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Fue condenado a la hoguera por 'marrano'; ahora sus libros reaparecen en México

La oscura e increíble historia tras los libros del primer escritor judío de América

A lo largo de la historia la codicia humana ha actuado como variable incontrolable y, consecuencia de ello, el curso de algunas obras de arte es impredecible. Se cuentan por cientos los casos de cuadros que siguen un itinerario similar al del Guadiana: se pintan, se admiran, se roban, se recuperan y se vuelven a colgar de las paredes de un museo. En un museo, porque las obras robadas suelen ser irreproductibles.

Por eso sorprende el caso de las memorias de Luis de Carvajal, porque no suele ser común que un documento de texto sea el objeto robado dada su reproducibilidad. Gracias o por culpa de Gutenberg la importancia del libro no suele radicar tanto en el objeto en sí como en su contenido, aunque hay honrosas excepciones.

Y una de ellas es el caso de Luis de Carvajal y las palabras que escribió porque, quien portara el sobrenombre de El Mozo, está considerado el primero escritor judío de América. Y se han reencontrado las memorias que lo atestiguan.

De un tamaño inferior al de cualquier smartphone y escrito en letra diminuta, la obra de Carvajal estuvo desde 1585 hasta principios del siglo XX en el Archivo Nacional de México. Hasta tres manuscritos reposaban en este centro de Ciudad México sin atraer miradas hasta que, se cree, un investigador extranjero se lo llevó alrededor del año 1932.

Y, como por arte de magia, el 9 de diciembre de 2015, un fulano que no sabía muy bien lo que le había caído en sus manos, ponía a la venta los libros en una página de subastas británica. “Tres pequeños manuscritos escritos en español y en latín”, su precio de salida era de 1.000 libras. Estaba dando liebre por gato.

Un comerciante de libros raros entró en escena y pujó por el volumen para, más tarde, vendérselo a la casa de subastas Swann Galleries de Nueva York. El centro, a su vez, lo puso a la venta sabiendo lo que era.

Cuando la galería lo puso a la venta otro intermediario más entró en escena, aunque éste no iba a especular con los manuscritos. Leonard Milberg, coleccionista de memorabilia judía, puso sobre la mesa, según el medio mexicano El Proceso, medio millón de dólares.

Cuando Milberg tuvo los documentos entre sus manos se puso en contacto con la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de México que, ilusionados, se desplazaron a Nueva York para estudiar los documentos. Baltazar Brito, el director del centro, ha respaldado la importancia de los documentos en base a la idea de que Juan de Carvajal fue el primer escritor judío de América.

Milberg ha donado los volúmenes a México aduciendo que nunca debían haber salido de ahí. Sintió que los manuscritos le pertenecían a México y cubrió incluso los gastos de envío, sólo a cambio de tener un par de copias de los documentos.  

Aunque, también es cierto que las memorias, por las aristas que toca, podrían pertenecerle sentimentalmente a España y a la comunidad judía.

Luis de Carvajal llegaba de España a México a mediados del siglo XVI acompañado de su madre y hermanas para desembarcar en Veracruz. El Mozo tenía padrino en México: su tío gobernaba parte del norte del país y había fundado lo que hoy es Monterrey.

Y, como sucede con cualquier persona en posesión de poder, el tío de de Carvajal tenía algún que otro enemigo. Se cree que, con el fin de desprestigiarle, uno de estos adversarios había hablado con las autoridades para transmitirles que El Mozo era culpable de ser falso cristiano.

La base de la acusación era sólida y cierta, de Carvajal formaba parte de la comunidad de marranos -denominación para cristianos de los que se sospechaba por judaísmo-. Tan evidente era su posición religiosa y social, que éste lideraba a los judíos clandestinos en México.

La Inquisición le apresó y le condenó a muerte, aunque previamente fue torturado para que revelase los nombres de los 120 correligionarios que integraban la comunidad. El Mozo habló y delató hasta a su madre -y no es una hipérbole-, que también fue detenida y torturada en presencia de su hijo.

Fruto de la desazón derivada del sentimiento de culpa, de Carvajal intentó, erráticamente, suicidarse varias veces. Vivo y apresado como estaba, El Mozo expió sus pecados a través de la escritura. Guardando, se cree, los tres manuscritos – Memorias, Los artículos de nuestra Sagrade fé o Lex Adonai y E l modo de adorar a Dios y ejercicio devotísimo de oración- en un sombrero.

Así, toda su fe, todo su dolor y toda su culpa quedaron reflejados en un puñado de hojas antes de ser condenado a morir en la hoguera. Escribió como el que sabe que va a morir pronto. Luis de Carvajal exorcizó sus demonios y nosotros, gracias a Milberg, reconocemos la opresión del cristianismo quinientos años atrás en lo que es la obra del primer escritor judío en América.

(Vía BBC)

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