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El divorcio es esa cosa llena de cerdos, barcos hundidos y Penélopes viscerales

La poeta Louise Glück explora en 'Praderas', los caminos del mar vinoso de la Odisea

¿Qué sucede si pones trozos de ti mismo en un objeto?

¿Si ocultas bajo él algún órgano que no sea imprescindible para seguir vivo, o una sección del lóbulo frontal, o el recuerdo de una tarde que ya empieza a fugarse de la memoria?

Lo que sucede es que escribes un poema.

Algunos dirán que, concretamente, uno confesional, aunque eso es discutible porque todos los poemas son confesiones (y todas las confesiones, literatura).

En cualquier caso, lo que es innegable es que con el nombre de "poesía confesional" se ha denominado la obra de una serie de poetas estadounidenses —como Robert Lowell, Sylvia Plath o Anne Sexton— que a finales de los años 50 y durante la década posterior dieron forma a una poesía que aireaba sus intimidades para purgarlas mediante la ficción.

En cierta medida, Louise Glück es heredera de esta manera visceral pero estilizada de entender la literatura, y precisamente Praderas —uno de los libros de Glück que mejor representa esta característica— acaba de ser publicado en España de la mano de Pre-Textos y traducido por Andrés Catalán.

Praderas, publicado originalmente en 1997 en Estados Unidos, toma como base el divorcio real de Louise Glück de John, quien fuera su marido durante muchos años. Pero a partir de este evento más o menos concreto y verdadero, la poeta emplea una serie de juegos que le permiten adquirir distancia respecto de "lo real": la mitología, el humor negro-casi-sádico y el monólogo dramático podrían ser algunos de ellos.

Es curioso que estas mismas coordenadas aparecen también, por la misma época, en otras escritoras de su generación junto a las cuales Glück forma un mosaico apasionante.

Anne Carson, por ejemplo, utiliza en Autobiografía en rojo (1998) un mito griego como punto de partida para hablar de otras muchas cosas, y en La belleza del marido (2001) recorre, con un lenguaje ensayístico y musical, la disolución de una pareja. Por otra parte, Sharon Olds escribe versos en su libro Stag's Leap (2012) a partir del proceso de divorcio de su marido —que, por cierto, tuvo lugar poco después de que Glück publicase su libro— y en 1992 Olds publica El padre donde, al igual que Glück en Ararat (1990), utiliza la problemática relación con su progenitor como sample musical.

En resumen, parece evidente que Louise Glück forma parte de una generación de mujeres que, con voces muy distintas —más académica la de Carson, más brutal la de Olds— poseen en común objetivos, preocupaciones y técnicas similares.

Pero ¿cuáles son estos en el caso de la autora de Praderas y, sobre todo, qué pueden decirnos del mundo que nos rodea?

Praderas es un libro en el que se superponen dos realidades: en primer lugar, la trama mítica de la Odisea; con cuya Penélope —o con una actualización personal de esta— parece identificarse la conciencia de la autora.

La tensa relación de esta con el ausente Ulises y con su hijo Telémaco informa buena parte de los textos del libro, que serpentean entre el humor descarnado y cierto tono trágico que, en los mejores casos, se dan cita a la vez en el poema.

En segundo lugar, claro, está (la que parece ser) la historia personal de Louise Glück, con sus episodios locos, sus diálogos ácidos y brillantes, su tristeza y su ternura sin medida, como en este fragmento de "Ceremonia":

" Una cosa que siempre he odiado

de ti: odio que te niegues

a que venga gente a casa. Flaubert

tenía más amigos y Flaubert

era un recluso.

    Flaubert estaba loco: vivía

    con su madre.

Vivir contigo es como vivir

en un internado:

pollo los lunes, pescado los martes.

    Tengo amigos de verdad.

    Soy amiga

    de otros reclusos".

El interés del libro reside en la manera en que estos dos mundos, el del mito griego y el de lo más prosaico norteamericano, se espejean entre sí. Cómo sus límites se desdibujan para susurrar que la historia de una pareja que deja de quererse es la historia de todas las parejas que se han odiado en Troya, Islamabad o Nueva Jersey.

A través de sus poemas Glück da voz a distintos personajes de la Odisea, desde el matrimonio protagonista —cuya crueldad y compasión los hace en muchos casos indistinguibles e igualmente hermosos— hasta las sirenas, Telémaco o Circe, que en su poema deja tres de los versos más recordados del poemario: "Jamás convertí a nadie en cerdo. / Algunas personas son cerdos; yo les di / aspecto de cerdo".

La clave del poemario se encuentra precisamente en esta dualidad. Cuando caes en la cuenta de que el conjuro con que Penélope bendice/maldice a Odiseo es el mismo que Louise le ha dedicado a su marido (e incluso al lector) ya es demasiado tarde:

"Así que Penélope tomó la mano de Odiseo,

no para retenerlo sino para grabarle

esta paz en su memoria:

a partir de este punto, el silencio que atravieses

será mi voz que te persigue".

A través de voces como la de Telémaco la autora es capaz de elevarse sobre lo real para compadecer a muertos y a victoriosos, a los que se van y a los que se quedan. Todos somos miserables y todos podemos salvarnos, aunque tal vez no por ese orden:

"...qué

vida la de mi madre, sin ningún

tipo de compasión por el sufrimiento

de mi padre, por un alma

fogosa por naturaleza, y por tanto

castigada por elección propia, ni tenía mi padre

idea alguna del coraje de ella, sutilmente

expresado como inacción, siendo él

como era propenso al dramatismo".

Louise Glück se ríe de sus personajes, pero nunca les pierde la distancia ni deja de tratarlos del cariño (posiblemente porque sabe, como todos los poetas confesionales, que ella es su principal personaje).

El nombre inglés del libro ( Meadowlands) es el mismo que el del antiguo estadio de fútbol americano de los Giants de Nueva Jersey, como la propia Glück explicita en un poema: "¿Cómo pudieron los Giants bautizar / aquel lugar como las Praderas? Tiene / prácticamente lo mismo en común con un pastizal / que el interior de un horno".

En este juego que propone el título del poemario se encuentra ya contenida la mayor fuerza del libro: el lugar mítico, idealizado y propio de las novelas románticas pastoriles se ha convertido (¿pero cómo?) en lugar de batalla, de perritos calientes y cervezas, de vulgaridad insoportable.

Penélope y Ulises están separados por una masa de gente que sale del partido. Cuando se dan cuenta, ellos mismos son parte de la masa. Son la misma guerra.

Si esto no es ironía trágica —y belleza, y amor y tantas otras cosas—, que baje Aristóteles y lo vea.

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