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“Ningún hombre puede ser feminista, pero sí solidario”, ¿de verdad?

El libro 'No nacemos machos. Cinco ensayos para repensar el ser del hombre en el patraricado' plantea una polémica cuestión: ¿qué significa para un hombre ser feminista?

Si los hombres tenemos una cosa clara, es que el feminismo es algo que se nos tiene que demostrar.

Da igual que hablemos de manspreading, de discriminación o de cultura de la violación: a las reivindicaciones feministas, incluso a sus mismos conceptos, se les aplica una implacable duda metódica. Acarrean siempre la carga de la prueba, puesto que, hasta que se demuestre lo contrario, sus ideas son una exageración o, ay, un malentendido.

Recuerdo cuando, hace ya algunos meses, se publicó en España el libro de Rebecca Solnit, Los hombres me explican cosas. Bastaba con que alguien citara el libro, o el mero concepto de mansplaining, para que se iniciara el inevitable proceso inquisitorial:

¿Qué sentido tiene este concepto? ¿Cualquier cosa que te explique va a ser una agresión machista? ¿Si te indico cómo llegar hasta el restaurante al que quieres ir te estoy oprimiendo?

Nos comportamos como si las feministas fueran comerciales de Telefónica o vendedoras de biblias. No las abordamos con un interés sincero por sus argumentos, sino que las interrogamos con la socarronería del que sabe que le están explicando un cuento chino, buscando cualquier traspiés en la argumentación que demuestre que, ahá, las pobres se creen cualquier teoría que venga rubricada con un nombre en inglés y que les permita, eso sí, hacerse las víctimas.

[Detalle de una ilustración del libro 'No nacemos machos']

El problema es que esta actitud no es solamente la del Über-Cuñado-ni-machista-ni-feminista, sino que supone una constante entre les autoproclamados aliados feministas, entre aquellos que quieren ser parte de la solución.

Así lo explica Cecilia Winterfox en su escrito para No Nacemos Machos. Cinco ensayos para repensar el ser del hombre en el patriarcado. El libro plantea diversas cuestiones: por un lado, la construcción del hombre como macho, a través de la reproducción social de determinados modelos de conducta, pensamiento y emocionalidad que se ajustan a una masculinidad hegemónica; por el otro, aborda la cuestión, mucho menos discutida pero incluso más interesante, de qué significa para un hombre llegar a ser feminista.

¿Las feministas son responsables de educar a los hombres?

Asumimos que las feministas lo son de nacimiento, que se vieron investidas con la gracia de la lucha antipatriarcal sin esfuerzo alguno. Por oposición, parece que los hombres con vocación feminista ya hacemos bastante con aceptar que quizá gozamos de algún que otro privilegio, por lo que pasamos automáticamente a tener el derecho a cuestionar cualquier postulado.

Sin embargo, Winterfox explica hasta qué punto es perverso que los aliados feministas crean que aceptar que se les fiscalice los argumentos y se les exiga explicaciones efectivas, convincentes, llanas y sosegadas –porque ya basta de gritonas y de académicas– forma parte del mero hecho de ser feminista.

Esta lógica olvida que el feminismo no es un edificio de certezas y verdades incontestables que te hacen llegar con el carnet de Luchadora Antipatriarcal, sino que consiste más bien en un trabajo diario que conlleva un montón de discusiones, tensiones, atención y cuidado.

Por ello, como señala Winterfox, entrar en el feminismo pidiendo explicaciones es, en primer lugar, bastante ridículo:

Es como si entraras en un seminario de posgrado de matemáticas, gritando: ‘Ey, ¿cómo podéis siquiera usar números imaginarios si a fin de cuentas no son reales?’ Cuando alguien, más bien furiosamente, te señala un manual de primer grado en un rincón, tú hojeas sin ganas el primer par de páginas durante unos segundos y dices: ‘No estoy de acuerdo con algunas de estas definiciones y, en cualquier caso, no has contestado a mi pregunta. ¡¡¿Nadie quiere discutir conmigo?!!

Pero no es solo ridículo: quien reclama estas explicaciones, “no es consciente de que al demandar de las mujeres que desvíen sus energías para satisfacer de forma inmediata sus caprichos, está reforzando las dinámicas de poder que supuestamente busca comprender.

Sigue Winterfox: “los hombres no tienen el derecho de esperar que las feministas los eduquen. El cambio real sólo ocurrirá cuando los hombres acepten que la responsabilidad de la educación recae sobre ellos y no sobre las mujeres”.

[Detalle de una ilustración del libro 'No nacemos machos']

¿Pueden los hombres ser feministas?

En otro de los ensayos, Ruiz Arroyave recuerda –para cuestionarla– la frase de la psicóloga y feminista Florence Thomas, quien dijo: “ningún hombre puede ser feminista, pero sí pueden ser solidarios”.

En ningún caso el ensayo No nacemos machos trata de trasmitir esta idea, pero del mismo modo que pretende problematizar construcción cultural del macho viril y, por ello, aventura nuevos caminos para pensar la masculinidad, también se preocupa por las formas de abrazar el feminismo por parte de estas nuevas masculinidades.

De hecho, el proyecto mismo de Ediciones La Social está destinado a la distribución de documentos y textos poco conocidos para fomentar la discusión pública y avanzar en el camino hacia la transformación social.

La publicación del libro, que es de libre descarga, tuvo un impacto increíble en Facebook, pues en unos pocos días ha sido compartido más de 7.500 veces, generando una discusión intensa que es una buena prueba de la importancia de trasladar este trabajo que es el feminismo a quienes asuman la tarea de defenderlo.

Por eso, si Winterfox afirma, respecto al problema de la formación, que “el argumento más común es: Si Tú No Me Educas Cómo Puedo Aprender”, la mejor forma de ser solidarios –y, por lo tanto, de ser feministas– es ponernos a leer, a leer, a leer y, quizás, luego, a discutir. 

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