Books

La gran guerra cultural de Estados Unidos se está librando en los campus

#HechosAlternativos: la actualidad comentada en un puñado de links que quizá te perdiste

Las guerras culturales en Estados Unidos se celebran con especial intensidad en los campus. Todo gran conflicto sobre identidad, libertad de expresión, derechos de minorías transcurre en parte en alguna universidad del país, entre boicots, manifestaciones, safe spaces, huelgas de hambre. Una de las universidades más activas es Berkeley, en California. En febrero, centenares de manifestantes impidieron que el polemista ultraderechista Milo Yiannopoulos diera una conferencia allí. Se produjeron disturbios violentos. La alt-right y la derecha se han tomado esto como una discriminación anticonservadora y organizan más charlas conservadoras para provocar. El último caso es el de Ann Coulter, una columnista y comentarista conservadora, que canceló su visita a Berkeley por miedo a la posible violencia. 

Como escribe Jeremy Peters en el New York Times, esto está produciendo “un giro de 180º  en las guerras culturales”: Berkeley era el epicentro de la lucha de izquierdas por la libertad de expresión y ahora es la izquierda la que boicotea a conferenciantes con ideas que considera inapropiadas, peligrosas o solo “problemáticas”. Esto fomenta el relato conservador victimista, que “asume que hay una conspiración cultural contra la libertad de expresión en la que la academia, los medios mainstream -y cualquier parte del establishment- están organizados contra ellos. Es lo que llevó a Trump a la Casa Blanca”. En la revista satírica The Onion, una noticia hablaba de que el campus de Berkeley estaba acordonado por la policía porque habían aparecido unas páginas de The Wall Street Journal en un banco.

El Times preguntó a partidarios y detractores de estas charlas polémicas. Un estudiante de Berkeley de la organización que trajo a Milo dice que lo hace simplemente para desafiar la censura. Si no hubiera protestas, Milo no tendría nada que decir: “Lo que dice tiene poca sustancia y prepara sus discursos para que sean más teatrales que otra cosa.” Su consejo es acudir a sus charlas, monopolizar el turno de preguntas y desmontarle con datos y argumentos. Una detractora escribe que “la libertad de expresión no es solo discurso: puede tener efectos reales y materiales [...] desafiar la humanidad de un estudiante no es una táctica para abrirle la mente”. Es una postura similar a la de Ulrich Baer en una columna también en el Times. Baer dice que se ha producido, en los años 80 y 90, un cambio en las universidades respecto a la libertad de expresión: importa más la experiencia y el testimonio personal que la argumentación: “Algunos temas, como decir que algunos seres humanos son por definición inferiores que otros, no están abiertos a debate porque esa gente no puede debatir en los mismos términos”. El artículo generó mucha polémica.

Jerry Coyne, profesor de Ecología y Evolución, responde en su blog Why evolution matters: “la gente suele discrepar en lo que considera ‘invalidar la humanidad de la gente’, y por lo tanto tiene que decidir a quién censurar. ¿Y quién será el censor?” Si tú piensas que algo es apropiado y a tu lado alguien piensa que no, ¿quién decide quién habla y quién no? Como dice Coyne, algunos musulmanes “consideran mis críticas a su fe como un ofensivo discurso de odio”. Coyne también dice que fiarse únicamente de la experiencia de una víctima puede ser peligroso. “La experiencia no convierte a la moralidad en algo irrelevante”.

En la revista Areo, Malhar Mali se pregunta quién enseña a los estudiantes que las palabras pueden ser violencia. Son los profesores de humanidades, que suelen estar “en los departamentos donde hay mayor activismo y menor calidad de investigación; son postestructuralistas, ideólogos y gente que hace un trabajo descuidado que no se aceptaría en economía o ciencia política”. Mali hace un repaso a varias teorías acientíficas que afirman la objetividad y la libertad de expresión son un “constructo” occidental para perpetuar el poder de los hombres heterosexuales. Son “teorías” mucho más extendidas en las universidades de lo que pueda parecer, y muchos profesores las toleran y promueven.

Muchos estudiantes se niegan a aceptar determinadas ideas no a partir de una reflexión sobre ellas, sino a partir de malinterpretaciones o ideología. Cuando el científico Charles Murray intentó dar una charla en una universidad de Vermont, muchos estudiantes lo acusaron de racista y supremacista blanco e impidieron que hablara. Dos científicos sociales imprimieron su charla y la enviaron a 70 profesores, sin decirles el autor. Les pidieron que valoraran, del 1 al 10 (el 1 sería muy progresista, el 10 muy conservador). “Los profesores de universidad en Estados Unidos son mayoritariamente progresistas. Y aun así, los 57 profesores que respondieron dieron a la charla de Murray una medida de 5,05. Algunos profesores dijeron que era un discurso progresista porque hablaba de temas como pobreza o encarcelamiento, o porque discutía sobre el cambio social a partir de fuerzas económicas y no moralidad. Ninguno mostró preocupación sobre si el material era peligroso o digno de censurarse”. Pero unos estudiantes que se dejaron llevar por malinterpretaciones o su propio sesgo ideológico vieron necesario silenciar a Murray, hasta el punto de agredirle físicamente.

Hay más casos de cazas de brujas a partir de lecturas erróneas o malintencionadas. Muchos recuerdan a la novela de Philip Roth, La mancha humana, que narra el calvario de un profesor de universidad acusado injustamente de racismo (y posteriormente de machismo). En el capítulo “American bitch” de la serie Girls hay una polémica similar: cuenta la historia de un escritor acusado, sin apenas pruebas, de abusar de sus fans. En New York Magazine, un medio progresista, Jesse Singal desmonta la campaña de difamación contra una profesora de filosofía, Rebecca Tuvel, que reflexionó sobre la transexualidad y la “transracialidad” en un artículo científico. Tuvel se preguntó, en un paper en la revista Hypatia, sobre los preceptos lógicos y morales de aceptar la transexualidad y no la “transracialidad” (el caso de Rachel Dolezal, una mujer que se hizo pasar por negra, causó mucha polémica). Sin leer su artículo, Tuvel sufrió una campaña de acoso que terminó con las disculpas de la revista por publicarla. Se la acusó de incitar al odio, de estigmatizar a los transexuales y de frivolizar su causa. Ninguna de estas cosas era cierta.

Algo similar le ocurrió a Rachel Cooke, una profesora de la Universidad de Northwestern University cuando cuestionó la moral puritana y paranoica en los campus que ve en toda relación sexual entre alumnos y profesores un tipo de acoso . La historia es espeluznante, la cuentan en el Guardian: fue despedida y repudiada, se enfrentó a juicios por una ley del campus en la que la “víctima” siempre ha de ser creída. Son guerras culturales, sobre simbolismos, semiótica, identidades, que se convierten en cazas de brujas, ajustes de cuentas y purgas ideológicas con efectos reales: despidos, ostracismo, juicios.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar