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Los indepes contra la realidad

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En su libro La gran ilusión: mito y realidad del proceso indepe, el periodista Guillem Martínez escribe que el proceso independentista catalán es “el intento, serio pero desesperado y desorganizado, de seguir existiendo por parte de una clase política que estaba habituada, como todo el mundo, a existir, hasta que su mundo se vino abajo. El Procés ha prolongado su vida. Es posible, incluso, que la haya renovado.” Las maniobras del gobierno catalán para aprobar una ley de desconexión sin debate en el Parlament, para así evitar que el Tribunal Constitucional la anule antes de su aprobación, y el inicio del desenlace del caso Palau, el caso del famoso 3% de comisión que se llevaba de obras públicas la antigua Convergencia (ahora Partit Demòcrata Català), y que esta semana se ha demostrado que era un 4%, ratifican esa tesis. Y no es el único caso de corrupción del partido nacionalista ( aquí una lista de ellos), que se cambió de nombre en parte para separarse de la corrupción asociada a la marca Convergencia. Como todo en el procés, la batalla es simbólica porque la realidad es demasiado compleja y porque, bueno, independizarse unilateralmente en contra de la mitad de la población no suena fácil o democrático.

En su columna en La Vanguardia, Enric Juliana sintetiza este “momento Catalunya” tan surrealista: “El partido nacionalista catalán durante años financiado, según todos los indicios, por importantes empresas españolas, pretende separar Catalunya de España con una ley en el parlamento de Barcelona que los diputados de la oposición, representantes del 51% de los votantes en las últimas elecciones, no tendrán la oportunidad de enmendar, ni siquiera de conocer horas antes de su discusión.” En el mismo periódico, el historiador Jordi Amat escribe que “las dos operaciones de envergadura que durante los últimos lustros se ha propuesto el catalanismo han fracasado: la reforma del Estatut y el proceso soberanista”, y concluye que el procés “debería haber quedado en suspenso tras la dulce derrota del plebiscito en las pasadas elecciones.”

Como escribe el ya mencionado Guillem Martínez con su característica ironía en CTXT, la desconexión no se producirá, pero la ley de ruptura “sería el gran logro a exhibir en la inmediata campaña electoral autonómica, en la que se volvería a prometer el Estado en 18 meses, o en 3,1416, y se sacaría pecho al grito de yo-proclamé-la-República-y-tú-no. Y vuelta a empezar.” Puigdemont dice que “el hámster ha salido de la rueda”, pero nada más salir ha entrado en otra, como lleva haciendo el procés desde 2012. Cataluña no va a independizarse en el futuro próximo, y tampoco va a poder celebrar un referéndum vinculante y legal. Es el clavo ardiendo al que se ha agarrado la burguesía catalana independentista, con el apoyo de Esquerra Republicana y la CUP, para poder sobrevivir. En una entrevista a El Mundo, Alfons López Tena, un caso extraño de independentista anti-procés (militó en CDC y en Solidaridat Catalana per la Independéncia, el partido independentista del expresidente del Barca Joan Laporta), afirma que los catalanes “quieren formar parte de España bajo el parámetro de la queja permanente y de sentirse legitimados moralmente.” Pero hay un matiz: se refiere a los catalanes independentistas. Una de las manipulaciones de muchos independentistas es su uso de Cataluña como un ente homogéneo y exclusivamente independentista (“los catalanes pensamos…”), cuando no es así.

El procés ha creado seres extraños. Ha convencido a una parte de la población de que el nacionalismo puede ser progresista, o de que incluso puede haber independentismo sin nacionalismo, como dicen en la CUP. Ha creado compañeros de cama extraños, como la alianza entre la burguesía catalana con un partido anarquista y asambleario. Y no es un proceso ajeno a la ultraderecha xenófoba, con sus peculiaridades catalanistas. En un polémico artículo en El País en catalán, el periodista Cristian Segura hace un repaso a declaraciones supremacistas de intelectuales y periodistas independentistas, que llegan incluso a alabar a Trump. Alguno pide que el procés debe aprender del presidente de Estados Unidos. Muchos de ellos están amparados por el establishment independentista, y a veces por el sector público e incluso algunos sectores de la izquierda independentista. En el procés todo vale.

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