PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

"Quien se vuela en un bus es igual que el que bombardea a un niño en Gaza"

H

 

Los periodistas de guerra Javier Espinosa y Mónica G.Prieto tienen claro que el ISIS surgió al calor de la intervención estadounidense iraquí y lo explican en su nuevo libro

Germán Aranda

28 Junio 2017 06:00

Getty

Para escribir el libro La semilla del odio. De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS (Debate, 2017), Javier Espinosa y Mónica G. Prieto rescataron "dos o tres maletas de libretas" que arrastraban de un país al otro.

Algunas llamadas y fotografías antiguas ayudaron a refrescar la memoria de sus diez años en Irak entre el tiempo en que vivieron allí y sus frecuentes visitas. Fueron testigos de cómo el Estado Islámico empezaba a tomar forma en las cárceles de Irak y en el caos sembrado por la intervención estadounidense que Bush, Aznar y Blair urdieron a pesar de una gran oposición.

Este matrimonio de periodistas que ha madurado viendo todo tipo de conflictos (Guerra del Golfo, Balcanes, Chechenia, Palestina, Irak, Siria...) durante más de 20 años pasan bastante de explicar batallitas o de sacar pecho de sus logros como reporteros, que son muchos.

Como en su libro y en sus reportajes, en esta conversación Javier y Mónica solo hablan de ellos mismos como observadores y no como protagonistas, en contraste con una tendencia cada vez más acuciada entre periodistas y medios internacionales. Y eso que el propio Espinosa pasó 194 días secuestrado por el ISIS.

Lo contó años después de ser liberado en El Mundo, periódico para el que trabaja como corresponsal en Asia desde Shanghai. Mónica colabora como freelance con varios medios desde el mismo lugar, donde viven con sus dos hijos. Les entrevistamos en un hotel de Barcelona. 

Javier Espinosa / Penguin Random House

En el libro se explican las historias humanas de las víctimas de intervenciones en Irak ahora que parece que ya solo se habla de las víctimas de atentados en Europa. ¿Por eso es importante que se publique ahora?

Javier Espinosa: Tanto el Estado Islámico como nuestro sistema intentan buscar enemigos absolutos, el malo, no hay grises. Lo que venimos a contar es, primero, que un 95% de las víctimas del Estado Islámico son musulmanes. Y, segundo, que esto tiene un origen: unos señores Bush, Aznar y Blair que lanzaron una guerra ilegal. Si fueran otros países estarían en un tribunal internacional. Sembraron el caos, pero no había radicalismo antes de la intervención en Irak.

Mónica G. Prieto: Que la post-operación iba a tener como consecuencia un conflicto sectario lo vimos todos desde el principio, menos los dirigentes que siguen lanzando ataques. Pero la criatura se ha revelado como algo mucho mayor, con su califato extrafronterizo. El Estado Islámico se crea en unos años de invasión y odio sectario promovido por Estados Unidos. Si no conocemos el origen del mal no sabremos gestionarlo. El desconocimiento lleva a que todos sean malos, enemigos. Es lo que quiere al-Bagdadi, y Trump es la otra cara de lo mismo.

El origen es la invasión y, según contáis en el libro, cárceles como Abu Ghraib.

M.G.P.: Sí, las cárceles y las torturas. Un colega iraquí me ha mandado hace poco vídeos de la liberación de Mosul en que torturan a todos los que salen de la ciudad, a cualquier varón, sea o no del ISIS. Esta gente va a reaccionar. ¿Cómo? Yéndose al bando contrario de quien le ha maltratado. En las cárceles de Irak vimos una negligencia, se movían libros de contenido explosivo impresos en Arabia Saudí y se permitía que los presos se reagruparan. Incluso había entrenamientos militares dentro de prisión. ¡Delante de los soldados estadounidenses!

Suena un poco inverosímil. ¿Al tiempo que torturan a los presos les permiten entrenarse? ¿Por qué?

J.E.: No tenemos respuesta a esta pregunta. Pero en Irak se adoptan todos los pasos que no se deben tomar en una invasión o los que se deben adoptar para destruir un país, crear un caos, una anarquía, generar radicalismo. Desmantelan al ejército, al funcionariado, ponen un toque de queda nada más llegar que hace que el país sea saqueado y desaparezca en un mes y medio. Todas las fábricas se van en ese tiempo. Luego se fomentan políticas sectarias, los políticos entran en el poder por sectas en vez de por valía. Todo lo necesario para que un país desaparezca y del vacío de poder nazca el radicalismo.


En el caso de los atentados en Europa, muchos yihadistas no tienen una conexión directa con Irak, ¿hasta qué punto está allí la semilla del odio?

J.E.: Irak abre una caja de pandora increíble por la impunidad. El mensaje que muchos chavales inadaptados aprenden de eso es: si tienes poder, eres impune. Y algunos que aquí venden hachís y los meten en la cárcel ven que si se van a Irak y se meten en el Estado Islámico, tendrán poder y harán lo que les dé la gana. Evidentemente, se mezclan otros factores, como la inadaptación.

M.G.P.: O simplemente el tarado con ansias criminales que quiere un pretexto para atentar. Pero Irak legitima el sentimiento de orfandad de los árabes. Una ocupación brutal en Israel sostenida durante años, apoyo a dictadores, redefinición de fronteras... Irak es el colmo de una constante de hipocresía y doble rasero. 

Cuando se habla de victorias contra el Estado Islámico en campo de batalla, ¿hasta qué punto podemos creer que eso va a acabar con el virus? Porque también se debilitó Al Qaeda y nación el ISIS.

M.G.P.: Pueden quitarles Raqqa o Mosul, pueden expulsarles, pero siempre habrá un caldo de cultivo del radicalismo, se llame como se llame, entre las personas a las que tratamos a patadas como si no fueran víctimas del Estado Islámico al que queremos combatir. Cuando uno de los califatos fue vencido por los propios iraquíes, muchos combatientes no murieron, esperaron su momento en el desierto y lo encontraron infiltrándose en Siria. No es el Islam el problema, es una ideología basada en el hartazgo con el trato de Occidente. Cada refugiado que muere en el Mediterráneo puede ser una marca para explotar por el ISIS.

Ante este panorama en que unos y otros continúan la espiral del odio por muchos libros o reportajes que se publiquen, ¿no cuesta encontrar motivaciones?

J.E.: Bueno, es necesario que la gente sepa lo que pasa, después ya harán lo que les dé la gana. Al menos que no puedan decir: “ah, no lo sabíamos”. Lo que sí es cierto es que pensamos que el efecto de este libro será mínimo o nulo. Esa idea de cambiar el mundo que teníamos en la facultad la enterramos en algún cementerio. Pero bueno, el periodismo es un deber y una pasión.

Habláis en el libro de cómo el odio genera más odio, pero tú mismo estuviste secuestrado por el ISIS. ¿No sentiste la tentación de volverte más reaccionario tras vivir aquello?

J.E.: No, porque eso es lo que quieren los de Guatemala y Guatepeor, que elijas uno de los dos bandos. Pero los dos son nefastos y lo que hay que hacer es seguir informando sobre lo que ves, no dejarte llevar por el estómago. Estas posturas son de estómago porque no hay ideas sólidas: la que en teoría tenemos en Europa sobre democracia y derechos humanos se cae por su propio peso cuando hay guerras ilegales o alianzas con dictadores como el de Arabia Saudí. No hay ideas, hay intereses.


Nuestro chófer fue secuestrado por Al Qaeda por nuestra culpa. Y cuando fue liberado, volvió a trabajar con nosotros. Incluso en el caos, hay gente que permanece firme en sus valores y en el respeto.


¿Existe algún personaje que explique de forma nítida esa semilla del odio, esa evolución de un país bajo una dictadura y después anegado en el caos?

J.E.: Hay muchos traductores, chóferes o fixers (ayudantes locales) que pudieron pasarse al lado oscuro pero permanecieron a nuestro lado, se convirtieron en nuestra familia. Valíamos dinero en Irak, nos podrían haber vendido con una llamada telefónica. “Oye, tengo a un español, ¿cuánto me dais por él?”. Se jugaron la vida por nosotros, ¡a nuestro chófer lo secuestró Al Qaeda por trabajar con nosotros, por nuestra culpa! Y cuando lo liberaron, podría haber dicho que éramos un problema y que no quería trabajar más con nosotros, pero lo volvió a hacer. Estos ejemplos muestran que en un terreno de anarquía, caótico, con diferencias de ideas, de cultura y de religión, se puede mantener el respeto. Como el libro es muy duro, nos gusta quedarnos con algo positivo.

Existen menos ojos, menos periodistas cada vez, en los lugares de conflicto, ¿aumenta así el peligro de impunidad?

J.E.: No solo la impunidad. Cuanto menos ojos tengamos, más expuestos estamos a la propaganda, tanto la occidental como a la del ISIS del otro lado. Los yihadistas dominan ahora las redes sociales y ya no les hacemos falta. Antes les podíamos servir para que se cuente su versión, pero ahora nos ven como a un bando, como a espías. En ese contexto de mi información contra la tuya, es más necesario que haya más periodistas sobre el terreno que no estén alineados con ninguna parte del conflicto.

Algunos de los que están, lo que más hacen es sacar pecho de ello.

J.E.: El periodista nunca debería ser noticia y cada vez lo es más. No puedes ser noticia por haber llegado al lugar de los hechos, es que si no estás en el lugar no puedes contarlo. En la CNN, muchas veces la mitad del reportaje es el periodista andando por aquí y por allá. A mí no me importa si vas hacia la izquierda o hacia la derecha, me importa la historia que hay que contar. Eso es un espectáculo y resta credibilidad, es un círculo vicioso. En la intervención de Irak, muchos periodistas del New York Times y del Washington Post tuvieron que dimitir después de publicar las mentiras sobre las armas de destrucción masiva. Luego están los empotrados en la guerra que sólo cuentan una parte de la historia... Al final todo eso quebranta la credibilidad y la gente se pregunta: ¿Si esto no es verdad, o si es Salsa Rosa, para qué voy a pagar por ello?

Periodista toma notas en medio de la guerra de Irak / Getty Images.

Ahora son muchos freelance jóvenes, aventureros inexpertos, quienes están en las zonas de conflicto, ¿hasta qué punto eso ayuda o les pone en riesgo?

J.E.: La figura viene de largo, en Vietnam había freelance como chinches dando saltos por todas partes. Ahora lo que no hay es periodistas de plantilla. El problema es que tienen que arriesgar más para conseguir imágenes que quieren vender y no tienen cobertura de sus medios que les protegan, a veces es verdad que van sin experiencia ni preparación…

O sin precaución.

J.E.: Bueno, cuando empiezas no sabes muy bien lo que es precaución porque no sabes dónde está el riesgo. Yo recuerdo llegar a un hotel con García Planas, uno de los mejores periodistas que conozco, en Sarajevo, y que saliera a una terraza y dijera: “Mira qué vista más bonita”. Y psiiiiu, le pasó por el lado una bala de un francotirador. No pensó, claro, qué vista más bonita, la que tienen los francotiradores. Cuando eres joven te crees inmortal y no crees que esa vista más bonita puede ser la última que tengas.

Ahora estáis en Asia, ¿qué temas os motiva más retratar?

M.G.P.: Hay muchas cosas sobre regímenes o problemas sociales que no tienen mucha relevancia en los medios. Pero vivimos un cambio histórico en que, mientras se derrumba el imperio estadounidense, China va convirtiéndose en la nueva potencia.

J.E.: Para mí es un shock ver cómo se escribe la historia en Asia. Yo me hice periodista porque me apasiona la historia y, en Oriente Próximo, ha sido escrita a base de conflictos. En Asia se está escribiendo a base de infraestructuras sin que nos demos cuenta. De un día para otro ves un puerto o un aeropuerto donde había una selva. Van creando puentes de comunicación con el mundo. Y construyen ciudades enormes, con calles de ocho carriles y museos al estilo Guggenheim, pero que están totalmente vacías, porque piensan en llenarlas a 80 o 100 años vista. Eso no lo hace nadie en el mundo.


En China están construyendo ciudades enormes que están vacías. Lo hacen pensando en llenarlas dentro de 80 o 100 años y eso no lo hace nadie en el mundo.


¿Y el radicalismo islámico en Asia?

M.G.P.: Es una parte determinante de la información. Donde hay una población musulmana maltratada, hay caldo de cultivo para el radicalismo. Filipinas, Malasia, Indonesia…

J.E.: A pesar de eso, Asia es donde está la mayor parte de la población musulmana pero el porcentaje de radicalismo es mínimo en comparación con Europa u Oriente Próximo. El Islam en Asia se fundió con religiones que había, como el confucionismo, y ha habido muy poca influencia de Arabia Saudí, que es uno de los riesgos, la ideología wahabí. Hace poco, el rey saudí se dio una vuelta por Asia. Pero, en Indonesia, por ejemplo, hay 250 millones de musulmanes y solo había 450 voluntarios del ISIS, menos que en Bélgica o Inglaterra. Tienen un concepto más flexible del Islam y allí lo combaten con dureza. Hasta el momento lo han frenado incluso los clérigos de allí. ¿Cuánto tiempo lo conseguirán frenar? No lo sabemos.

En comunidades como los rohingya de Birmania, con los que Mónica estuvo hace poco, entiendo que el peligro de extremismo es mayor.

M.G.P: Cada comunidad vejada es un caldo de cultivo. Los rohingya no tienen derechos humanos, pero también hay represión de musulmanes en China y peligros en Tailandia, en Bangladesh... Hace tres años ya había números de Dabiq, el semanario del ISIS, dedicados a estos países. Y tienen el dinero y las infraestructuras para hacerlo.

J.E.: Es que 250 millones es mucha gente, pero con un tío que se vuele ya tienes el efecto mediático que quieres.

Ser terrorista es fácil.

J.E.: No me gusta usar la palabra terrorismo. El New York Times tampoco lo hace, porque tiene una connotación política negativa. Por ejemplo, Estados Unidos negocia con el cartel de la droga en México si hay algún secuestro porque no está considerado un grupo terrorista, aunque solo hay que ver las cabezas colgadas de los puentes. El terrorismo está definido con aplicar la violencia con fines políticos. Pero el tipo que se vuela en un autobús o el helicóptero que destroza en pedazos en un campo de refugiados en Gaza a un niño buscan lo mismo.

¿Entonces cómo lo llamamos?

J.E.: Lo importante es contar con todo lujo de detalles todos los horrores que ambos bandos provocan. Pero también los que disuelven una manifestación pacífica con un Apache, que es para destruir tanques, como ha hecho Israel. Dígame lo que está haciendo este señor y yo ya veré si lo está haciendo mal y si le llamo terrorismo.

share