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Si descubres que tu pareja está haciendo eso, huye

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“Me empezó a lamer el oído, y entonces supe que aquel era nuestro final”

Helena Zurita

31 Agosto 2017 05:59

—Quiero divorciarme.

—¿No es un poco exagerado?

—Tengo que hacerlo.

—A ver, Marisol, a qué tanta prisa, dime qué ha pasado…

—Creía que Jorge me estaba engañando, pero es aún peor.

—¿A qué te refieres?

—Me ha mandando señales de que el fin está cerca.

—No… no te entiendo Marisol. Tienes que contarme desde el principio. Hace semanas que no vienes a la consulta y lo que me cuentas me preocupa. Según mis notas el mes pasado Jorge y tú estabais en un buen momento y…

—¡Shhhhhhh! Escúchame.

—Está bien, te escucho.

—El mes pasado todo era normal, pero entonces hizo lo de la lengua.

—¿Lo de la lengua? ¿Qué es lo de la lengua?

—Me metió la lengua en el oído.

—Ahá…

—¿No lo entiendes?

—Creo que no, Marisol.

—¡Me metió la lengua en el oído mientras follábamos! ¡Él nunca había hecho algo así! Yo sé lo que le gusta, él sabe lo que me gusta, y meternos la lengua en nuestras respectivas orejas no está en la lista. Nunca lo ha estado.

—Pero… ¿cuál es el problema? ¿Quizá estaba probando algo nuevo? ¿Te dolió que no te comunicara que quería probar nuevas cosas?

—Nunca hemos hablado de lo de la lengua.

—Pues quizá deberías decirle que no te gusta.

—No puedo.

—¿No crees que quizá os facilitaría las cosas? Eres una mujer sincera. Si se lo explicas lo entenderá.

—Eres tú la que no lo entiende.

—Es que no veo la gravedad de este asunto.

—Me metió la lengua en el oído y en ese momento tuve ganas de llorar. ¿Tú sabes lo que es hacer el amor llorando? Pero menos mal que fingí. Menos mal que me dije “ey, Sol, tú puedes, seguro que es normal, seguro que no lo ha aprendido acostándose con otra”.

—Así que ese es tu miedo… la otra… Marisol, necesitas más pruebas para poder decir que Jorge te está engañando.

—Pues claro que necesito más pruebas, por eso las he estado buscando, pero como te digo, lo que encontré fue peor.

—¿Qué encontraste?

—Un libro.

—Un libro… ¿de su amante?

—No, un libro de un escritor estadounidense.

—Ahá.

—Un libro que se llama Banquete matrimonial.

—Ah sí, lo conozco, es una novela de terror de los años ochenta, ¿y qué pasa con él?

—Si conoces la historia quizá te acuerdes de lo que ocurre al principio.

—No mucho, la verdad, hace ya demasiados años de aquello.

—Pues en las primeras páginas, los protagonistas adolescentes están a punto de perder la virginidad. El chico, John, está muy nervioso, y como Darcie también lo está les cuesta muchísimo comenzar el coito. Así que John improvisa y mete su lengua a Darcie en el oído, lo hace muy fuerte, muy fuerte, la embiste con su lengua y…

—Sí, ya me acuerdo, le acaba mordiendo la oreja y arrancándosela.

—Exacto.

—Ahí empieza una historia casi caníbal. Si no recuerdo mal, después se casan, ¿no?

—Así es.

—¿Y crees que hay alguna relación entre esa historia y lo que os está pasando a Jorge y a ti? ¿No te parece cogido por los pelos?

—Es que no sabes el resto de mi historia. Es que no tienes ni idea de por lo que he pasado. Mira… Mírame el brazo.

—¡Dios mío, qué es eso Marisol!

—Es una tajada que me pegó en la piel del brazo un día mientras cocinábamos. Me dijo que fue un accidente pero yo sé que fue a propósito. Cuando volví de desinfectarme la herida el trocito de carne había desaparecido. Me dijo que estaba en la basura y aunque quise creerlo sabía que se lo había comido.

—Jesús. ¿Estás segura? ¿No crees que el libro ha influido demasiado en tu manera de ver los hechos?

—Los hechos son los que son. Jorge me pega mordiscos cada vez que puede. Parecen cariñosos pero noto su respiración. Noto cómo esnifa mi carne cuando los da. Cómo se impregna de ella.

—Deberías hablar con él de esto, me parece una locura.

—¿Te crees que estoy loca? ¿Está bien decirle eso a una paciente?

—Disculpa, Marisol, no quería decir eso. Me refiero a que esta historia… bueno, da un poco de miedo.

—¡Pues imagínate estar en mi piel!

—Es que no puedo creérmelo.

—Créetelo. Créete que el otro día fui a buscar el libro y no estaba por ninguna parte. Entonces abrí su bolsa del gimnasio, el último lugar en el que imaginaba encontrar una novela, y allí estaba. Parecía como si lo hubiese leído mucho, estaba destrozado. Y entonces abrí por una página al azar y me llevé un susto tremendo.

—¿Por? ¿Qué viste?

—Vi lo que habíamos hecho la noche anterior. Exactamente el mismo plan.

—¿Qué plan?

—John y Darcie habían ido al cine, como nosotros. Habían ido a cenar a un mexicano después, como nosotros. Se habían columpiado en un parque infantil de noche, como nosotros. Se acostaron y John le devoró los pechos a Darcie, casi como nosotros.

—¿Qué quieres decir, Marisol…?

—Jorge me mordió las tetas de una manera salvaje. Me las dejó llenas de moratones. Aún me duelen si las toco.

—Marisol, de verdad, esto empieza a preocuparme, deberías ir al médico y también a la policía. Tienes pruebas suficientes para demostrar que es maltrato.

—Lo sé, pero en el libro eso no sale bien. Darcie, sin pecho y llena de cortes, llega a comisaría y se creen que es una loca satánica.

—Pero tú no eres Darcie, eres una víctima real.

—Quiero divorciarme.

—Desde luego, y lo vas a hacer, y me vas a dejar que llame a la policía ahora mismo.

—Quiero divorciarme.

—Sí, Marisol, vas a ser libre.

—Quiero divorciarme pero voy a morir.

—No, eso no va a pasar, la justicia te atenderá, harán lo que tienen que hacer.

—No hay tiempo, voy a morir ahora.

—¿De qué hablas, te encuentras bien, necesitas alguna pastilla para los nervios?

—¿Es que no te acuerdas del final?

—¿Qué final?

—El final de la novela, joder.

—Recuerdo algo de… algo de… ay. Ay, no.

—Sí.

—Espero que esto sea una broma.

—No es ninguna broma.

—Marisol, dime que te estás quedando conmigo.

—En el último capítulo Darcie pide ayuda a su terapeuta. Y entonces va a la consulta a las seis en punto de la tarde. John le sigue el rastro y se esconde en el armario del despacho. Cuando escucha que Darcie se lo ha contado todo a un desconocido, siente la necesitad de matarlos a los dos.

—Y los mata y luego se los come.

—Así es.

—Pero eso no va a pasar hoy Marisol, porque aquí estamos a salvo y porque eso es sólo una mala novela que leímos de adolescentes.

—Eso es lo que me dije cuando empezó todo esto, pero es inevitable, ya está.

—No, no está.

—Sí. Gracias por escucharme.

—Marisol, siéntate.

—Al menos intenta disfrutar cuando te meta su lengua en la oreja. Al principio es un cosquilleo molesto, luego te da asco y luego vuelve a gustarte.

—¿A dónde vas?

—A terminar de una vez por todas.

—Quieta, Marisol.

—Escucho su respiración detrás de esta puerta.

—Marisol, ¡quieta joder!

—Está aquí dentro.

—No, joder, ¡no abras, espera!

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