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Una familia normal es una familia imperfecta

En 'Elogio de las familias sensatamente imperfectas', el filósofo Greogorio Luri expone una visión no idealizada de de lo que significa convivir en familia

Convivir es que te digan que apagues la luz. Que te digan que comas aunque no tengas hambre. Que te digan que cierres la puerta, que saludes cuando entres, que limpies eso. Convivir es que te digan que comas un poco más porque últimamente no comes nada y estás muy flaco. Es que los que te rodean sepan qué te pasa aunque te lo calles, comprender que la intimidad tiene unos límites difusos.

Convivir es horroroso, precisamente porque no es trágico: no presenta conflictos innegociables. Por el contrario, nos obliga a estar constantemente cediendo, ensayando, pactando, consintiendo, gestionando. Nos fuerza a traficar con emociones, ajustar nuestros hábitos, replantear el alcance de nuestros valores.

Convivir es escoger entre opciones que no deberían ser excluyentes pero que pueden llegar a serlo. Es tomar decisiones importantes, incluso sobre la propia naturaleza de la convivencia. ¿Qué es una familia? ¿En qué se ha convertido la familia? ¿Qué debe ser una familia?

En Elogio de las familias sensatamente imperfectas, el filósofo y pedagogo Gregorio Luri nos dice lo que no deben ser: uniones preocupadas por la pulcritud de quienes nos rodean, inquietas por llegar a vivir como si fuéramos una imagen impoluta e impecable de nosotros mismos. Siempre sonrientes y alegres, guapos y sanos, creativos e independientes, triunfadores pero humildes: una perfección de barrio residencial y casa de veraneo, una felicidad intocable.

Una familia normal es una familia imperfecta, "aquella que no sobrecarga sus neurosis inevitables con excesivas gesticulaciones". Como afirma él mismo, es una familia cuyas virtudes no están por debajo de la familia Simpson: es amarse aunque no nos entendamos del todo, hacer cosas muy poco honorables, perdonarse y al capítulo siguiente volver a empezar de nuevo, sin dejar que los agravios pasados marquen nuestro presente.

En definitiva, Luri nos dice que aceptar que una familia normal es una familia imperfecta es aceptar que nos herimos constantemente, inevitablemente, que nos pasamos la vida dependiendo de los demás aunque finjamos ser autárquicos y libres. 

Las señales de que la tuya es también una familia imperfectamente normal son muchas:

1. Comer juntos es lo mejor y lo peor que os puede pasar

Hablar. Hablar incluso de lo que no quieres hablar. Y discutir. Adaptarte a los ritmos de los demás, siguiendo las normas de decoro. Incluso el hecho mismo de tener que comer propiamente y no tragarte simplemente una bolsa de patatas y un helado: todo esto implica cenar conjuntamente. Podrías estar haciendo muchas otras cosas. O viendo Netflix. Especialmente viendo Netflix. En la dedicatoria del libro, Luri recuerda que Homer afirma en un capítulo que "la solución a todos los problemas de la vida no está en el fondo de una botella, sino en la tele" y, sin embargo, él cena cada día con su familia y sin la tele. Porque aunque sea una fuente de problemas y conflictos, un ritual aburrido y repetitivo, nuestros mejores recuerdos, aquellos de los que luego hablar con nostalgia, están plagados de cenas: de esta historia que cada día nos repetían, de las pequeñas manías, de los olores que no soportábamos.

2. Repetirse, repetirse siempre

La repetición es el símbolo de lo familiar: es la rutina, lo tradicional, lo esperado. Es la tranquilidad de lo conocido. Saber qué nos dirán antes de que nos lo digan. Gregorio Luri concluye el libro con un listado de preguntas y respuestas, de amonestaciones y recriminaciones, que propone un marco universal, casi arquetípico. "¿No te gusta que te interrumpan? No interrumpas."; "¿Te han hablado? Contesta."; "¿Has pedido esto? Pues cómetelo."; "¿No te gusta? Pues no lo ridiculices." La familia es repetición porque es un conjunto de reglas: las normas escritas, un conjunto de valores, una visión del mundo más o menos concordante.

3. La autonomía es solo una bonita palabra 

Que nuestros hijos sean autónomos. Que nosotros mismos seamos autónomos. Que no haya relaciones tóxicas, desiguales, dependientes. Lo habremos escuchado mil veces: nuestra familia debería ser como una start-up eficiente, bien compartimentada, cuyas división de poderes y funciones fuera real y efectiva. Pero, si nos lo miramos desde lejos, vemos todo lo contrario: somos un revoltijo de relaciones poco equitativas, entrelazadas con más empeño que el cable de los auriculares en nuestro bolsillo. Porque si nos fijamos bien, lejos de "ser nosotros mismos", como sujetos tan únicos como un código de barras, incluso nuestra identidad es relacional: somos quienes nos rodean, somos donde estamos, en el momento en el que estamos. Ser una familia normal e imperfecta es descubrir que tenemos más de "nomos" (ley) que de "auto" (yo): que la gestión de los límites de la convivencia es algo que hacemos entre todos, y que el "yo" es coletilla casi innecesaria. 

4. "No" es la palabra estrella

Da igual lo que vayas a preguntar: la respuesta es "no". Tus padres, tus hermanos, tu pareja, tus amigos. No importa el marco imaginario mediante el cual delimites tu familia. Si les preguntas, la respuesta es "no". Y aunque las revistas de divulgación de la psicología y los libros de autoayuda se empeñen en demostrarlo: no, que nos nieguen cosas no nos traumatiza. Que "todo es posible" y que "depende de nosotros cumplir nuestros sueños" y que "los únicos límites son aquellos que nos imponemos" está muy bien para rubricar una foto en Instagram, pero en nuestra cotidianidad imperfecta debemos negociar con límites. Con ese "no" que siempre nos lanzan. Luri lo resume con contundencia: las familias imperfectas tienen derecho (y casi diríamos que la obligación) de estar frustrados.

5. Reírnos de nosotros mismos: deporte familiar oficial

Cuando presenta sus credenciales, Gregorio Luri nos informa del día que descubrió que había sido un buen padre. Ya abuelo, había invitado a sus dos hijos y sus respectivas familias a comer. Mientras preparaba la paella, escuchó como su hijo y su hija se reían a carcajadas. Agudizando el oído, descubrió que se estaban riendo de él, recordando sus meteduras de pata, sus obsesiones, sus momentos menos memorables como padre.

"Me volví hacia el sofrito feliz, porque de repente descubrí en sus risas algo de la mayor importancia: que todas aquellas cosas de las que no me sentía demasiado orgulloso, en lugar de haber dejado heridas en mis hijos, les estaba proporcionando motivos para la ironía. Me pareció que esta era una magnífica prueba de lo que es un buen padre, es decir, un padre normal e imperfecto. A partir de aquel día empecé a reconocerme en mis imperfecciones pasadas".

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