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Entonces me di cuenta de que yo era 'ella'

Porque todavía hay personas que no son capaces de comprender qué puede sentir un niño o una niña transgénero, hemos imaginado este monólogo interior, a través de testimonios reales, en el que una adolescente lucha contra sus miedos... y al final vence

Al principio no sabes por qué sucede, pero sucede. Intentas buscar razones, tratas de ligarlo con algo o darle alguna explicación sensata, pero resulta imposible.

Pensaba todo el rato en ello. Si estaba sola en casa me sentía muy bien, jugaba, leía, cantaba. Después alguien me llamaba, desde lejos, y como si mi nombre pesara mil toneladas me hundía entera en la tierra.

¿Soy yo a quien llaman? ¿Y qué pasa si no respondo?

A veces me veía sin quererlo en el espejo y el cuerpo me temblaba. Era un acto inconsciente. No entendía por qué me pasaba, pero sabía de alguna forma que era esa imagen, la imagen que me devolvía el espejo, la culpable de todas aquellas preguntas.

¿Por qué bailas? ¿Por qué juegas con muñecas? ¿Por qué te pones esa cinta?

Cuando las escuchaba, me ponía automáticamente a llorar y me iba corriendo. Era una especie de alivio para mí. Sentía que eso era lo correcto, lo que el mundo esperaba de mí. No que bailase, no que jugase con las otras niñas ni me pusiese una cinta en el pelo, sino que corriese y llorase.

Y además era muy fácil.

Me lo creí. Pensaba que era un bicho raro, que todo lo que quería hacer estaba mal hacerlo. Me había acostumbrado tanto a esa sensación de incomodidad y frustración que lo tomé como parte de mi carácter y mi forma de ser.

Yo era así, y punto. Ataques de rabia, celos, desconfianza. Había quien decía de mí que era una mala persona. Y yo lo acepté . De alguna forma, eso lo explicaba todo.

Yo era así, ya está.

Sin embargo pasa el tiempo, siempre pasa, y conoces gente, observas el mundo, aprendes cosas, y un día empiezas a darte cuenta de que todo lo que creías cierto probablemente no lo era tanto. Que basta con quitar una carta negra para que todo el castillo de falsas creencias se venga abajo.

¿Y qué tal esta carta?: Yo no era él, era ella.

¿Cómo? De repente, aceptar algo tan aparentemente simple podía darle la vuelta por completo a mi vida.

No era él, era ella.

Me di cuenta de que aquella rabia y aquella frustración que sentía no nacían de otro sitio que de la imposibilidad de darle un nombre a lo que me ocurría, de no poder señalar algo que, de alguna forma, en mi interior, estaba completamente definido y parecía algo evidente, aunque también imposible a ojos de una niña como yo.

Cuando comprendes que en realidad no hay contradicciones, el mundo comienza a cobrar sentido.

Yo no era él.

Era yo.

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