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Hemos querido mirar a la muerte para encontrar toda la literatura que hay en ella

Esta antología de esquelas demuestra que la muerte puede ser poética, creativa y hasta chistosa

¿Puede constituir una esquela un acto literario? Teniendo en cuenta que el duelo es una de las fuentes de inspiración más potentes de la historia de las artes y que se cuentan por cientos los libros, las películas y las canciones compuestas en homenaje post mortem, un sí no sería una respuesta descabellada.

Lo cierto es que la principal diferencia que veo entre una elegía y una esquela es, además del formato, el tiempo que tienen autor y familiar para crearla. De la espontaneidad y de un modelo base —en Wikipedia hay una hoja de estilo para crearlas— nacen las esquelas. Del sentimiento de pérdida y la cocción a fuego lento, nacen las elegías.

Sin apenas tiempo para madurar una idea, invadido por el dolor y previo pago de una cifra que oscila entre los 578€ y los 11.192€, el receptor de condolencias y pesares escribe un texto impersonal, habitualmente con un componente religioso, que se publica en periódicos. No obstante, ante esta opción de convertirse en periodista necrológico por un día, son muchos los casos de gente que customiza la esquela dotándola de un componente personal.

La semana pasada se viralizaba un artículo de Verne sobre José Luis Casaus, el viudo que, mensualmente, se comunica a través de esquelas con su Elenita, casi como si fuera una especie de Ouija o de periódico que conecta el más allá.

En estas lides hemos querido bucear entre obituarios para conocer las esquelas más literarias -desde aquí es menester mandar un agradecimiento al ABC que recopila muchas de ellas en su página web-, aquellas necrológicas elegíacas que nacen del dolor y dejan más de una joya periodística digna de formar parte de una antología mortuoria.

I

Veintinueve años después del fallecimiento de Don Carlos González Serrano, su viuda, Juanita, mostró todo su dolor en apenas cuatro líneas que recogen la esencia de la pérdida de un ser querido con un tono lírico entrañable.

Desde que te fuiste eché mis alas al

Viento para llegar hacia ti. Hoy, sin poder

Alcanzarte, seguirán mis alas rotas para

Seguir adorándote hasta que pueda llegar.

Juanita

II

Como Ricardo Piglia y la tercera parte de Los diarios de Emilio Renzi o como La conjura de los necios y John Kennedy Toole, María Rodrigo Molino no se vio publicada. Y es que, según hemos podido saber, María abría los periódicos por las mortuorias y su familia, lanzando un guiño, acuñó su esquela con la frase: “Para un día que salgo en una esquela y no me veo”

III

La de Lázaro Pavón Torres más que una esquela es una exaltación de las virtudes del difunto a través de la rima. En vez de estar dirigida a los allegados, está destinada a que sea leída por el fallecido.

Me siento muy orgullosa de haberte tenido como amigo, pero no entiendo la manera en la que te has ido, siempre has ayudado al que has podido y sin embargo nunca nada has perdido. En todo el tiempo que hemos compartido esta es la primera vez que no rio, y es porque te has ido.

lazaro

IV

Desgarradora, malsana, delatora y un tanto triste. Así es esta esquela dedicada a una joven de 20 años que perdió la vida en un accidente de tráfico por culpa de otro conductor ebrio.

“El alcohol que otro bebió, a ella le mató”, es la forma a través de la cual lamenta la familia la muerte de su hija Helena: acusando, señalando directamente al culpable.

V

El argot scout impregna una esquela destinada a Juan Acosta Jurado aka Oso viejo. Frases como “Marchó al Eterno Campamento el 14 de la luna de la hierba, en la hermosa pradera de las arenas doradas, a la edad de 91 rondas solares, a reunirse con su esposa amada” o “Desean que el Gran Manitú lo acoja en el Eterno Campamento y os ruegan un recuerdo piadoso”, ayudan a sustituir el tono de pesar habitual por otro más delicado e incluso cómico.

VI

En tanto en cuanto que la comedia sirve para unir posturas y tiene un componente reconciliador, proliferan los mensajes de familiares que, restándole dramatismo al asunto, deciden dotar el mensaje de un punto cómico.

Es el caso de Manuel Díaz Muñoz, a quien le piden que no espere levantado, que ya irán llegando; de Miguel Ángel Morata, que se va sin dejar la receta de la paella en escabeche; de Mikel Marroquín, que invita a su última fiestuki; o de Justiniano Álvarez Montero, que se va con la pena de no votar a Zapatero. Con estas despedidas no se banaliza la muerte, ni siquiera duele menos, pero suponen un buen broche final a una buena vida y me permiten hacer mías las palabras del médico de Amanece que no es poco: "Qué irse, qué apagarse".

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