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"Asquerosamente pornográfica": así es la charla más sincera de la literatura

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Se publica por primera vez en español "La charla" (Anagrama), la novela mítica de Linda Rosenkrantz escrita a partir de conversaciones reales entre tres jóvenes en los años 60

Luna Miguel

11 Enero 2017 11:26

“Asquerosamente pornográfica”, así es como calificó La charla el primer editor que leyó y que —por supuesto— rechazó el arriesgado manuscrito que Linda Rosenkrantz acababa de mandarle.

Es probable que “arriesgado” sea una palabra demasiado suave para definir lo que Rosenkrantz tenía entre manos. Su novela no era una narración convencional. Ni siquiera era una ficción. ¡Ni tampoco, que no, una novela! Sin embargo, ella quería asumirla así como tal. Porque, en palabras de la autora “¿hay más arte en el arte o en la realidad”.

La charla, en verdad, no era un libro que Linda Rosenkrantz hubiera escrito desde su imaginación, sino más bien desde su atrevimiento. Una buena idea —llevarse una grabadora 24 horas durante un viaje de tres amigos y registrar cada conversación— y una buena ejecución —seleccionar las más sorprendentes de esas charlas, para hacer un retrato generacional y sincero de lo que significó ser joven en los 60—.

Fue en 2015 cuando este texto, que hasta el momento había aparecido en publicaciones muy marginales de Estados Unidos y después de que Rosenkrantz llegara a desesperarse, se volvió a reeditar. Tuvieron que pasar casi 50 años, toda una vida, para que en el mercado anglosajón su obra ya no estuviera tan mal vista. Y al contrario de lo que ocurrió en su momento, gran parte de la crítica celebró lo original del proyecto, así como su vínculo con buena parte de la producción literaria o audiovisual moderna.


Para muchos críticos, de hecho, empezando por el escritor Stephen Koch, los ejercicios de representación de la amistad y la juventud y las conversaciones eternas y alocadas de series como Broad City o novelas como ¿Cómo debería ser una persona?, de Sheila Heti, son una herencia de Linda Rosenkrantz.

Heredados o no, lo cierto es que esta reedición de Rosenkrantz sí ha coincidido con un movimiento feminista en las nuevas letras estadounidenses, así como con una recuperación de la estética sesentera que puede leerse en novelas como Las chicas de Emma Cline. Aquí, los 60 se reivindican como un espacio femenino, libre, esperanzador. Una época en la que las mujeres se liberaron sexualmente y en la que aún no se conocía el lado más oscuro de ciertas drogas que en aquel tiempo se empezaron a consumir.

Obviamente, esa visión de aquella década está bastante idealizada, sin embargo leyendo La charla uno logra ver lo mejor y lo peor de esos años en su apogeo.

Tras un clic —aquel que lleva a Linda Rosenkrantz a encender su grabadora y documentar cada instante de un viaje de tres amigos— estas conversaciones dan cuenta de cómo pensaban las chicas de aquel momento, sus filias y sus fobias, sus manías amorosas, sus aspiraciones vitales —alejadas de la maternidad y el papel silencioso y secundario que hasta entonces se otorgaba a la mujer—.

La charla es, entonces, la historia de tres amigos treintañeros, dos chicas y un chico, que no tienen miedo de contárselo todo, incluso los secretos más sucios, porque saben que entre ellos no van a juzgarse, ni a insultarse, ni a censurarse.

Así, entre parloteo y parloteo, Rosenkrantz divide su novela en varios capítulos en donde las conversaciones abordan temas tan dispares como el consumo de drogas, las relaciones sentimentales fallidas, el gusto por la gastronomía y sus manías a la hora de comer, la idea del duelo, lo solos y estúpidos que nos sentimos cuando alguien nos deja, o lo estresante que es intentar caer bien a todo el mundo, cuando la verdadera amistad sólo existe en círculos muy cerrados.

Quizá por esto último Linda Ronsenkrantz decidiera invitarnos a su círculo intimísimo —un reality show protagonizado por Vincent, Marsha y Emily— en un verano del 65 en East Hampton. Al entregarnos su privacidad de esta manera, nos demostró que la vida, bien mirada, puede ser arte en sí misma.

O como se confiesa en una de las páginas finales:

«MARSHA: Luego, después de decirle que no tenía sentimientos me he venido a casa y me he puesto a llorar.

EMILY: Querida, todos sabemos que tienes sentimientos, eres una persona muy compleja. Y, en ciertos aspectos, has tenido un verano muy positivo.

MARSHA: La única finalidad de este verano era escribir un libro.

EMILY: Y lo has hecho.

MARSHA: He escrito el libro, sí.»

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