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La oscura y triste historia de Tomasín, el Rambo que nunca fue

En 2011, Tomás Rodríguez Villar mató a su hermano tras aguantar 40 años de maltratos. Luego se echó al monte, donde la Guardia Civil lo buscó durante 2 meses en los que se convirtió en el héroe de muchos asturianos

La pasión con que recibimos a esos héroes rebeldes que se enfrentan a la sociedad constituye quizá uno de los rasgos más incomprensibles y significativos de nuestra cultura.

Casos como el de Martín Fierro —gaucho brutal que se enfrentó a las estructuras de un país, la Argentina, que luego lo celebraría como su mismo símbolo—, los vaqueros solitarios de novelas y películas del Far West; y los alcoholizados detectives nihilistas que protagonizan los relatos hard boiled de Dashiel Hammett o Raymond Chandler son claros ejemplos de esto.

Y también, por supuesto, lo es el hombre que sacudió a la sociedad asturiana hace 5 años: Tomasín, "el Rambo de Tinéu".

Tomás Rodríguez Villar, ganadero de una aldea del Occidente asturiano, mató a su hermano Manolo de un disparo en la cabeza tras recibir 40 años de maltratos, y después burló durante 57 días a la Guardia Civil, viviendo escondido en los montes de la zona.

Su historia reunía todos los elementos necesarios para despertar un gran interés mediático: un cadáver, la correcta dosis de exotismo de interior que proporciona el ambiente rural, problemas mentales, y un héroe libertario que desafía a las autoridades y actualiza nuestro deseo frustrado de rebelión contra la sociedad.

Durante los dos meses de 2011 que Tomás rehuyó a la Guardia Civil en los bosques que rodean al pueblo de La L.laneza, toda Asturias y parte del extranjero estuvo en vilo. Nadie sabía muy bien qué sentir: ¿miedo, orgullo, desprecio, admiración?

Ahora el periodista Eduardo Lagar ha escrito un libro llamado Tomasín: en lugares salvajes (Cronistar), fruto de una investigación periodística de dos años y en el cual trata de plasmar de manera novelística y rigurosa la historia de Tomás Rodríguez Villar —ese gran desconocido— y la del pueblo asturiano que lo ovacionó cuando entraba en los juzgados de Tinéu para declarar por el homicido de su hermano al grito de "¡Tomasín, eres el mejor!".

1. "Tengo fobia a lo cerrado y miedo a lo malo"

Según relata Lagar, hasta el 2 de septiembre de 2011, fecha en que fue encontrado el cuerpo de Manuel Rodríguez Villar, la imagen que había de ambos hermanos en el conceyu de Tinéu era muy distinta de la que luego se generaría por medio de periódicos, rumores y televisiones.

Manolo, el hermano mayor, se dedicaba al negocio de la madera y aunque según la gente que lo conoció era de "inteligengia limitada", no le iba nada mal en lo suyo.

Con un camión —que siempre iba cargado más allá de los límites legales— Manolo iba y venía de Portugal. Manejaba mucho dinero en negro y cuando estaba en Asturias recorría las carreteras del pueblo con un Mercedes blanco y rojo lleno de basura.

De trato brusco, no era muy querido por quienes lo conocieron en la villa de Tinéu y vivía en la casa familiar de La L.laneza junto a su padre anciano, Antón, y su montaraz hermano pequeño, Tomás.

De este último guardan un recuerdo muy distinto los vecinos: de joven, cuando bajaba desde su pequeño pueblo a la villa para salir de fiesta, Tomás tenía fama de que se le iba la mano con la bebida. Era inofensivo, un "pobre hombre", pero su angustia social y su incapacidad para relacionarse con los demás le hacían beber de más.

Tomás (o Tomasín, como empezó a ser llamado) era el hazmerreír de todos, y no pocas veces otros grupos de jóvenes le dieron palizas.

Poco a poco, el hermano menor se fue volviendo hacia dentro y con el paso de los años la situación cada vez se parecía más a la de una novela tremendista de la posguerra española.

Ambos hermanos vivían en el domicilio de sus padres, una casona sin cuarto de baño. Pero las relaciones de Tomasín con su familia siempre fueron algo tensas: durante mucho tiempo se oyeron rumores de que su padre también lo maltrataba, y era pública la tensión brutal que había entre Tomás y Manolo.

De hecho, siendo niño alguien le fracturó en cuatro ocasiones la nariz.

Manolo reprochaba a su hermano que no se ocupase de sus padres, de las vacas y que no trabajase, y según relataron los vecinos y el propio Tomás, no era raro que le insultara, le amenazara e incluso le diera fuertes golpes que le hacían temer por su vida. Sus familiares, de hecho, relataron una ocasión en que una paliza de su hermano lo dejó "echando sangre por la boca".

Tanto fue así que Tomasín acabó por echarse al monte. Literalmente.

A medida que los dos hermanos se iban haciendo mayores, Tomás dormía cada vez más noches en una insalubre cabaña de piedra junto a un caballo, un burro y un perro a las afueras de La L.laneza, y se pasaba todo el día recorriendo los bosques y praos de los alrededores.

Un día, tras una fortísima discusión a la puerta de la cabaña de Tomás —donde colgaba un desoído cartel de advertencia, "No entrar, peligro de muerte"— este, temiendo una nueva agresión, cogió una escopeta trucada que tenía junto a él y le pegó dos tiros a su hermano en la cabeza.

Pam, pam.

Manolo murió inmediatamente y Tomasín decidió vivir, ya de manera irremediable, en el monte.

Años después, en el juzgado de Tinéu, Tomás Rodríguez Villar diría: "[Mi hermano] me maltrataba dentro de la ley, lavándome el cerebro. Cuando me decía algo, estaba dándole vueltas todo el día. Yo creo que era un lavado de cerebro".

2. "Yo confundía los pensamientos en la cabeza"

A partir de ese momento empezó la odisea de Tomasín. Una Odisea reducida, por los estrechos límites de las montañas que rodeaban su pueblo natal, pero también insospechadamente larga para los muchos Guardias Civiles que trataron de detenerlo sin éxito durante dos meses.

Alguien que se echa al monte de esa manera siempre tiene un elemento de romanticismo extemporáneo: lo tuvieron los fugaos que durante años aguardaron ocultos en los bosques la liberación de España por parte de los aliados tras la Segunda Guerra Mundial, y lo tuvo el que sería bautizado como "el Rambo de Tinéu".

Helicópteros, cámaras especializadas y muchas patrullas de la Guardia Civil intentarían en vano capturarlo, pero Tomasín conocía la zona mucho mejor que los agentes que llegaban de la ciudad, y por ello iba siempre dos pasos por delante.

Ataviado con un extraño ropaje militar y pertrechado, como se descubriría más tarde, con una pistola casera que él mismo había hecho a partir de un grifo de baño, Tomasín era inencontrable.

Su principal problema era comer, y de hecho en una ocasión —cuando llevaba ya bastante tiempo en busca y captura— bajó a hacer la compra al relativamente cercano pueblo de La Espina, desde donde regresó a sus montes en taxi, para estupor de los medios nacionales que cubrían la noticia y para humillación de las fuerzas de la ley.

Finalmente, sería localizado casi por su propia voluntad, cuando descendió famélico desde su refugio montuno en busca de comida tras dos meses evadiendo a quienes lo buscaban.

Resulta curioso que nunca se alejara de La L.laneza, a pesar de que sus evidentes capacidades para sobrevivir al aire libre le hubiera permitido huir a pie sin demasiadas dificultades hasta Portugal.

Nadie se explicaba muy bien por qué Tomasín se había quedado rondando aquella zona agreste en que los Guardias siempre estaban a punto de atraparlo.

Pero es que, claro, aunque muchos —desde el enviado de Las Mañanas de Cuatro, que deambula por un bosque de noche como Sancho Panza en la aventura de los batanes, hasta los redactores de los periódicos locales, y pasando por los vecinos del pueblo— fingieran lo contrario, en realidad nadie sabía quién era Tomasín.

3."Me aparté de los humanos, son sospechosos de maliciosos y vagos"

Una frase que Eduardo Lagar recoge en su libro y que tal vez nos dé la clave del caso es esta, que un hostelero de Tinéu le dice al periodista asturiano:

"—Mira, en realidad, Tomasín nunca interesó a nadie".

Y quizá sea la gran verdad que subyace a la historia del vengador de La L.laneza, del Rambo tinetense, del solitario en el que todos los solitarios del mundo han querido y no han querido verse reflejados: que nadie se interesó realmente por él.

Nadie.

Ni cuando era un niño que iba al hospital a causa de varias fracturas nasales, ni cuando era un adolescente con tics que comenzaba a beber para superar la fobia social —o, como el mismo Tomás matizó en el juicio, la "vergüenza respecto a las personas"—, ni cuando era un joven alcóholico que daba con sus huesos en el hospital a causa de diversos traumatismos relacionados con la intoxicación etílica, ni cuando era un hombre dominado por su brutal hermano e incapaz de llevar una existencia verdaderamente autónoma (como todos allí sabían), ni cuando acudía al psiquiatra con evidentes trastornos mentales para que le ayudaran a vivir una vida normal, ni cuando mataba a su hermano y los medios lo convertían en un sanguinario guerrillero capaz de pasar a cuchillo a medio conceyu, ni cuando se transformaba ante los ojos de la sociedad asturiana en una víctima de ella misma, que lo utilizaba como purga de sus más absolutas culpas.

La historia de Tomas Rodríguez Villar es la historia de un desconocimiento.

¿Quién ese hombre que cumple condena en la cárcel de Villabona y que se niega a salir cuando se le concede la libertad condicional?

No lo sabemos y probablemente nunca lo hagamos.

Pero si hay algo que podemos aprender de todo esto es que construir historias sobre los demás —ya sea la del borrachín del pueblo o la del Rambo de Tinéu— tiene unas consecuencias reales, imprevisibles y, en algunos casos, irremediables.

Y entonces tal vez no nos extrañemos si, tras escuchar uno de nuestros relatos, alguien susurra desde el fondo de la sala: "Me aparté de los humanos, son sospechosos de maliciosos y vagos".

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