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Nuestra soledad es una lucha compartida: el yo en el ensayo político feminista

¿Por qué nos deberían importar las series de televisión que veía Lucía Lijtmaer cuando era pequeña? ¿Qué tiene que ver la vida sentimental de Carolina León con la transformación de la situación política en España? ¿Quién es ese yo que nos habla? Y lo más importante, ¿por qué se dirige a nosotros con ese tono, con esa familiaridad?

“Aquí estoy. En primera persona. Me llamo Lucía, y escribo sobre cosas de chicas”.

Lucía es Lucía Lijtmaer –barcelonesa, periodista y ensayista– y así es como se presenta en los primeros párrafos de Yo también soy una chica lista, un libro político, feminista.

Lucía cuenta que tiene treinta y nueve años. Que desde los ocho quiere casarse. Que su adolescencia quedó marcada por Dirty Dancing, que no siempre ha odiado a las demás mujeres y que desde no hace mucho se ha convertido en una consumidora compulsiva de las cuentas de Instagram sobre la pérdida de peso.

Lucía explica que se sintió humillada –como “una croqueta fría y blandurria”– cuando en las reuniones del programa de radio en el que trabajaba la mandaban callar sin motivo aparente. O por la mera razón de ser mujer. Pero explica también cómo un domingo, sentada en pijama en el sofá de su casa, rodeada por tres bolsas de ganchitos, y arrastrando todavía la borrachera de la noche anterior, se puso a mirar un programa sobre bodas.

¿Y por qué nos dice todas esas cosas? ¿Por qué debería importarnos la edad que tenga Lucía? ¿O la relevancia de sus opiniones sobre la ruptura de Brad Pitt y Jennifer Aniston? ¿Por qué cree que debemos saber que una tarde de 1999 terminó en un almacén del Hospitalet de Llobregat comprando un vibrador para una compañera de trabajo? Y lo que es más importante, ¿por qué deberíamos llamarla por su nombre de pila? ¿A qué esas confianzas?

Mi voz (personal) es política

Si alguien nos hablara de un ensayo feminista que se ocupa de la deconstrucción de los mitos culturales pop que sostienen las estructuras de dominación patriarcales, instantáneamente pensaríamos en un texto sistemático, lleno de jerga posestructuralista, que se dedicase a tensionar las relaciones entre saber y poder desde las teorías de Foucualt, o que propusiera un análisis historiográfico que nos permitiera comprender como se conforman los relatos dominantes a expensas de las mujeres.

Esperaríamos, en otras palabras, un libro que nos hablara desde la distancia del erudito, con argumentos racionales, estructurados, universalizables. Un libro con una voz narrativa fría, analítica, anclada en un punto de vista general, completamente desapegado de su objeto de estudio. 

Pero entonces, ¿qué ha pasado con el ensayo personal? ¿En qué momento se ha convertido en un collage de anécdotas personales, testimonios parciales, escritura digresiva y pullas irónicas?

Es fácil pontificar sobre la transformación del yo en la era de Facebook o sobre la limitación imaginativa que los 140 caracteres de Twitter imponen a nuestro desarrollo intelectivo. Visto así, nos encontraríamos en una nueva edad de hierro en la que el narcisismo, la aceleración y la inmediatez marcarían los límites de la representación de nuestro yo a través de la escritura: el ensayismo personalísimo de Lucía Lijtamer no sería sino la última y más exagerada excrecencia de esta cultura ensimismada, posmoderna e incapaz de elaborar discurso.

Aunque con tal análisis —reductivo hasta rozar lo ridículo— se perdería lo más importante: y es que en libros como Yo también soy una chica lista está en juego una cosa completamente distinta.  

La utilización de la primera persona del singular, la identificación del narrador con la autora y sus experiencias, la exposición desacomplejada de sus sentimientos, dudas, reticencias y dubitaciones, así como el uso de la función conativa del lenguaje –dirigirse, casi con violencia, a ese lector como si de un libro de autoayuda se tratara– implican la emergencia de una nueva voz narrativa que tiene un valor ético y político diferente al del ensayo sistemático tradicional.

De hecho, que Lucía cuente lo taja que iba cuando miraba los programas sobre bodas no tiene, por sí mismo, nada de transgresor. Lo esencial no está en lo anecdótico. Lo que hace Lijtmaer —y, en general, el ensayismo político feminista que parte de la sobreexposición del yo en la escritura— es evidenciar que cuando una reflexión toma la forma de sistema filosófico o sociológico siempre termina por ocultar el tejido de relaciones que constituyen la infraestructura humana en la cual el pensamiento deviene posible.

Los cuidados: la retaguardia de la escritura

Los libros no los escriben escritores. Ni escritoras. Los escriben personas con nombres y apellidos. Personas que dependen de otras personas y de quien dependen tantas otras. Que sufren o son felices o que acaban de perder a un ser querido. Quizá incluso las tres cosas a la vez. Personas que no son sino en sus relaciones, en sus experiencias, en sus configuraciones particulares.

El ensayista –como pensador, como intelecto desgajado de la materialidad que lo vuelve posible– es una ficción del mismo tipo que en política lo es el ciudadano racional, esa fantasía liberal llamada “individuo autónomo”. Por ello, es importante que la reivindicación política de los cuidados sea plasmada en la composición de la escritura, en la elección de los temas, en la modulación de su voz, en su tratamiento del lector.

La lucha por expresar esa otra voz es, además, una lucha feminista: la construcción de un yo relacional, apegado a la particularidad de la experiencia, a la inconstancia de sus sentimientos y cuya identidad sea la imagen superpuesta de todas nuestras vivencias implica arremeter contra el modelo de racionalidad masculina que ha gobernado y sigue gobernando el espacio público.

Es probable que el nuevo libro de Carolina León, Trincheras permanentes, sea el mejor ejemplo de este uso político de una voz narrativa que nos revela las raíces y la estructura de relaciones desde la que nos habla. No se trata solamente que la construcción del yo de su autora esté pensando para destapar la fragilidad constitutiva de su persona y las vulnerabilidades que recorren su transformación en un yo político —que es precisamente la trayectoria que describe el libro— sino que, además, Trincheras permanentes es una caja de resonancia para amplificar los testimonios de las luchas que se disputan desde la retaguardia del activismo político.

Preguntada por PlayGround por estas cuestiones, Carolina León se define, en primer lugar, como narradora: “el tema que yo quería tratar parecía que necesitaba un tono ensayístico, pero mis herramientas son las del periodismo narrativo”. Sin embargo, es consciente de la importancia de relatar las experiencias —las propias y las de quienes compartieron con ella luchas, dudas y trincheras— de una forma que permita trascender las limitaciones de lo personal para convertirlo en una historia que pueda apelar a quienes no tomaron parte en ella: “Era un poco la mezcla: lo personal y lo colectivo. De cómo a través de lo pequeño se pueden decir cosas válidas para mucha gente.”

Nos habla, también, del modo en que su escritura conecta con la lucha de autoras como Hannah Arendt o Carol Gilligan en pos de una “ágora impura”, donde la discusión política pública pueda consistir también en hablar de las soledades compartidas, y en como esto debe constituir un bastión en la lucha feminista: Claro que es una reivindicación, aunque quede implícita. Quizá lo resumo con una frase un poco total: me gusta decir que el feminismo busca subvertirlo todo.

Y sobre tomar determinadas decisiones en la escritura, nos dice, “ estás subvirtiendo lo académico desde los feminismos. Es una contribución más a los textos que tratan de darle una vuelta a lo hegemónico”. Carolina León quiere salvar, con su ensayo, “ el universo de experiencias que han quedado en la parte mujer del mundo .

La parte mujer del mundo

María Zambrano decía que escribir es defender la soledad en la que se está. Pero lo que nos enseña el ensayismo personal feminista es que esta soledad es compartida. Somos frágiles y vulnerables cuando salimos a la calle a luchar por nuestra supervivencia política, pero también somos frágiles y vulnerables cuando escribimos sobre ello.

Por eso, cuando Lucía Lijtmaer dice “aquí estoy”, se ha consumado ya un acto político. Cuando Carolina León empieza su libro hablando de su divorcio, forzando los límites imaginativos de lo que entendemos por ensayo, está abriendo la puerta a esa “parte mujer del mundo”.

Porque esa parte, la de los cuidados, sigue siendo la parte mujer del mundo. Y no se trata de clamar simplemente por una redistribución de las cargas. No basta con papás entregados, con la pulcra equidad en el repartimiento de las tareas de casa. Así lo sentía Carolina León, comentando el ambivalente éxito que había cosechado el gesto de Miguel Urbán al traer a su hijo al parlamento.

Esos gestos son necesarios, sí. Pero de lo que se trata es de la visualización y reconocimiento de una experiencia y de unos compromisos emocionales que han sido sistemáticamente bandeados de la política —también de la revolucionaria, también de la asamblearia—. Como dice León, “no tiene que ver tanto con las mujeres en política, sino con los discursos en esos ámbitos”.

Estos libros piensan el feminismo y piensan desde el feminismo: la construcción de ese yo, que es un nosotros, y nos reconoce como frágiles e interdependientes, es el primer paso hacia una transformación del discurso político. La parte mujer del mundo no es la parte femenina, su experiencia no es la prerrogativa de su sexo. Se trata de una perspectiva ética y política que ha sido olvidada bajo la dominación masculina de la esfera pública.

Este yo personal, expuesto y disruptivo está emergiendo con fuerza. Lo podemos encontrar, por poner solo algunos ejemplos, en la escritura combativa y provocativa de Bel Olid en su Feminismo de bolsillo. Kit de supervivencia, de Diana López en No es país para coños o de Natza Farré en su Curso de feminismo para microondas. Pero también en textos más digresivos como el Mamá, quiero ser feministade Carmen G. de la Cueva o en escritos reflexivos como ¿Dónde está mi tribu?de Carolina del Olmo o en textos de autoficción como Quién quiere ser madre, de Silvia Nanclares.  

De modo que no, el ensayo personal no es simplemente un boom, ni está despareciendo: simplemente se ha marchado a las trincheras.

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