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Cuando tu gemelo muerto te susurra al oído una historia de crímenes

Benjamin Black es el gemelo fantasmal que dicta a John Banville sus exitosas historias

"Sí, soy ambidiestro", dijo John Banville durante la rueda de prensa de su última novela, Las sombras de Quirke (Alfaguara) , en respuesta a la pregunta de una periodista.

La afirmación, como averiguaríamos más tarde, tenía mucho más interés de lo que parecía en un principio.

A pesar de que quien estaba en la mesa era el escritor que ganó hace 3 años el Premio Príncipe de Asturias, el libro no lo firma John Banville sino Benjamin Black, que es el pseudónimo que usa el autor irlandés para escribir la serie de novelas negras que lleva publicando desde 2006.

Las sombras de Quirke —el séptimo volumen de la saga protagonizada por el forense Quirke— se ha presentado esta mañana en el marco del Festival Kosmópolis de Barcelona y está ambientado en el Dublín de los años 50, como todas las demás aventuras del cínico y alcóholico investigador (que, según Banville, en Irlanda no sería considerado alcóholico sino sencillamente un "hard drinker").

En esta novela Quirke trata de mantenerse alejado de la bebida, experimenta alucinaciones a causa de sus lesiones cerebrales, intenta averiguar quién mató al hijo de un conocido activista de izquierdas y se enamora de su psiquiatra.

"Si la psiquiatra consigue curarlo —bromeó Banville— tendremos personaje aburrido para rato".

John Banville comenzó a escribir novelas negras hace algo más de una década, en un momento ya tardío de su carrera e inspirado por el ejemplo del narrador belga George Simenon: "no me interesan tanto sus novelas del inspector Maigret, que siempre abandono cuando he leído tres cuartos, como las otras".

Por entonces Banville ya era conocido por sus novelas "artísticas" —como él las llama por oposición a las de género, que serían únicamente "entretenimiento"—.

Es posible que sus tramas y personajes policiacos estén demasiado estereotipados y que algunos de sus aspectos tal vez no sean capaces de conectar con una nueva generación de lectores —a pesar de que la compleja hija de Quirke, Phoebe, posee rasgos feministas y se parece "increíblemente" a la propia hija de Banville—, pero su conocimiento de la artesanía relacionada con este tipo de escritura hace de sus obras relatos muy interesantes.

Sí, la concepción que Banville posee de la novela negra como algo esencialmente no artístico puede limitar sus producciones a la recombinación de elementos inspirados en Raymond Chandler o Dashiell Hammett.

Y no obstante, lo cierto es que la manera en que representa la sociedad dublinesa de mitad de siglo, con su jerarquía eclesiástica corrupta, su violencia enquistada y su tweed omnipresente tiene algo de adictivo.

"Yo nací diestro —contó Banville en el Mirador del CCCB, de espaldas a los terrados enigmáticos del Raval— pero cuando tenía pocos años me caí y empecé a ser zurdo. En aquella época escribía con la mano izquierda.

Sin embargo, cuando llegué al colegio me obligaron a ser diestro de nuevo: las monjas se aseguraban, pegándome si hacía alguna tarea con la otra mano.

Así que sí, soy ambidiestro.

Y por ello quizá yo esté obsesionado con los dobles, con los gemelos...

Tengo la convicción, aunque desde luego no puedo demostrarlo, de que mi madre me ocultó durante toda su vida que tenía un gemelo, y que yo soy el que sobrevivió. Porque siempre he sentido que algo me falta.

Tal vez por eso inventé a Benjamin Black".

John Banville creó o recordó a un gemelo que escribía con la otra mano, un gemelo que pulsaba las teclas con rapidez y degustaba las historias sangrientas e intrincadas.

Escribir, afirmó Banville, es un sueño controlado.

Pero por quién.

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