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“Me gustan las chicas con pelo”

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Una historia sobre un hombre al que no le gustan las piernas depiladas y también una historia sobre por qué lo importante no es lo que a él le guste, sino lo que la chica quiera

Diego Álvarez Miguel

08 Mayo 2017 12:04

(Imagen: Morgan Mikenas)

Es, cómo explicarlo, como la diferencia que hay entre pasar la mano sobre la encimera de la cocina o pasarla sobre el cabecero de un sofá aterciopelado.

Hay matices. Y esos matices comprenden ciertas sensaciones que uno recibe como asociados a ese tacto.

Por un lado está el calor y la comodidad que desprende el fino pelo del sofá, y por otro la frialdad y la poca ergonomía de una encimera que trata de imitar el mármol pero que solo es un trozo de madera embellecido con una pegatina gris.

Existe ese diálogo, ese intercambio de información entre los nervios de la epidermis y los materiales que es suficiente para determinar que si algo tiene pelo y además solo puede acariciarse en un sentido, es porque se trata de algo verdadero, algo vivo, real, más humano y, por supuesto, más trascendental.

Esa es la razón por la que no soporto las piernas depiladas.

Me di cuenta de que una aberración así existía un día que estaba viendo una película con la primera chica de la que me enamoré en mi vida. Ella se tiró en el sofá y puso sus piernas sobre mi regazo. Yo, casi sin darme cuenta, remangué su pantalón y pasé delicadamente mis yemas desde sus tobillos hasta las rodillas.

Noté un tacto artificial, como de plástico fino, pero como tenía la vista clavada en la pantalla asumí que se trataba de algún tipo de calcetín.

Busqué la goma con mis dedos, pero no lo encontré. Qué calcetines tan extraños, pensé, es imposible que un pie transpire a través de algo así.

Entonces bajé la vista y vi que se trataba directamente de su piel. Una piel sin un solo pelo, como un suelo de parqué o una foca. Algo absolutamente grotesco, resbaladizo y artificial.

Me entró un escalofrío tremendo. Ella lo notó y bajó las piernas.

¿Estoy mal depilada?, me preguntó.

Muy mal, le dije.

Me echó una mirada que me dejó secó. Traté de explicárselo, pero cualquier cosa que le decía sonaba a excusa barata y ridícula y no me creyó. Se levantó de un salto, cogió su chaqueta y se fue sin decir nada.

En realidad, estaba en su derecho. Eran sus piernas. ¿Quién era yo para juzgarlas?

Y en cuanto a mí, de esa experiencia ha pasado ya un tiempo. Pero todavía siento escalofríos al pensar en sus extremidades: resbaladizas como serpientes e inertes como las de un maniquí.

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