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“Ni bandera ni pollas”: sobre trap y equidistancia

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Lo que Bad Gyal puede enseñar a Jordi Évole, Ada Colau o Javier Pérez Andújar sobre la llamada "equidistancia" ante el referéndum

eudald espluga

12 Septiembre 2017 15:50

(Arte PG)

Todo empezó con una broma.

Estábamos en un concierto de Bad Gyal, tres días después de que Jordi Évole publicara su artículo, "Y cuando despertamos, todo estaba politizado", en el que denunciaba la politización (y polarización) a la que se vio sometida la manifestación contra el terrorismo en Barcelona. Por culpa de este artículo, le llovieron palos y sobre todo insultos desde el sector independentista. Especialmente uno: "equidistante". Con este calificativo, se le acusaba básicamente de escurrir el bulto. Se le juzgaba por adoptar un posado supuestamente crítico mediante el cual difuminaba su posición.

Nada más empezar el concierto, Bad Gyal saludó a sus fans catalanes en catalán y a sus fans españoles en castellano, distinguiéndolos con claridad, pero reunificándolos con un comentario amable. Miré a mi acompañante y, con una sonrisa, le dije: "más equidistancia". 

Aunque luego, claro, sonó 'Fiebre' y nos olvidamos de la broma. 

Nos olvidamos hasta ayer, cuando la trapera publicó un tuit sobre la Diada que podía interpretarse en el mismo sentido: "yo nunca he celebrado la diada ni bandera ni pollas en mi casa...pero bueno, que lo paséis bien si es importante para vosotros este día."



Con su "ni bandera ni pollas" parecía alinearse con los defensores de esa tercera vía no contemplada, con los que rechazan la oposición independentista / unionista que convierte a los apátridas emocionales en disidentes, con quienes defienden que es posible hacer política desprendiéndose de los ropajes nacionalistas. Una "equidistancia" que, en el caso de Bad Gyal, podía interpretarse directamente como una proclama apolítica. Un no-me-importa. Un paso-de-malos-rollos.

Es precisamente sobre esta confusión que se ha articulado toda la polémica sobre los "equidistantes". Jordi Évole recuperaba -y se apropiaba- del insulto en su siguiente artículo en El Peridódico. Juan Soto Ivars salía en defensa de Évole en El Confidencial. Ricardo Dudda escribía sobre ello en El País. Antonio Maestre en La Marea. Para todos ellos, la equidistancia tiene un significado casi literal: designa el distanciamento respecto a unos apegos feroces, la duda que rompe el dogmatismo, un posicionamiento crítico que se niega a adoptar como propio el infantilismo de "conmigo o contra mi".

Así, cuando los independentistas cargan contra los equidistantes, estarían atacando a todo aquel que no se haya atrincherado, o que quiera aportar matices, o que quiera difuminar el blanco y negro, o que incluso se permita preguntar antes de disparar.

Desde su perspectiva, equidistancia sería repetir el gesto de Bad Gyal, defender que es posible renunciar a la bandera, escribir desde una posición neutral que soslaye el reductivo marco teórico de la patria. O que lo sustituya por otro: la gente contra la casta, la democracia contra el populismo, la soberanía de los pueblos de Europa contra la dictadura de la troika.


El problema, sin embargo, es que cuando el concepto de "equidistancia" empezó a usarse como arma arrojadiza —contra Évole, pero también contra Ada Colau, contra Javier Pérez Andújar, contra Pablo Iglesias, contra Enric Hernández— su significado era otro. Servía para señalar que la renuncia a la disputa del marco nacional era también una toma de posición. Equidistancia no significaba renunciar a situarse en el espectro nacional, entre catalanes y españoles, entre buenos y malos. La equidistancia era presentar tal renuncia como una opción no política.

Como si negarse a este combate fuera negar el combate: un paso-de-malos-rollos.

Defender que "ni bandera ni pollas" es legítimo, comprensible, loable; pensar que defender que "ni banderas ni pollas" es mantenerse al margen del debate, definirse como "crítico" por oposición a los fundamentalistas e hiperventilados, es cerrar el debate desde una ilusión de neutralidad.

Criticar la equidistancia de los equidistantes no es demonizar a los desleales a la causa, no es negarles las "medias tintas" a quienes duden. Por supuesto, hay quien lo hace y la furia contra Évole tiene mucho de esto. Pero, al contrario, criticar la equidistancia de los equidistantes es apuntar que, al investirse a sí mismos con la fuerza de la frialdad del juicio crítico, de la ponderación ecuánime, de la objetividad del analista, están polarizando el debate con la misma fuerza que los del "choque de trenes", dividiendo entre fanáticos y equilibrados.

Primero, por una razón teórica. Es cuestionable que el pensamiento crítico —entendido como pensamiento ilustrado, como tribunal de la razón no sea sino una quimera. Como han señalado muchos teóricos, el pensamiento es contextual, narrativo, dependiente, ligado a nuestra identidad: no puede darse en abstracto, sin condicionar; no se produce nunca desde una perspectiva divina que permita considerarlo todo con incuestionable justicia.

Segundo, porque asumirse como equidistante es infantilizar al oponente político, ridiculizarlo —"prucés", "diading", "butifarrendum"—, es jugar también a gritar desde la grada, es ser la radicalidad del fondo sur. Tras la asimetría insalvable que introduce el "civilizados contra bárbaros", se esconde un ejercicio de homogeneización discursiva. Un "son lo mismo" que encalla el debate "crítico" que supuestamente se enarbola.

En consecuencia, no es una exageración decir que el tuit de Bad Gyal es una revisión interesante del discurso del equidistante. "Pero bueno, que lo paséis bien si es importante para vosotros este día". Con esta adversativa, la cantante de Vilassar introduce el matiz que se escapa a los ahora autoproclamados equidistantes: que se trata de la elección entre unos u otros valores. No entre Catalunya y España, entre independencia y unionismo, sino entre formas distintas de entender la política.

Así, reimaginando un viejo lema independentista, podríamos decir que "la equidistància que ens cal / és la de Bad Gyal".




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