para después quitarle la piel".

Estas son solo algunas de las sórdidas aventuras que envuelven al personaje original. Y es cierto: ya sabíamos que otras historias como la de Caperucita roja o La bella durmiente eran mucho más gores de lo que nos habían contado. Pero el caso de Pinocho es especialmente sorprendente, en la medida que no se trata de un mito o arquetipo ancestral que haya sido reproducido y modificado a lo largo del tiempo.

Consiste, por el contrario, en un cuento deliberadamente oscuro, escrito para reflejar la penuria social y moral de toda una época. Además, Collodi juega con la literatura infantil, forzando los límites de los cuentos de hadas, hasta el punto de convertir su historieta en un catálogo de atrocidades que solo recurre a lo fantástico para amoldar y justificar tales horrores.


(Vía La piedra de Sísifo)

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