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La poeta gonzo que viajaba al fin del mundo pero se encontró con Bogotá

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Gloria Susana Esquivel es una de las sensaciones literarias de Colombia

Alberto Del Castillo

04 Julio 2017 06:00

Cada párrafo -¡qué digo cada párrafo, cada frase!- de Gloria Susana Esquivel es un manantial del que brota imaginación. Una fuente caudalosa de creatividad.

Esquivel maneja el lenguaje igual que algunas personas posan su mano izquierda sobre un tapete y con la derecha clavan, a un ritmo frenético, un cuchillo en los espacios que hay entre dedo y dedo. Lo hace con toda la delicadeza que se esconde detrás de un gesto cargado de tanta brutalidad.

Escarba en lo común para endosar a sus oraciones fuertes cargas poéticas. Es como si su ojo tuviera acceso privilegiado a sitios que el resto de mortales no podemos ver.

Y eso queda patente en su poemario El lado salvaje, donde refleja un Nueva York que conoce -estudió ahí un máster en Escrituras creativas- y que define en una entrevista para Vice como: “Un lugar monstruoso, inabarcable”. Una definición alejada de la clásica concepción hollywoodiense de la misma.

Si tiene que hablar de su poesía lo hace incorporándole el adjetivo "Gonzo": usa la experiencia real como punto de partida. La autora colombiana profundiza en distintos conceptos como la fragilidad o la valentía para explorar otras ideas.

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Aunque Esquivel había trabajado antes en importantes medios de Colombia (Revista Arcadia, So Ho, Bakánica…), no fue hasta 2016 cuando El lado salvaje supuso su presentación en sociedad como literata. Era su primer libro.

Y tampoco fue hasta entonces cuando decidió perder en seguridad laboral para ganar en autonomía. Cuando se hizo freelance. Un poco también para despojarse de adjetivos que completaran a la palabra periodista y poder hacer lo que quisiera.

Así, entre los muchos medios para los que colabora, tan pronto te puedes encontrar con glosario sobre medicamentos que nos sientan mal, como puedes leer una serie de consejos para ser freelance. O con el blog que actualiza desde 2003: Jurado por Madonna es un diario abierto al público.

Pero lo que de verdad ha posicionado a Esquivel como una realidad de las letras colombianas a sus 32 años es Animales del mundo.

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Aquí abandona la idea de la infancia como época feliz. La vulnerabilidad de una niña de 6 años que no puede salir a la calle por la situación sociopolítica de su país (el libro comienza con la explosión de un carro bomba).

Inés es una suerte de Gregor Samsa multiforme: va mutando en función del momento. “Era Inés pájaro clandestino. Inés estratega. Inés pico de cuervo invencible quien, junto con la fuerza de la pantera, derribaría la puerta prohibida”.

Lo que hay afuera de la casa en la que vive Inés no es la Praga de la Primera Guerra Mundial. Es la Bogotá de los años 80, una ciudad en la que la advertencia a la hora de salir de casa era: “Cuídese de las bombas, mejor no salga”. Una ciudad y un momento del que fue testigo Esquivel.

Fue testigo, lo cuenta como una cronista, lo ofrece como una prosista y lo envuelve en el envoltorio en el que lo envolvería una poeta. Porque Esquivel es poeta cuando escribe prosa. “Fue el primer género al que me acerqué de forma creativa”, dice en otra entrevista.

Esquivel, en suma, es una de esas autoras a las que lees y antes de sentir placer por enfrentarte a lo que ha escrito, sientes envidia. Y luego admiración.


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