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Lo que une a Instagram, el ISIS y las relaciones de pareja tóxicas

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El triángulo de las Bermudas de la destrucción y la rabia

Rafa Martí

26 Junio 2017 06:00

Kurdos batallan contra el ISIS por el control de Kobane / Getty


¿Por qué hay gente que teniéndolo todo está frustrada?

Decir todo quizá sea un concepto banal, pero pongámonos en el peor de los casos: un adolescente europeo, por mal que le vaya, tiene, al menos, educación pública, sanidad pública, seguridad jurídica y camiones que recogen la basura todas las noches.

Aun así este adolescente está frustrado. Un día, deja todo lo que tiene y se va a Siria para unirse al Estado Islámico: va a cortar cabezas a personas a quienes no conoce, como si fuera el protagonista del videojuego más realista jamás creado.

Hace 50 años, sin Instagram, ese chico no hubiese pensado en si era feliz o no. Ni se hubiese planteado que destruirlo todo era una vía de escape. Más allá de cualquier juicio sobre la bondad o la maldad de esta realidad, hablamos de circunstancias diferentes a las de hace 50 años.

Explica Javier Lesaca: “Tú puedes tener una vida razonablemente normal, que si todo lo que está a tu alrededor son personas que están en tu misma situación no te sientes frustrado. Pero si tú tienes un teléfono móvil y ves lo bien que le va al vecino —aunque sea falso— terminas en una frustración muy jodida”.

Hablé con él a raíz de su nuevo libro, Armas de seducción masiva (Península 2017), una profunda investigación que destripa la maquinaria propagandística del grupo terrorista más temido del mundo. Lesaca avanza: “De nada sirve que tengas una vida objetivamente digna en la batalla de las percepciones. Ahora que hablamos de posverdad, no hablamos tanto de noticias falsas, sino, sobre todo, de que importa más la percepción de los hechos que los hechos en sí mismos. Una persona de Somalia te puede decir que no estás tan mal, pero no importa esa realidad objetiva, sino la percepción que tú tienes de esa realidad”.




Esto, según el experto, junto a la pérdida de credibilidad de las instituciones y que la comunicación necesita ahora menos intermediarios que nunca, es la combinación explosiva para que adolescentes-tipo como del que hablábamos terminen comprando un discurso nihilista. Y, en este caso, el discurso nihilista del Estado Islámico.

“La propuesta del Daesh puede encajar muy bien en el contexto de frustración de muchos jóvenes: está basada en aventuras máximas y en adrenalina pura. Es atractiva. Además, ellos van más allá: presentan la violencia como un espectáculo atractivo y familiar. Por ejemplo, decapitaron a 25 jóvenes en un matadero de Deir ez-Zor (Siria). Cuando las escenas están copiadas de la saga Hostel, con la misma calidad de planos y las mismas tomas, esas imágenes son igual o menos duras de ver que los productos de ficción en los que se inspiran. Y, además, genera una profunda confusión en tu cerebro, porque tu cerebro no procesa que sea real”.

El califato, al tiempo que apareció en las pantallas de medio mundo con sus caravanas de Toyota Hi-Lux cruzando el desierto con sus estandartes negros, tuvo claro desde ese inicio que tenía que crear un califato virtual: “El ISIS comenzó su copia de seguridad en la nube en el mismo momento que comenzó su expansión territorial —dice Lesaca—. Aquella expansión territorial era finita y caduca, al igual que lo son el resto de estados hoy. Pero lo que pervive son las ideas”.

En efecto, pasados tres años de esas imágenes, las bombas rusas y estadounidenses, los kurdos y el ejército sirio han frenado el poder político del ISIS. Sin embargo, las mentes de la mayoría de europeos están secuestradas por el miedo al terrorismo y la maquinaria de propaganda atrae a más jóvenes a sus trincheras. Mientras, en Occidente nos rompemos la cabeza en cómo ganar al califato virtual.

La contranarrativa occidental a la narrativa del ISIS todavía no existe. “Ha habido intentos vagos, en campañas contra la radicalización en Francia, o en el Reino Unido”, recuerda Lesaca. Pero, por debajo de acciones superfluas, lo que subyace es una incapacidad de crear un discurso que pueda ganar al discurso del ISIS.

El motivo de la fuerza de la narrativa del ISIS contra Occidente es el mismo por el cual Milo Yiannopoulos parece más excitante que Owen Jones, o el mismo por el cual la extrema derecha barrió en 2016 al establishment —de izquierdas y de derechas— en el terreno dialéctico. Unos solo tienen que vender el caos sin rendir cuentas a nadie; los otros intentan construir algo sobre unos valores que han perdido credibilidad.





Una relación afectiva marcada por los celos, la posesión y la manipulación produce el control absoluto de la persona dominante y un efecto casi irreversible de adicción sobre la víctima. Por el contrario, una relación afectiva diseñada desde la confianza es, a priori, mucho más vulnerable, desde el momento en el que la independencia de ambas personas no genera (tantas) dependencias.

Algo parecido ocurre con el discurso del nihilismo. Ir contra todo es mucho más fuerte, cerrado, lógico y efectivo que el discurso aparentemente ambiguo, frágil y dudoso de los valores democráticos. El ISIS, como realidad nihilista, es brutalmente más eficaz que cualquier intento de contranarrativa occidental que intente frenar a miles de jóvenes a unirse a las filas del terror.

Pero en las relaciones afectivas también sucede una cosa: la que se basa en el poder y la dominación tiene fecha de caducidad desde el inicio. Por el contrario, la que se basa en la confianza puede perdurar décadas. Lo mismo pasa con el ISIS. La lenta contranarrativa de los valores enfrentados al ISIS puede perdurar, mientras que la prisión de terror del ISIS solo puede provocar que quienes están encerrados en ella, en algún momento, tarde o temprano, quieran salir.

La pregunta es: a pesar de que el ISIS termine en el medio plazo, ¿qué precio habremos pagado en el transcurso?

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