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Cuando eres un hombre miserable y mereces ser recluido en una isla vacía

Una lectura de 'Las islas vertebradas', la segunda novela de Juan Manuel Gil

Leyendo Las islas vertebradas (Playa de Ákaba), la última novela del almeriense Juan Manuel Gil, resulta imposible no acordarse de Jack, Kate y Sawyer. Como en Perdidos, la isla en la que Martín lleva ya nueve meses está cubierta por el insoportable olor a algas podridas, por un halo de misterio determinado por los recientes y ya habituales robos, así como por una inquietante desaparición.

Que aquí no se puede vivir únicamente con lo que está a la vista, que hay que cavar bien adentro y volver a enterrar lo que sea.

Todo pasa en la isla, en una urbanización habitada en su mayor parte por extranjeros que se llama Parque Holandés. Todo salvo el tétrico y houellebecquiano pasado de Martín, narrado a través o a partir de tres aristas: amistad, familia y amor. Gil se sirve de dichas aristas para, mediante un brutal lirismo heredado de su condición de poeta, dibujar las profundas heridas emocionales de un personaje miserable, Martín, hecho a base de guano —materia excrementicia de aves marinas, que se encuentra acumulada en gran cantidad en las costas—.

(Sobre la muerte de su madre)

Es como si nunca te hubiese nacido una de tus muelas. No sabes lo que es masticar con todas y cada una de las piezas dentales. Pero la comida te sigue aportando nutrientes, te sabe sabrosa o pobre, e instintivamente la desplazas al lado de la boca donde las muelas se aprietan unas con otras. No obstante, hay días en los que la punta de la lengua va a parar a ese hueco y, en lugar de encontrar trozos de comida, me tropiezo con pequeños signos de interrogación que trago sin contemplaciones. Todavía no he perdido la esperanza de que esa muela decida romper la encía y ocupar su espacio

Los terrenos que explora el guionista Damon Lindeloff y dotan de fantasía a Perdidos, aquí, en Las islas vertebradas, se rastrean cuando el protagonista cierra los ojos. La carga onírica —así como la metaliteraria— en la vida de Martín es fundamental para el desarrollo de la novela.

Las diatribas, las disertaciones y las digresiones se mueven, no con menos éxito debido a ello, por campos habitualmente explorados por la literatura: la enfermedad, el suicidio, la muerte, las brechas del sistema capitalista, la soledad o la infidelidad.

Sin embargo, no es sino en los diálogos donde Juan Manuel Gil hace gala de su condición de avezado novelista. La tensión, el realismo y el progreso de la trama van de la mano en las brillantes conversaciones que se suceden entre Martín y el resto de los personajes, tanto de su vida previa como de la isla.

La isla, por cierto, más allá de su carga alegórica, no es el paraíso mítico de la tradición literaria clásica. Es, a diferencia también de la serie ya citada  , más bien un espacio real, verosímil. Es un lugar. Un lugar que existe y cuyas espesas algas podemos palpar.

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