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Ríete tú de Clark Kent: así fueron las dobles vidas de las escritoras famosas

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Sé escritora, sé económicamente independiente, sé mujer: comienza la aventura

Xaime Martínez

29 Marzo 2017 01:00

Que los escritores han desempeñado y desempeñan trabajos extrañísimos es un lugar común.

Los rigores del trabajo literario —que implican producir, con suerte, un par de artículos al mes y una novela al año— llevan a los escritores a emplearse en las empresas más variopintas.

Camareros o cajeros de supermercado, traficantes de drogas o agentes de seguros, los novelistas y poetas han hecho casi cualquier cosa que les permitiera tener tiempo libre para escribir.

La mayoría se quedan ahí, o deciden con acierto abandonar la literatura. Algunos, sin embargo, acaban logrando salir de esa dinámica de trabajos precarios y escritura nocturna para dedicarse profesionalmente a sus obras, y esos son precisamente los que nos acaban contando las historias hermosas o patéticas de sus primeros empleos.

No obstante, ¿qué pasa con las escritoras?

Un colectivo tan maltratado por la sociedad en los últimos siglos como el de las mujeres que asumieron como profesión la escritura debe de tener una historia particularmente fascinante en lo que se refiere a ello.

Porque no solo fueron madres —o tuvieron que dar explicaciones constantes por no serlo—, sino que también escribieron grandes poemarios y novelas y obras de teatro, y además desarrollaron labores tan extravagantes como las de cualquier Bukowski o John Fante.

A partir de un artículo de Electric Literature que señalaba la cuestión hemos querido hacer una selección propia y más amplia de las mejores historias de esas mujeres que escribieron y se ganaron la vida: desde recolectoras de tabaco que ganaron el Nobel a limpiadoras de retretes, estas escritoras lograrán que entrar en el Parnaso de la Literatura te parezca (todavía) menos glamuroso.

1. Carmen Boullosa


La escritora mexicana Carmen Boullosa, conocida hoy por obras como su poemario Salto de mantarraya o la novela de ciencia ficción La novela perfecta, fue beneficiaria en algunas ocasiones de becas para la creación.

Pero no obstante, en los inicios de su carrera trabajó de algo que no es tan infrecuente en las escritoras como uno puede pensar: entre 1977 a 1979 se ocupó de redactar un Diccionario del Español de México.

Además, también tuvo una imprenta artesanal (el Taller Tres Sirenas) y durante casi 20 años fue la copropietaria del teatro-bar El Cuervo, lugar en el que se representaban todo tipo de obras —algunas incluso escritas por la propia Boullosa— y se realizaban muchos actos públicos.

2. Amélie Nothomb


En las locas novelas de esta gran escritora belga es muy difícil distinguir lo verdadero de lo verosímil.

Y sin embargo, algo de cierto debe de haber en la historia que cuenta en su novela Estupor y temblores, puesto que en todas las entrevistas que Nothomb ha dado al respecto repite lo mismo: que es estrictamente autobiográfica.

La anécdota real en que se fundamenta la obra sería más o menos la siguiente: Nothomb, tras haber acabado sus estudios universitarios en Bruselas, regresó a Japón —país en el que había vivido buena parte de su infancia— para trabajar en una gran empresa.

Fue allí donde vivió su particular descenso a los infiernos, y fue siendo progresivamente degradada desde contabilidad, pasando por la fotocopiadora, hasta llegar a limpiar los retretes del lavabo masculino.

No todo fue tan malo, ya que como relata la misma Nothomb en una entrevista, fue esa humillación máxima la que la animó a enviar su manuscrito a una editorial.

Entonces, dijo ella, ya no podía humillarse más.

3. Margaret Atwood


Antes de ser famosa, Margaret Atwood trabajó en una cafetería de la ciudad más poblada de Canadá.

Hasta aquí todo normal.

Pero es que, además de servir expressos con mayor o menor acierto y de escribir guiones de televisión, poemarios, cómics y novelas tan célebres como la distopía El cuento de la criada, Atwood fue inventora.

Según han contado en Electric Lit, durante la gira promocional de su cuarta novela, Atwood dio con una idea brillante: un bolígrafo que escribiría a distancia. Así que, ni corta ni perezosa, fundó una empresa de robótica llamada Unotchit Inc. y llevó a cabo su proyecto.

Aunque parece improbable que esta invención le haya reportado ganancias millonarias, lo cierto es que ahora Atwood puede firmar libros a sus fans sin salir de su salón.

Y eso ya es bastante.

4. Victoria Ocampo


Las hermanas Ocampo no venían precisamente de una familia que les exigiese trabajar.

Descendientes de aristócratas, políticos y empresarios, Silvina y Victoria Ocampo tenían, sencillamente, muchísimo dinero.

Virginia Woolf, cuando conoció a Victoria en uno de sus numerosos viajes por Italia, habló asombrada de la "opulenta belleza de la millonaria de Buenos Aires". No en vano los Ocampo se reclamaban herederos de un paje gallego de Isabel la Católica.

Sin embargo, dos ocupaciones laborales de Victoria Ocampo hacen que tenga sentido hablar de ella en este artículo: en primer lugar, su apasionada vocación teatral.

Victoria Ocampo, dijo ella en cada ocasión que se le presentó, había nacido para actriz.

Aunque los recelos de su padre respecto a la bajeza moral de la profesión nunca permitieron a su hija desempeñarla a tiempo completo, lo cierto es que llegó a tener papeles importantes como "recitante" en dos series de representaciones: en 1925, cuando hizo el papel en El rey David de Arthur Honegger, y en 1934, en el Pershépone de Ígor Stravinsky.

Además de ello, Ocampo es especialmente conocida por haber fundado, financiado y dirigido con mano férrea durante muchas décadas la célebre revista literaria Sur, que acabaría consumiendo una gran parte de su vida y de su generosa herencia.

5. Carmen Martín Gaite


La novelista Carmen Martín Gaite tuvo, además de trabajos intelectuales relacionados con su propia condición de erudita y escritora, algunos otros que la emparentan con escritoras ya mencionadas.

Durante su carrera universitaria, Martín Gaite fue actriz amateur en una compañía amateur de teatro, cosechando buenas críticas que le auguraban un futuro en el mundo de la actuación.

Además, colaboró en 1949 con la Real Academia Española en la composición de su diccionario haciendo fichas de palabras insertas en su contexto, dio clases de lengua, historia y literatura en un colegio para niñas de Madrid y colaboró como escribiente en la notaría de su padre.

Todo para mantener una vida más o menos bohemia que le dejara tiempo libre para escribir sus obras, algunas de ellas tan emblemáticas como la novela Entre visillos.

6. Alice Munro


Cuando la futura ganadora del Nobel de Literatura publicó su primer cuento, allá por 1950, estudiaba Literatura Inglesa y Periodismo en la Universidad de Western Ontario a la vez que trabajaba en los oficios más variados: recolectora de tabaco, bibliotecaria o camarera.

Posteriormente, la cuentista canadiense montaría junto a primer marido James Munro una de las librerías independientes más hermosas de Norteamérica, Munro's Books, en Victoria (Canadá).

Aunque desde hace muchos años Alice Munro, que escribió libros como El amor de una mujer generosa, ya no tiene nada que ver con esta librería, son muchos los fans curiosos que aún a día de hoy se acercan para preguntar por ella.

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