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La hazaña de Sylvia Plath en Benidorm que nadie más quiere contarte

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Eran tiempos oscuros en España, pero la aclamada poeta estadounidense llegó a la costa alicantina para iluminarnos y para liberarnos... aunque nadie lo recuerde #FICCIÓN

Alberto Del Castillo

27 Junio 2017 06:00

Nos dijeron y nos dirán que la heroicidad de la implantación del bikini en España radica en Don Pedro Zaragoza –el prefijo Don es condición sine qua non si eres benidormense-. Que el antiguo alcalde de Benidorm recorrió en vespa los 470 kilómetros que separan el palacio del Pardo de la localidad alicantina. Que fue él quien le rogó a Franco que permitiese la implantación del bikini en Benidorm y, por consiguiente, en España.

Se ocultará una parte de la historia. No se dirá que hay una heroína y no un héroe detrás de este gesto. Que para que Don Pedro pudiera emprender ese viaje, alguien tuvo que ponerse un bikini. No se dirá, por supuesto, que esa heroína fue Sylvia Plath.

Los periodistas de la época se equivocaron con maledicencia, de ahí la voluntad de trazar un breve ensayo histórico con un fundamento puramente homeopático, de reajustar algunos datos para dar sentido a lo que verdaderamente pasó. Creo firmemente que existe todo un complot que pretende ocultar el acto más subversivo que vio Benidorm en todo el siglo XX.

Se supone que las fuerzas policiales que en el momento había en Benidorm intentaron forzar a la poeta estadounidense, quien en 1956 disfrutaba de su luna de miel en dicho sitio, a que abandonara la playa o se tapara. Era intolerable que un extranjero desafiara la moral de la época mediante un gesto tan poco apropiado.

Inspiracion dibujo

Benidorm dibujo

Dibujo de Sylvia Plath

Sylvia se atrincheró en la playa, negándose a abandonar el lugar y mucho menos su vestimenta. Como respuesta, Ted se mostró en desacuerdo con esta actitud beligerante. Se entiende que Plath hizo gala de sus dotes persuasivas y convenció a Pedro Zaragoza de que fuera a hablar con Franco, con Carmen Polo o con quien hiciera falta. Siempre con la idea de llevar al extremo la posibilidad de hacer valer sus deseos.

La ciudad -el pueblo, más bien- defendió la postura de Plath hasta el punto de acabar convenciendo a Pedro Zaragoza de que tomara el vehículo que tuviera a mano y fuera hasta Madrid para presentarle sus intenciones a Franco.

Plath, heroína del momento, recibió el reconocimiento unánime de los benidormenses. Los niños se escondían y la miraban con fascinación, los regentes de puestos de fruta le regalaban los mejores productos de la temporada en su punto de maduración óptimo y los pescadores sacrificaban la opción de obtener dinero por un atún a cambio de la satisfacción de complacer a la poeta.

Sin embargo, la felicidad habría estado cubierta por un halo de desazón, por un velo de amargura impuesto por Ted Hughes. Éste, avergonzándose a posteriori de su actitud, eliminaría años más tarde las páginas relativas a esta idea, dejando sólo los sentimientos que sus acciones provocaron a Sylvia:

El dolor que se clava, que corta como la hoja de una navaja y hace brotar la sangre oscura. Simplemente la nefasta conciencia de que el mal ha ido creciendo con la luna llena. Lo escucho rascarse el mentón, el ruidito rasposo de la barba. No está dormido, ojalá salga a dar una vuelta o no nos vamos a reconciliar nunca.

Los párrafos del diario en los que Sylvia contaba estas anécdotas no fue lo único que se destruyó.  

Por lo que se puede saber, en base a lo escrito por Sylvia, durante las cinco semanas que el matrimonio pasó en Benidorm, el hospedaje se repartió entre dos casas. La primera de ellas no existe. La viuda Mangada, dueña de la casa-hostal, recibió una oferta irrechazable.

benidorm

Benidorm 2

Las pequeñas casas de primera línea de playa sucumbirían progresivamente a las toneladas de hormigón armado. El skyline cambiaría hasta convertir a Benidorm en uno de los paisajes más imponentes de España. Un poco por dar cabida a los nuevos turistas y un poco por justificar el derrumbe de la casa en la que se alojó el matrimonio.

Otra de las aristas que sirven para entender la, hasta hace poco, omisión de información sobre la luna de miel de Sylvia Plath es la ausencia de libros suyos en las dos librerías de referencia de Benidorm. ¿Cómo es posible que una de las poetas más importantes del Siglo XX no tenga cabida en el lugar donde fue profeta?

Ni Ariel, ni Campana de cristal, ni sus diarios. Nada. Resulta extraño que los diarios en los que Plath hace todo un análisis sociológico de la población de Benidorm no se puedan encontrar entre las estanterías de sus librerías.

Cualquier persona oriunda de Benidorm aprendería más de la sociedad del lugar en los años 50 leyendo a Sylvia Plath que en dieciocho años de escolarización en la misma ciudad. Las señoras mayores vestidas de negro que conversan entre ellas; los animales que pueblan las calles –el perro marrón del lechero al que le hizo caricias con el hocico, las cabras que ordeña la mujer del lechero-; los pescadores y sus hijos, de piernas flacas, fibrosas y morenas.

En la cala en calma, protegida por la bahía, barquitas verdes y blancas de motor y de remos balanceándose; varios barcos grandes de pesca anclados; las barcas de los pescadores de sardinas alineadas en la orilla, llenas de cuerdas enrolladas; tres o cuatro globos de luz atados a un amasijo de cables sueltos colgados de unas barras de metal por encima de la popa de las barcas; […] los cascos podridos en la orilla, como esqueletos de peces en distintos estados de descomposición; burbujas de alquitrán derritiéndose al sol; el aroma de la brea, de los peces muertos

En el puñado de páginas en las que Sylvia escribe sobre Benidorm, la poeta habla de un pueblo que ya no existe: la tradición pesquera de un lugar cuyas aspiraciones marítimas sucumbieron a las turísticas.

Es triste saber que entre el espacio que ella describe y el que hay ahora, sólo queda el éter. Que los adoquines que pisó no son los mismos que pisan miles de turistas cada año, que las fachadas que ella vio han sido derrumbadas, que la arena sobre la que se rebeló, escribió o pensó ha volado a Santa Pola, a Villajoyosa o al Albir.

El precio de olvidar un mito, de someterlo al tercer plano ha sido nulo. ¿Las razones? Quién sabe, quizás desde Madrid necesitaban un político joven que simbolizara el desarrollismo. Un político joven y no una poeta estadounidense, eso hubiera sido un sacrilegio. Y huelga decir que desde aquí no se pretende restar mérito a Don Pedro Zaragoza, quien, con sus dotes de oratoria, convenció a Franco de algo que parecía impensable.

Que se sepa que el pie de foto de esa imagen de Sylvia Plath sobre la arena de Benidorm no debe ser nunca más un lacónico “Sylvia Plath en bikini” o "Sylvia Plath en la playa". Debe ir mucho más allá y recoger la hazaña olvidada: “Sylvia Plath, la primera mujer en llevar bikini en España” o “La poeta rebelde que abrió las puertas al uso del bikini en España”.

poeta en la playa

La poeta rebelde que abrió las puertas al uso del bikini en España

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