Books

Cómo poner fin a la guerra entre hombres y mujeres

El mundo es violento porque está regido por un gobierno masculino, ¿pero qué pasaría si se instaurase un matriarcado? Luce Irigaray arroja luz en 'En el principio era Ella'

Luce Irigaray, lingüista y psicoanalista belga, viene siendo una piedrita en el zapato para el mianstream planetario.

O sea, para el pensamiento patriarcal, occidental, y moderno que ha construido la cosmovisión que divide el mundo en dos partes: masculino y femenino.

Este logos falo céntrico sigue funcionando como un sistema de valores simbólicos, psicológicos y antropológicos universales. Hay un gobierno masculino que está lejos de cambiar, pero, ¿qué pasaría si se instaurase un matriarcado? No es de hecho la idea de Irigaray, aunque este libro trate de establecer un genio femenino oculto y olvidado durante toda la historia de la humanidad.

Hablemos claro, el problema más urgente es “cómo vamos a afrontar el futuro”. Desde dónde estamos pensando ese futuro y con qué instrumentos, en ese sentido, la crítica de Irigaray busca “descolonizar” el conocimiento dominado hasta ahora por hombres que han excluido desde siempre a la mujer.

Desde los griegos el pensamiento-logos ha sido inventado por hombres, negando a su otra parte un rol protagónico, transformándola en una adversaria, una extranjera, un objeto oscuro de deseo (una divisa de intercambio y no de conocimiento), que es y será sin duda una de las razones de las continuas guerras por hacerse del poder.

Una manera de proteger esta supremacía y seguir adueñándose de la subjetividad femenina se da a través del ejercicio de la violencia.

Un nuevo lenguaje entre ambos géneros

El cuerpo de la mujer está en el centro de la lucha política. Irigaray empezó diciendo que la mujer es un “sexo que no es uno”, una pieza suelta, no íntegra sino fragmentada, de la misma manera, la imagen de la mujer ha sido creada por el hombre para desunir, para dividir y jerarquizar, nosotras la noche, los hombres el día, nosotras la sinrazón, ellos la razón, etc.

En este libro se trata precisamente de unir ambas partes, pese a la paradoja que representa el conflicto, para construir una verdadera dialéctica que deberá partir sobre nuevas bases, un nuevo lenguaje entre ambos géneros.

Los hombres y las mujeres están en guerra, este libro intenta, precisamente, unir ambas partes

Los hombres y las mujeres están (y estarán) siempre en guerra al pertenecer a sexos con funciones distintas. Irigaray ha sido hasta ahora la representante de esa “diferencia sexuada”, con la intención de instalar el cuerpo en el debate de género que la razón moderna había desalojado.

Biología y cultura no son amistades duraderas. Aunque ella pretende que el cuerpo sea la fuente relacional que cimente de ahora en adelante las jerarquías de masculino y femenino, habría que añadirle que estas relaciones han cambiado hasta difuminar el perfil del género.

Se ha convertido en “un problema”, como lo describió Judith Butler. Como lo explica Irigaray, su viaje a oriente, y la práctica del yoga, la han empujado a acercarse más a las “raíces” naturales del ser humano.

Para ella la naturaleza será siempre “sexuada”, diferenciada por la relación con el cuerpo biológico.

El único problema es que al mismo tiempo que critica esa división del cuerpo y la mente que ha establecido Occidente para imponer un gobierno de la razón, su perspectiva no escapa de esa misma razón occidental.

El desafío político es superar el miedo

¿Cómo pensar lo que no conocemos?

Me pregunto si se puede pensar que existe una diferencia esencial que se pueda establecer a partir del cuerpo y no a través de la psique, y de su expresión más compleja: el lenguaje.

Cada cultura posee sus propias cosmovisiones y no siempre el ser de la mujer lo define la maternidad —para Irigaray es necesaria una divinización de la naturaleza humana y sus funciones vitales—, ni su capacidad-deber de protección o de procreación.

La mujer, puede ser guerrera, violenta e implacable.

Ahí donde seguimos a Luce Irigaray es cuando nos muestra el desarraigo en el que ha caído hombre al querer dominar a la naturaleza y sobre todo a la mujer, colocándola en las márgenes de la organización social.

Es la sublimación del deseo destructor inherente a todo ser humano que se ha de transformar en fuerza creadora, en una nueva ética que nos lleve a compartir y a juntarnos

Es una relación masoquista, el verdugo disfruta del sometimiento de su víctima a quien hace pagar el hecho de que ella pueda ser siempre dos: hija o/y madre, productora de la diferencia, una idéntica y otro que es Otro, el varón.

La división genérica a partir de una dominación masculina ha llevado al hombre a la locura depredadora del capitalismo, de la ganancia, del deseo convertido en aparato destructor. ¿El problema climático nos puede llevar a un pensamiento desesperado y nihilista, a un suicidio colectivo?

El desafío político es superar este miedo y transformarlo en una respuesta creativa y eficaz. La inteligencia masculina habrá demostrado que posee límites destructores, si deja dominar ese lado oscuro e impenetrable que no se una al Otro, a Ella, a la que siempre estuvo ahí y sin embargo nunca vio.

Tal vez a partir de esos dos paradigmas humanos de nuestra especie, podamos acoger a otros modelos genéricos (sexuales en la base), imagino que es su idea, donde hay apertura existe fluidez, no hay entrampamiento. Aunque esto no queda claro al referirse solo a dos géneros, masculino y femenino.

Antígona revisitada

Es muy interesante, para terminar, la parte que Irigaray le dedica al drama de Antígona, que interpreta como una heroína modelo de ese ímpetu vital que caracteriza a la mujer.

A Antígona no solo le interesa enterrar a su hermano para cumplir con la ley de los hombres, sino con la ley de la vida, la que se cumple como un mandato hasta que se termina. Creonte es la antítesis (Occidente), un ser racional que no busca otra cosa que imponer la ley de la razón y del orden.

La mujer estaría más cerca de la experiencia artística y de sus expresiones vitales que representa el paso de la naturaleza a la cultura, el paso de los instintos al deseo como motor.

Es la sublimación del deseo destructor inherente a todo ser humano que se ha de transformar en fuerza creadora, en una nueva ética que nos lleve a compartir y a juntarnos.

Sin guerras, sin identidades cerradas, una obra abierta que habría que escribir.

Un buen punto de partida.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar