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5 libros que te harán amar la poesía (o quizá odiarla todavía más)

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"La poesía de verdad es una fiesta, una fiesta salvaje, una fiesta en la que puede pasar cualquier cosa"

Xaime Martínez

21 Marzo 2017 14:03

En su libro El contorno del poema, el profesor universitario y teórico de la literatura Pere Ballart narra una historia que seguramente te resultará conocida.

Aunque ahora él mismo se considera un “converso a la poesía” —y su libro brilla con la furia del que cambia de bando—, durante mucho tiempo fue alguien que tan solo “sabía pasarlo bien leyendo novelas” y que únicamente por azar se enfrentaba a un poema, para olvidarlo en seguida.

Al Pere Ballart pre-epifanía le molestaba la extravagancia de los poetas, tan remisos a “explicarse conforme a la lógica y el orden, siquiera en el marco de una obra ficticia”.

Sin embargo, en algún momento sintió un click y a partir de entonces las cosas comenzaron a funcionar.

De pronto la poesía (alguna poesía) le resultaba emocionante sin ser cursi, densa sin ser indigerible, verdadera sin ser verdad.

No son pocos los que han o hemos sentido este odio por ella, tal y como el poeta y novelista Ben Lerner ha señalado en su inteligente ensayo. En algunos casos, este reacción desmedida contra el quehacer poético acaba por convertirse en pasión y en comprensión profunda.

En la mayoría de las ocasiones, no obstante, el odio a la poesía permanece enquistado —aunque admite pequeñas variaciones como “a mí es que si no rima...” o “desde Góngora vamos cuesta abajo”.

Para celebrar este día 21 de marzo, en PlayGround hemos querido reunir 5 libros en los cuales son los propios escritores quienes hablan de aquello que más les apasiona: los poemas.

1. Ben Lerner, El odio a la poesía

Este breve ensayo de Lerner, recientemente publicado en España por Alpha Decay, se fundamenta en una tesis muy curiosa: la poesía decepciona a muchos porque su reino no es de este mundo.

Es decir, una y otra vez encontramos en poemas, en escritos teóricos e incluso en la cultura popular una representación de la poesía como algo con una voluntad de trascendencia —o de permanencia— muy característica. Y esta voluntad habrá de fallar necesariamente.

Ya sea contra el lenguaje, contra el mundo que representa o contra la propia “liricidad” del texto, la poesía siempre sale derrotada de la batalla que ella misma se plantea.  Y es sabido que nadie ama a los perdedores.

El planteamiento de Lerner puede ser acusado de falto de pruebas  —¿A partir de cuándo se produce este efecto decepcionante de lo poético? ¿Sucede en un número representativo de casos? ¿No es más bien algo asociado a la modernidad y a la lírica, antes que un rasgo definitorio de la historia de la poesía en su conjunto?— pero su hipótesis y sus ejemplos se presentan de una forma tan apasionada y divertida que posiblemente compensen algunos defectos formales.

2. Martín López-Vega, Obreros de la luz: los poetas de la duración y la elegía posmoderna

El ensayo de Martín López-Vega, que inaugura la colección de ensayo en castellano de la editorial Saltadera, propone un acercamiento a la poesía contemporánea basado en el concepto bergsoniano de “duración”. Aprovechando que Ungaretti, Machado y Eliot fueron alumnos del filósofo francés, López-Vega manipula la “duración” de Bergson para unir como en un hermoso collar muchos poemas actuales.

Con un verso de Charles Wright —“El mundo no se detiene, solo se queda quieto”— explica López-Vega el concepto de “duración”, que según afirma subyace a la obra de poetas tan distintos como Allen Ginsberg, Joseph Brodsky o Czeslaw Milosz y que tiene mucho que ver con la propuesta de Ben Lerner: en esa tensión entre movimiento y permanencia reside la imposibilidad y la belleza de la poesía.

El libro constituye una buena exposición teórica de los principios que ya desde hace tiempo el escritor asturiano viene exhibiendo en su blog de crítica, y los aciertos y los fallos son también bastante paralelos a los de aquel: su gran amor por las letras que hay que insertar como símbolos del Word (?, ž o ?) resulta enriquecedor para la literatura en lengua castellana, pero también puede parecer algo afectado.

Obreros de la luz, en todo caso, es una guía particular para recorrer el siglo XX y sus claroscuros poéticos. Y todo explorador debería llevar una en su mochila, por si las moscas.

3. Dorothea Lasky, Poetry is not a project

En What is Poetry (Just Kidding, I Know you Know): Interviews from the Poetry Project Newsletter (1983-2009) se recoge una serie de entrevistas con poetas que tratan de definir lo que es, ha sido, y será la poesía, a pesar de la evidente inutilidad del intento.

Entre los entrevistados está el artista Red Grooms, que opina que es posible que la poesía de las primeras décadas del siglo XXI “sea una reacción total contra el siglo XX, y quizá el XIX aparezca como la estrella de la película”. En esta recuperación de la sentimentalidad romántica podría encuadrarse el pequeño panfleto Poetry is not a project, de la poeta estadounidense Dorothea Lasky.

Precisamente en este ensayo se opone Lasky a la idea de “proyecto” en poesía, porque entiende que el poema no puede surgir de una racionalización extrema, de una planificación, sino de la intuición: “Un poema, como cosa, se resiste a que se hable de él de forma lineal en su propia no linealidad. En su vida no lineal. En la vida real del poema”.

Puedes estar más o menos de acuerdo con esta visión poética (en parte tomada de William Carlos Williams), pero lo que está claro es que frases como la siguiente pueden lograr que ames la poesía con todas tus fuerzas: “la poesía de verdad es una fiesta, una fiesta salvaje, una fiesta en la que puede pasar cualquier cosa”.

4. Wislawa Szymborska, Prosas reunidas

La obra poética de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska es bastante conocida en el mundo hispanohablante desde que en 1996 se le concedió el Nobel de Literatura.

Pero su obra teórica y crítica había pasado desapercibida hasta la publicación de Prosas reunidas por parte de la editorial Malpaso. En este libro se recogen pequeños textos que la poeta publicó en periódicos y revistas, y en los cuales se trasluce su mirada humorística, profunda y emocionante sobre la tradición poética.

Las tres secciones del libro se llaman “Lecturas no obligatorias”, “Otras lecturas no obligatorias” y “Más lecturas no obligatorias”, títulos que dan cuenta ya de la visión desmitificadora (pero constructiva) de la autora.

Como ejemplo puede valer su pequeño perfil del poeta francés Jules Laforgue, muerto a los 27 años y maestro de los surrealistas. En este texto, Szymborska es capaz de representar, con unas pocas pinceladas, la obra y el pensamiento del poeta: “De forma poco ceremoniosa”, nos dice la Nobel polaca, Laforgue “adoptaba poses poéticas para mofarse de ellas”.

Y a continuación da una clave de lectura que puede ser verdaderamente útil para quien desee recorrer el camino de la poesía: “todas esas veces que nos rendiimos de buena fe al ambiente lírico del poema, seamos conscientes de que el autor puede sacarnos con una agudeza inesperada del trance, hacer que sonriamos en el instante menos oportuno o, por el contrario, volverse lúgubre justo cuando todo parecía alegre…”.

5. Sylvia Plath, La caja de los deseos

Es famosa la frase que Sylvia Plath dijo sobre su escritura: “Para mí la poesía es una evasión del trabajo de verdad de escribir prosa”.

Si bien sería fácil afirmar que a Plath le pasó lo contrario que a Edgar Alan Poe —quien siempre pensó que su verdadero talento poético se malgastaba con los cuentos de fantasmas—, lo cierto es que el trabajo en prosa de Sylvia Plath no es nada despreciable.

Además de su novela más conocida, La campana de cristal, la poeta estadounidense escribió una serie de relatos, ensayos y diarios que ahora ha recogido la editorial Nórdica en el volumen titualdo “La caja de los deseos”.

Entre sus desgarrados, irónicos y terribles relatos sobre la maternidad; entre sus afiladas lecturas de la realidad que la rodeaba, encontramos un pequeño texto llamado “Comparación” en el cual habla de las diferencias entre la novela y los poemas “más o menos pequeños, oficiosos, de andar por casa”, esto es, líricos.

Aquí nos deja unas palabras que describen con mucha inteligencia el funcionamiento de los poemas, o de lo que ella entiende por poemas, y entroncan con esa “duración” de que hablaba López-Vega y con la congelación del tiempo y la voluntad de imposible que Ben Lerner detectaba en los mejores poemas y en los mejores lectores. Por ello, es tal vez el cierre más adecuado para este artículo sobre amar (y odiar) la poesía:

«La novelista […] tiene todo el tiempo del mundo. Si quiere, puede coger un siglo, una generación, un verano entero.

Yo puedo coger un minuto, más o menos.

No hablo de poemas épicos. […] Hablo del poema más o menos pequeño, oficioso, de andar por casa. ¿Cómo describirlo? Se abre una puerta, se cierra una puerta. En medio has vislumbrado algo: un jardín, una persona, una tormenta, una libélula, un corazón, una ciudad. Pienso en esos pisapapeles redondos victorianos de cristal […]. Ese tipo de pisapapeles es una esfera transparente, completa en sí misma, muy pura, con un bosque o un pueblo o un grupo familiar dentro. Le das media vuelta, y luego otra. Nieva. Todo ha cambiado en un minuto. Dentro, nunca será igual: ni los abetos, ni los tejados, ni las caras.

Así sucede el poema».


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