PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

Qué leer después de John Ashbery

H

 

Ashbery no como escritor, sino como religión. La muerte del que era considerado el mejor poeta estadounidense del último siglo deja un vacío que desde aquí intentaremos llenar —aunque casi resulte imposible— con otras tres voces vivas, brutas y necesarias

Luna Miguel

06 Septiembre 2017 19:00

No hace falta ser fiel para saber que en algún lado hay un dios que brilla. Porque incluso si en el mundo quedaban los que no habían sucumbido a la fe de John Ashbery —Ashbery no era escritor, sino luz celeste, obsesión y meta— la devoción o el respeto hacia sus textos siempre será total.

Ahsbery como religión, sí.

Ahsbery como definición de la poesía de un siglo.

Ashbery como lugar hacia el que crecer.

Ashbery para imitar, para engullir, para fingir.

El pasado 3 de septiembre las grandes cabeceras se hacían eco de la muerte “del mejor poeta de su generación”, o bien “del mejor poeta estadounidense del siglo XX”, o bien “del poeta más influyente de los últimos 50 años”. No le faltaba razón a ninguno de esos titulares: durante las últimas décadas para el lector o el escritor de poesía, el mundo parecía dividirse entre los que sí Ashbery y entre los que no Ashbery. Evidentemente, pertenecer al segundo grupo era como no pertenecer a la literatura.

¿Pero qué hacía tan cegadora la luz de este dios poético?

¿A qué esa incondicional entrega?

¿Cuál fue su secreto?

En 2005, después de que se publicara en España su mítico Tres Poemas, Luis Antonio de Villena le dedicó un perfil en El País en el que hablaba de él como un poeta “plural y macizo”, como un autor “mental”, “inteligente”. Uno de esos escritores entregados, afables. De esos de los que es imposible encontrar una nota negativa ya sea sobre su obra o sobre su persona. El secreto de Ashbery, entonces, podría ser lo hondo que desprende. La humildad de sus palabras. Ese desinterés sincero y cristalino. Ese divertido desparpajo. Como cuando dice en una entrevista que no tiene “ni idea de qué habla mi poesía". O como cuando dice en un verso que “el poema está triste porque le gustaría ser tuyo, pero no puede".

Ashbery es el poeta de los poetas, sí: su religión.

Alguien cuyo papel en este mundo era desordenar las piezas del puzle que es nuestro cerebro, para después obligarnos a recomponerlo como si de una partitura se tratara. Alguien a quien no le importaba sonar mal, o ser burlón, o incluso resultar un poquito cursi, porque lo importante siempre era otra cosa. Porque el secreto era toda la verdad que había en él.

Y ahora que John Ashbery no está, muchos se han preguntado qué va a ser de la verdad de la poesía, y qué va a ser de esa música suya, y qué va a ser de los poemas incomprensibles ahora.

Por fortuna, los dioses que brillan no se acaban en su fuga. El cielo está lleno de ellos aunque alguna veces nos cueste un poco más verlos o bien porque aún son muy jóvenes o bien porque no están traducidos o bien porque su tradición es otra que no hemos sabido leer todavía.

No hablamos de herederos, más bien de compañeros.

No hablamos de voces que le deban nada, sino más bien de inteligencias tan puras como la suya. Plurales y macizas. Honestas y hondas. Literaturas que ayudarán a muchos a llenar el vacío que él deja. Incluso si no somos fieles. Incluso si a pesar de ello perderle nos duele:

Anne Carson

Quien en sus biografías se define a sí misma con una brevedad nipona, con frases como “nacida en Canadá, da clases de griego clásico para vivir”, también es autora de libros mucho más espesos, en contenido y en continente, mucho más duros.

La obra de Carson ha llegado con cuentagotas a nuestro idioma, aunque el furor por su poesía y su pensamiento crítico en España ha sido más reciente.

Uno de sus libros más importantes, La belleza del marido —un magnífico ensayo sobre la ruptura y los celos en clave lírica—, sí llevaba tiempo traducido al castellano, y ha sido inspiración para muchos escritores de nuestro país, como es el caso de Gonzalo Torné en Divorcio en el aire.

Precisamente, cuando preguntamos a Torné cuáles serían las voces que deberíamos leer una vez muerto Ashbery, el narrador no duda en mencionar el nombre de la canadiense en primer lugar; cita después Geoffrey Hill o a Nicanor Parra. “Poetas que están a su nivel”, dice. Que tienen esa “originalidad y audacia”.

No es raro que, preguntada por esta misma cuestión, la poeta y traductora Berta García Faet también piense en Anne Carson como primera opción. Por cuestiones puramente literarias —lo mental, el uso del lenguaje, la manera de empaparse de la tradición— y por lo enigmático y escurridizo de su personaje, el nombre de la autora de Autorretrato en rojo es el primero que se les ocurre a muchos en un intento por recomponer las piezas de un puzle que dejó inacabado Ashbery.

Sin embargo, lo que sí resulta curioso tras este aparente consenso, es encontrarse con una entrevista a Carson en la que, con mucha sinceridad, la autora reconoce lo siguiente: “estaba hablando con alguien sobre John Ashbery y sobre cómo jamás he entendido su poesía. Eso me parece frustrante”.

Rae Armantrout


De entre todos los nombres que el editor estadounidense Joshua Edwards baraja para PlayGround como posibles “parches” a ese hueco que John Ashbery ha dejado —Paul Killebrew, Timothy Donnelly, Dara Wier— el que más llama la atención es el de Rae Armantrout, quizá por ser ella la única poeta de esa lista traducida y publicada en nuestro país.

Fue en 2014 cuando apareció una pequeña colección de sus poemas en la editorial de la Universidad de Valencia, y en 2015 cuando el sello Kriller71 editó Necromancia. Estas modestas selecciones de su obra dieron cuenta de que Armantrout —que en aquel entonces tenía 68 años— había sido una de las grandes autoras de su generación y de su lengua olvidadas por la crítica y la edición hispanas.

Si bien otros poetas que alguna vez fueron considerados “herederos” de Ashbery contaban con traducciones y perfiles en español, ella aún estaba a la sombra.

Pero Armantrout es mucho más que una heredera de Ashbery. En todo caso, según sus propias palabras, ella es una buena lectora de su poesía. Alguien que conoce al dedillo sus versos, y que se siente reconocida en su manera de dibujar la experiencia de la experiencia.

En una entrevista a Rae Armantrout publicada en Jot Down en 2012, la traductora y editora Natalia Carbajosa preguntó a la autora de Necromancia por la complejidad de su obra. Armantrout muestra entonces su miedo a que esta sea difícil de traducir a otro idioma, puesto que ya en su lengua original algunos la tachan de académica, ardua o ininteligible.

La poeta añade: “otra dificultad de mi trabajo es que, al estar tan condensado, y al ser tan cortos mis poemas y mis versos, cada palabra porta una significación máxima. Por este motivo, en mis poemas con frecuencia es importante el doble sentido —y éste siempre se pierde en la traducción”.

En este sentido, Armantrout y Ashbery comparten más de lo ya señalado, como por ejemplo la atención absoluta que requiere su obra, la búsqueda incesante de cada uno de sus posibles significados, así como el ánimo de querer jugar a su íntimo juego. Como escribe Rae Armantrout en un verso que podría pertenecer también al autor de Una ola: “el truco es disolver la mirada”.


Ben Lerner

Si Carson y Armantrout pueden considerarse compañeras involuntarias de Ashbery, el caso de Lerner es completamente distinto. De esta pequeña selección, él es el más joven —nació en 1979, un año en el que Ashbery ya había publicado hasta 10 libros— y también el que resulta imposible pronunciar sin mencionar a su maestro. En casi todas las reseñas de sus libros de poemas —aquí en España es más conocido por su narrativa, y especialmente por Saliendo de la estación de Atocha— el nombre de su maestro es mencionado como influencia clara y principal.

En palabras de Ezequiel Zaidenwerg en el prólogo de Elegías doppler, Ben Lerner comparte con John Ashbery “la tensión entre experiencia y representación”, y recuerda que ya desde la publicación de su primera novela, el joven autor quiso dejar clara la influencia de Ashbery no ya en su manera de escribir sino en su modo de entender la literatura: “Si pudiera serviros de consuelo, nos gustan los primeros libros de John Ashbery. Si pudiera serviros de consuelo, no vais a sentir nada.”

Pero no sólo eso. La relación entre ambos escritores va mucho más allá. Ahsbery, que al contrario que otros poetas de su quinta fue un voraz lector de aquello que hacían los más jóvenes, siempre tuvo palabras muy elogiosas para Lerner. Quizá porque sabía que el autor de No Art era cómplice de su humor y de su mirada. O quizá porque simplemente consiguió enamorarle con textos lúcidos como este —que también es traducción de Zaidenwerg—:


Poemas sobre la noche

y poemas afines. Cuadros

sobre la noche,

el sueño, la muerte y

las estrellas.

Me sé un poema de

la escuela bajo las estrellas, pero

no pertenezco a ninguna escuela

poética.

Me lo olvidé de memoria. Sólo me acuerdo

que estaba ambientado en el mundo y que su tema

se despedía.

 

Poemas

sobre estrellas y

sobre cómo las borran los faroles

de la calle,

calles

en un poema sobre la fuerza

y las escuelas que hay ahí. Aprendimos

todo sobre la noche en la universidad,

cómo se aplica,

universidad nocturna bajo las estrellas donde

hicimos el amor

un tema. Terminé mi estudio de la forma

 

y me olvidé.

Esta noche,

se ordenan sobre mí

por época poemas sobre el verano

y las estrellas.

También poemas sobre la pena

y la danza. Pensé en venir a verte

con estos temas

como mis sentidos

¿Te acordás de mí

del mundo?

Yo estaba ambientado ahí y hablamos

en el césped, y comparamos algo

con la cárcel, algo

con las películas.

Poemas sobre sueños

como polillas sobre los faroles de la calle

hasta que los clichés

resplandezcan, el tenue

resplandor de la pantalla

se nos quede en las manos,

huellas azules sobre las ventanas.

Qué pretencioso

estar vivos ahora.

 

y más aun de nuevo

como la poesía y los poemas

indexados por

cadencias que caen sobre nosotros mientras

nos despedimos. Era importante despedirse

ayer

en una obra serial sobre las luces

para que la distancia pudiera penetrar la voz

y dirigirse a vos

esta noche.

Poemas sobre vos, prosas

poéticas.

share