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Los señores mayores me explican cosas

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Alain Badiou, un filósofo de 79 años, ha publicado un libro explicando qué significa ser joven hoy

eudald espluga

05 Julio 2017 06:00

(Shutterstock)


"Los jóvenes".

Como si de un conjuro mágico se tratara, basta con que alguien pronuncie despistadamente estas palabras para que los engranajes se pongan en marcha. Las esferas celestes chocan entre sí, las corrientes enfurecen el mar y todo parece quedarse en silencio: el proceso ha comenzado y ya nada podrá detenerlo.

Solo es cuestión de tiempo. Sabemos que ante nosotros se presentará algún venerable maestro para aleccionarnos. No hace falta que haya ningún motivo especial para ello. De hecho, la simple negativa a querer escuchar ese sermón se convertirá en una razón más que suficiente para ametrallarnos con sus consejos.

Aunque quizá exagerado, no se trata de un ataque gratuito. De hecho, es lo que pensé cuando llegó a mis manos el último libro de Alain Badiou, un señor de setenta y nueve años que ha escrito un ensayo para explicar a los jóvenes qué significa ser joven a día de hoy.

Un señor de setenta y nueve años. Explicar. A los jóvenes. Qué significa ser joven hoy.

Es cierto: se exucsa varias veces y trata de justificar la posición desde la que habla. Pero aunque sus consejos aspiren a inscribirse en la tradición socrática —Badiou afirma que, como el antiguo filósofo, él también quiere "corromper la juventud"—, la verdad es que su obra acaba ajustándose mucho más a otro género: el de las cartas a jóvenes escritores.

Hay una carta para ti, joven

Desde la Epístola a los Pisones de Horacio, que quizá sea el texto fundacional de la tradición de señores-mayores-que-quieren-explicarte-cosas-que-no-sabes, han proliferado una cantidad ingente de obras que tienen a la juventud como destinataria.

¿Qué les pasa a escritores y filósofos con los adolescentes? ¿A qué esta obsesión por instruir, dirigir y amaestrar a los chicos?

De entrada, es curioso ver como la estructura con que dan forma a sus argumentos se repite sospechosamente. Saben lo que están haciendo. Saben que están adoctrinando a quien no solo no ha pedido consejo, sino que además no quiere escucharlo. Por ello, a medio camino entre la captatio y la excusatio non petita, se amparan en los errores que cometieron cuando eran unos muchachos.  

Aplicando a sus fallos una capa de universalidad como quien pinta un viejo porche para revalorizarlo, restauran sus obsesiones para venderlas después en el mercado de la sabiduría.

"Quizá te preguntarás qué hago yo, que te doy estos preceptos" (Séneca, Letras a Lucilio)

"Entonces, ¿por qué diablos me ocupo de escribir sobre la juventud? ¿Por qué esta preocupación adicional de hablarle a los propios jóvenes?" (Alain Badiou, La verdadera vida)

"Quería decir lo siguiente: cuando empecé a escribir, pensé que el escritor debe definir cada cosa. [...] Después descubrí que estás cosas resultan generalmente molestas para el lector". (Borges, Consejos a un joven escritor)

"La experiencia implica determinada cantidad de pifias: como todos hemos caído en ellas -en todas o casi- tengo la esperanza de que la experiencia de todos y cada uno dé fe de la mía".  (Baudelarie, Consejos a los jóvenes literatos)

"Aviso de entrada al lector: aquí no se trata sino de cuestiones de oficio." (Gide, Consejos al joven escritor).

Pero dejando de lado la estructura de los argumentos, nos damos cuenta que en la mayoría de los textos se repiten dos motivos clave. Por un lado, la constatación de que el nuestro es un presente decadente y que la juventud actual es la máxima expresión de nuestro ocaso como civilización. Por el otro, la percepción de la experiencia como una virtud de carácter.

(En este libro editado por Filippo D'Angelo se recogen muchos de estos consejos)


"Con los griegos esto no pasaba"

El lamento nostálgico por haber dejado atrás tiempos mejores no es un invento de los columnistas dominicales que se ponen nerviosos con todo lo que sea nuevo o millennial o no haya recibido el Premio Cervantes. Ya los antiguos griegos asumían que la suya era la edad de hierro, la degradación de una degradación de una degradación. Vamos, que ni dioses, ni semidioses, ni héroes: ya no se podía caer más bajo.

Se trata de un esquema cultural bastante extendido: los romanos lo conceptualizaron bajo el tópico del ubi sunt, los cristianos asumieron que se les expulsó del cielo como a un borracho se le echa de cualquier discoteca de moda y, más tarde, los renacentistas perseguieron un retorno al clasicismo, que entendían como la verdadera edad de oro del hombre. Con ellos el círculo se cerraba y la autoproclamada edad de hierro se bañaba en oro.

Desde entonces, nos dedicamos a recorrer exasperados arriba y abajo este circuito cerrado de nostalgia. Y, aunque pueda parecer lo contrario, los reproches a la juventud que se han esgrimido a lo largo de siglos son como las marcas de agua mineral: por mucho que se esfuercen en singularizar su producto, para nosotros resultan apenas indistinguibles.

En primer lugar, está la acusación de presentismo y hedonismo. Ya Séneca avisaba a Lucilio de los peligros del epicureismo, y prescribía su lectura simplemente como una estrategia para conocer al enemigo. A la juventud se la ha sacar de su ímpetu, de la sensualidad de su inserción en el mundo. Hemos de alejarlos, como dice Badiou, de "la pasión por la vida inmediata, por el juego, por el placer, por el instante, por una melodía, por una aventura, por una fumada de mariguana, por un juego idiota".

En segundo lugar, y no por ello menos importante, está la pérdida de valores. Siempre se están perdiendo valores. Se nos extravían con suma facilidad y en cantidades ingentes: toneladas de valores. A nosotros, que somos jóvenes, nos hace gracia, pero se ve que es terrible. ¿Qué hacemos que vayamos perdiendo los valores por ahí?

La novela de Iván Turguénev, Padres e hijos, se ocupa precisamente de mostrar como el conflicto generacional se articula entorno al choque entre modos de pensamiento. Frente a los valores tradicionales de los padres, los hijos representan el nihilismo.  De hecho, en un epígrafe que el escritor ruso decidió finalmente descartar, el enfrentamiento se resumía del siguiente modo:

"Un joven le dice a un hombre de mediana edad: 'Tenéis sustancia, pero no fuerza'. El hombre de mediana edad le responde al joven: 'y vosotros tenéis fuerza, pero no sustancia'."

Por último, otra acusación recurrente es la de vanidad y narcisismo (que, en el caso de los escritores, se traduciría en un estilo barroco, oscuro y alambicado). Aquí casi todo el mundo coincide, pero es Proust quien sobresale en su invectiva: "la doble oscuridad [...] oscuridad de las ideas y de las imágenes por un lado y oscuridad gramatical por otro, ¿puede hallar justificación en literatura? [...] Los jóvenes poetas (en verso o en prosa) tienen por lo visto un argumento preliminar que alegar para eludir mi pregunta".



"Cuando crezcas, te darás cuenta"

Con todo, para entender la pulsión para sermonear a los jóvenes escritores no basta con esta genealogía histórica del cascarrabias melancólico. También los mueve un supuesto impulso pedagógico, porque creen que hay algo que ellos poseen y la juventud no: la experiencia.

El problema es que, invariablemente, la experiencia es contemplada como una virtud. Y es extraño, dado que habitualmente por virtud se entiende algún tipo de disposición del sujeto que debe ser cultivada, educada, desarrollada. Pero el paso del tiempo no solo es democrático, sino que además no depende de nosotros: vivir es acumular experiencia, lo queramos o no.

Dicho de otro modo: el paso del tiempo no tiene valor moral. Así lo entendía el escritor catalán Miquel Pairolí, que en sus diarios lo resumía del siguiente modo:

"Valéry decía 'Quiero a Gide, pero, ¿cómo es posible que un hombre permita que los jóvenes sean jueces de aquello que piensa?' Imaginad que Jim Morrison hubiera dicho: 'Quiero a Allen Ginsberg, pero, ¿cómo es posible que un hombre permita que los viejos sean jueces de aquello que piensa?'"

Entonces, ¿para qué darle tanta importancia a lo vivido?

Es fácil pensar que tras la sacralización de la experiencia lo que hay es la intención de hacer pasar la idiosincrasia del propio autor a través del prisma de lo común: si puedo presentar lo que soy como experiencia, me es posible homologarlo como consejo para los demás.


¿Necesitamos todos esos consejos?

No es solo el caso de Badiou. Quizá el suyo sea un libro especialmente desafortunado, pero la indústria del consejo -que va mucho más allá de las cartas a los jóvenes escritores- es una de las más rentables de entre las demás industrias culturales. Basta con recordar la creciente fetichización de los discursos de graduación, de Steve Jobs a David Foster Wallace, que constituyen la variante motivacional del género.




Resulta bastante inquietante: ¿realmente necesitamos a todos estos señores mayores en plan viejoexplaning? ¿es un señor de setenta y ocho años que todavía distingue entre consejos para chicos y consejos para chicas quien tiene que venirnos a decir en qué consiste "la verdadera vida"?

El hecho es que la del consejo a los jóvenes es una relación fundamentada en una asimetría sustancial que no hace sino ahondar en lo que separa ambas partes. Además, se trata de un proyecto fracasado por definición: como recuerda Alberto Olmos en su artículo sobre el libro de Badiou, a los jóvenes no se los puede sacar de su juventud.

Lo que justifica los consejos de todos estos grandes escritores no es ni el valor de su experiencia ni el interés práctico de lo que nos venden como una pedagogía, sino las virtudes estéticas e intelectuales de los autores que los profieren.

Si sus enseñanzas son valuosas, lo son a pesar de su vejez.

En este sentido, quizá el más honesto fue Rilke, que en lo que ahora conocemos como Cartas a un joven poeta -escritas con tan solo 28 años-, afirmaba:

"En realidad, sobre todo ante las cosas más hondas y más importantes, nos hallamos en medio de una soledad sin nombre. Para poder aconsejar y, más aun, para poder ayudar a otro ser, deben ocurrir y lograrse muchas cosas. Y para que se llegue a acertar una sola vez, debe sarse toda una constelación de circunstancias propicias."

Necesitamos consejos. Muchos consejos. Pero, salvo del paso del tiempo, la vejez no es el sello de nada.



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