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El episodio más negro de la vida de H.P. Lovecraft no contiene monstruos

Se cumplen 80 años de la muerte de Lovecraft, y con este cuento sobre su último verano queremos homenajear al escritor

H.P. Lovecraft no toleraba bien el frío, pero mucho menos toleraba el tórrido calor de los veranos en la ciudad.

Por eso, en los últimos años de su vida, procuraba esconderse de los meses más calientes en los densos y descoloridos bosques de Nueva Inglaterra, en una cabaña de madera cerca del lago en que nace el río Connecticut, lugar en el que incluso en los días de más calor uno puede sentir el aullido eléctrico de la nieve derritiéndose.

Y aquel verano de 1936 no iba a ser diferente, pero sí que iba a ser el último.

Howard Phillips buscó sombra entre los árboles a mediados de julio, cargado con la valija llena de latas y papeles, con un par de libros y poca ropa, con una teoría abominable rondando su cabeza cansada.

Temblaba por el camino. O era el camino quien iba temblando por él.

Al llegar a la cabaña vació la maleta sobre el colchón y, sin comprobar que todo estaba en orden, sin comprobar que las cosas seguían como las había dejado en su última visita, salió a pasear por el bosque, a cruzar riachuelos de agua tibia, a sentir una nueva humedad trepando por sus piernas pálidas y desnutridas.

Pero resulta que aquel día no calculó bien la hora ni el sendero.

Primero, fue el lobo quien precipitó con su diente la noche. Después, la nieve gimiendo en el aire, la niebla. Más tarde, la luz subiendo la montaña al galope.

Los troncos de los árboles erguidos como hombres, pero fríos como muertos.

El aliento que salía de su boca ardía en el aire y ascendía con alas de algodón.

Retumbaba el trueno con la voz del miedo, crepitaba el rayo con la intensidad y la urgencia de la vida.

En fin, la tormenta le atrapó con su llanto inconsolable, y aun conociendo el sagrado signo del cielo, Lovecraft no contempló la posibilidad de retroceder.

Entre los animales salvajes que lo rodeaban en la penumbra, entre las cabezas jíbaras que la luz de la luna parecía colgar de las ramas más altas, entre el agua que laminaba la oscuridad con su ancestral susurro, Howard Phillips caminó sin mirar atrás, directamente hacia el aire negro y vacío.

Caminó decididamente, leyó las señales que el destino le mostraba y abrazó la lluvia y la noche como una llama abraza al mismo tiempo la madera y la ceniza.

Sin mirar atrás, como digo.

Directamente hacia el aire negro y vacío.

Hasta hoy.

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