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“La aventura está en el espíritu de quien la persigue”

El escritor Pierre Mac Orlan divide el mundo —el real y el de la Literatura— entre dos tipos de aventureros: el que se mancha las manos, y el que prefiere mirar

Literatura de aventuras.

Por separado cada palabra cumple su función. Si se complementan con otros verbos o sustantivos permanecen invariables. Pero basta que se genere la locución para que se desvirtúe uno de los conceptos.

Es como si al adherírsele el sustantivo “literatura” una aventura dejara de ser un “acaecimiento, suceso o lance extraño” para convertirse en un género literario menor.

Aventura y novela, sin embargo, para el francés Pierre Mac Orlan, serían causa y consecuencia, fuente y noticia. Elementos indisolubles.

A la hora de escribir, entonces, aventura, propia o ajena, es tan importante como pluma y papel. Pero igual que pluma y papel no sirven exclusivamente para dar forma a una novela, la función de la aventura no es necesariamente la literaria.

Y de eso sabe el aventurero activo, término que acuñó en 1920 Mac orlan en su libro Breve manual del perfecto aventurero.

Al aventurero activo le gusta el barro. De niño es como Bart Simpson y de mayor acaba en la cárcel traficar con algo de hachís.

La aventura activa tiene tantas formas que es inclasificable. Y el aventurero activo es, en palabras de Mac Orlan: “La deshonra de la familia más pintada”.

Si acudimos a la literatura para encontrar el trasunto de este estereotipo, algunos de los personajes más significativos podrían ser El Lazarillo de Tormes, Huckleberry Finn o Tom Sawyer. Pero para que existan en la ficción hace falta que alguien urda las pequeñas putadas que traman a quienes se ocupan de su manutención. Y ese autor, se llame Anónimo o Mark Twain, es el aventurero pasivo.

El activo carece “de imaginación y sensibilidad”. Con lo cual resulta inestimable la labor del aventurero pasivo para dejar constancia de lo ocurrido. Como la de un biógrafo de lo que nunca ha pasado. O de lo que ha pasado y precisa de ser registrado.

“Instalado en una casa cómoda cual hueso dentro del fruto, el aventurero pasivo dejará que vengan a él las gestas anónimas de quienes, guiados por una mala estrella, se entregan a las fatigas de aventura”, dice Mac Orlan sobre él.

Brillantes aventureros pasivos serían entonces Javier Marías —recientemente autodefinido como aguafiestas en su juventud y cascarrabias en su vejez—, Amélie Nothomb —escribe cuatro novelas al año—, George RR Martin o JK Rowling —brutal derroche imaginativo el suyo—, u otros como Martín-Gaite, Piglia o Borges —intelectuales que observan el mundo desde su atalaya o desde su cátedra—.

No es este el tipo de escritor que venera Mac Orlan, aunque aprecie sus virtudes. Él era de la opinión de que: “es difícil escribir una novela de aventuras con las proezas de un funcionario de segundo nivel, pero Jack London, Conrad y otros pueden muy bien hacerlo con sus propias peripecias. Estos escritores, por lo demás, pertenecen a ese género raro y precioso de los aventureros a la vez pasivos y activos”

O lo que es lo mismo: coger la esencia del pasivo y del activo y ponerlo en práctica.

Dicen que lo dijo Aristóteles: “En el término medio está la virtud”. Siguiendo esa máxima, hay que emborracharse sin tregua y hacer que pase el menor tiempo posible entre el fumadero de opio y el burdel. Conseguir que la sobriedad sea una anécdota. Y escribir sobre ello. Como Baudelaire. Como Bukowski. Como Sexton.

Hay que andar por Londres para que la visión más díscola de la ciudad inspire las mejores frases y para que algún francés te llame, una vez muerto, flaneur. O para que la ciudad más sórdida sea el subtexto de tus libros. Como Charles Dickens. Como Walter Benjamin. Como Roche.

“Puede elegir entre un número ilimitado de caminos a seguir, por eso no es fácil clasificarlo”, dice Mac Orlan.

Se puede ir a Tanzania a buscar al Doctor Livingstone y dejar constancia de ello. Como Henry Morton Stanley.

Hacer autostop por Francia y grabar una película que se llame 'Fóllame'. Se puede arriesgar. Como Despentes.  

Moverse entre los estratos bajos de la sociedad para apreciar la pericia de John Coltrane tocando el saxo, probar todas las drogas inventadas hasta la fecha y luego irse a la India. Y seguir así los pasos de Joanne Kyger.

Por poder, se puede hacer como David Foster Wallace, aceptar la invitación de una revista para irte a uno de los cruceros más lujosos del mundo y aprovechar la ocasión para criticar hasta al apuntador. Aunque eso no sea para nada divertido.

La aventura, entonces, no está en la novela ni acompañando al término literatura. Qué va. Está “en el espíritu de quien la persigue”. La persiga activamente, derrochando adrenalina y creando caos a su paso, o la persiga pasivamente, dejando un legado vastísimo e incuestionable.

A fin de cuentas, todo se resume en eso. En vivir aventuras para tener anécdotas que contar. Ver para creer y vivir para contarlo. Ver intensamente y contarlo con virtuosismo.

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