Books

Cómo explicar el vacío existencial a un niño

Los libros 'Luces nocturnas' de Lorena Álvarez y 'Vacío' de Catarina Sobral, son dos ejemplos de cómo ayudar a los más pequeños a entender sentimientos oscuros y difíciles

Cómo se lo voy a decir a mi hijo.

Qué cara le voy a poner cuando me pregunte mamá qué es esto que se me ha colado aquí dentro y que me duele tanto.

O lo que es peor: de qué manera adivinaré —cuando ya le cause pudor compartirme sus sentimientos— que en sus pequeñas y jóvenes entrañas algo se pudre, que en sus sueños algo se resquebraja.

En esa misma tesitura se encontraron una vez los padres de Sandy, la colegiala que protagoniza el alucinante cómic Luces Nocturnas (Astiberri) de Lorena Alvarez.

La niña, que iba a un estricto colegio de monjas pero que en lo más profundo de su corazón sólo quería dibujar escenas imposibles, comenzó un día a oír voces, y más tarde a ver figuras que le obligaban a ser mala. A estar triste.

La tristeza de Sandy, materializada en una niña blanca de su edad que le perseguía en sueños, salía de su cuerpo sólo en forma de dibujos, en forma de arte.

¿Qué hacer, entonces, cuando la desolación se apodera de un niño de la edad de Sandy? ¿Cómo pedirle que purgue toda su oscuridad?

Aunque en un momento del cómic de Alvarez la protagonista parezca encontrarse en un túnel sin retorno hacia el desasosiego, Sandy aprende que la creatividad es una manera de expresar lo malo. Que cuando todo se desmorona y los fantasmas nos rodean, su trazo le permite sobrevivirse a sí misma, y las luces nocturnas ya no dan miedo, sino que invierten ese vacío y llenándolo de ambición.

Otro que necesita ser llenado es el protagonista de Vacío (Pípala), un libro ilustrado de Cararina Sobral que representa a la perfección el sentimiento de vació. Tanto que hasta su héroe, al contrario que otros personajes con los que se cruza por la calle o en la consulta del médico, es entero de color blanco. Y cuando le hacen una radiografía, los médicos no ven nada. Y cuando pasa por un espejo, no se refleja. Y cuando camina entre la gente, nadie le ve.

Él, como Sandy, sólo necesita un motivo. Algo a lo que aferrarse y que le encienda una llamita de esperanza en su corazón albo. Y aunque parezca mentira, al final del libro ese motivo llega. Y lo más sorprendente de todo es que no era tan difícil encontrarlo. De verdad. No era tan difícil.

Pero más allá de mostrarle Vacío. Más allá de leerle en la cama Luces Nocturnas. ¿Cómo se lo voy a decir a mi hijo?

¿Cómo voy a detectar su dolor?

¿Cómo voy a saber si en su pecho hay una silueta blanca?

Quizá la única solución pase por entonar una voz suave. Tocar con la mano sus dudas. No negarle nunca que el sufrimiento existe. Tampoco que a veces se termina.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar