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Así sería el ejército catalán: 26.000 soldados, fragatas, cazas y mucho más

Carles Puigdemont ha roto un tabú señalado públicamente la necesidad de un Ejército Catalán. El libro 'Política de defensa i Estat propi' explora, desde posiciones cercanas al PDeCAT, cómo deberían ser las fuerzas armadas de Catalunya

Aunque se hable de violencia a todas horas —exagerando, demonizando, parodiando—, la idea de un conflicto armado constituye el inconsciente social del debate político en torno a la secesión de Catalunya: la sola idea de un Ejército Catalán ha sido hasta ahora un tabú.

Lo militar es aquello que no puede verbalizarse, y si se permite es solo para caricaturizar el Estado español como un ente autoritario que está esperando cualquier excusa para ocupar, Fuerzas Armadas mediante, el territorio catalán.

De hecho, los tanques entrando por la Diagonal —símbolo de la toma franquista de Barcelona— se han convertido en la imagen que resume y ridiculiza esa España viril y castrense que trata el referéndum del 1-O como un golpe de estado que debe ser reprimido por las armas.

(Calendario paródico anunciando la entrada de los tanques / Twitter: @TancsADiagonal)

No resulta sorprendente, entonces, que en la Ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la república catalana presentada ayer no se posicionara sobre este tema. En ella se afirma que el Ejército español dejaría de tener jurisdicción en Cataluña, pero la normativa no recoge si se crearán fuerzas armadas.

Sin embargo, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha roto ese tabú.

Es cierto que las juventudes del PDeCAT habían hecho pública la necesidad de que el futuro Estado Catalán contará con un ejército propio con presencia en la OTAN, pero esta vez ha sido el presidente quien, en una intervención a través de Facebook Live, ha expresado que para una futura Catalunya independiente "la política de defensa sería absolutamente indispensable".

En parte, su reflexión arrancaba de la necesidad de protección frente a la amenaza terrorista: "hace falta un esfuerzo en inteligencia militar y recursos para afrontar los ataques de las guerras modernas". Pero, en parte, era también una pronunciación en favor de la construcción de un Estado homologable al resto de potencias europeas, ya que Catalunya "se ha de poder defender y sindicar la voluntad de defensa con otros."

¿Es necesario un ejército catalán?

A pesar del tabú, imaginar este ejército no es una tarea que deba empezarse de cero.

En el libro Política de defensa i Estat propi, publicado a principios de año, diversos autores —la mayoría trabajan en la Generalitat o están ligados al PDeCAT— reflexionan sobre la urgencia de un debate público acerca de la política de defensa que debería adoptar la nación catalana, tratando de entender y combatir el prejuicio antimilitarista que parece dominar la opinión general. 

Un prejuicio que, afirman en el texto, puede tener muchas causas: el hecho que el territorio catalán haya sido históricamente moneda de cambio entre potencias extranjeras dada su importancia geopolítica; el impacto negativo del autoritarismo del ejército español; la sobrerrepresentación política del lobby pacifista; la invisibilidad de las políticas democráticas de defensa colectiva; la confusión entre militarismo y política de defensa; o bien creencias como que un estado moderno puede prescindir de un ejército o que la existencia de tal cuerpo de seguridad es contrario al fomento de la paz en el mundo.

Una de las premisas básicas que defiende Jaume Clotet en su capítulo acerca de los tópicos que rodean esta discusión es que la libertad de una nación es ilusoria si ésta no cuenta con los medios para asegurarla.

Define la política de defensa como "la suma de todas las decisiones que toma un Estado relativas a la organización, gestión y activación de las capacidades militares requeridas para la seguridad de sus habitantes, de sus instituciones, de seu territorio, de sus puntos neurálgicos, de su economía, de sus intereses estratégicos, de su ciberespacio, y también para satisfacer sus compromisos internacionales".

En este sentido, se quiere poner el acento en la inexcusable necesidad de tal política, cuya institución sería ajena a las ideologías: el debate político debe ser posterior, y girar en torno al modelo de defensa. 

Además, tanto Clotet como David Bajona, insisten en rebatir el argumento económico contra la institución de un ejército. Creen que Catalunya podría y debería ceñirse a la recomendación de la OTAN, a saber, que se destine cerca de un 2% del PIB a defensa. Por un lado, su intención es  combatir el argumento antiindependentista según el cual, en caso de secesión, el establecimiento de un ejército mermaría la economía catalana. Por el otro, oponerse al argumentario de la izquierda pacifista que ve el gasto militar como una injustícia instrínseca en la distribución de recursos.

Así, afirman que sería una error asumir que ahora Catalunya no está realizando esfuerzo económico alguno en defensa, pues está contribuyendo, como el resto de comunidades, a los 5.767 M€ presupuestados por el Ministerio de Defensa. El argumento es simple y directo: "la política de defensa te la haces o te la hacen". Y para abordar el debate sobre la pertinencia social de un gasto semejante, exponen que existen una serie de contraprestaciones a tener en cuenta: el retorno estratégico, tecnológico y económico de la industria de defensa.

En general, las diferentes voces —no siempre armónicas— que arman las tesis de Política de defensa i Estat propi, coinciden en presentar el ejército como una administración moderna, indispensable para formar parte de la comunidad Europea. Hablar de "cultura de la paz", en este contexto, solo tendría sentido —y sería realista— si la entendemos como sinónimo de autodefensa colectiva. Toni Florido, en su capítulo sobre los aspectos políticos de la defensa, pone sobre la mesa el concepto de "equilibrio de poder" para justificar la necesidad de esta autodefensa, y concluye tajante: la desmilitarización no es una opción.

¿Cómo sería el ejercito catalán?

Si habíamos dicho que hasta ahora abordar la cuestión del ejército en Catalunya había sido impensable, el capítulo de Dorcha Lee —excoronel de las Fuerzas de Defensa de Irlanda— es una potentísima vacuna contra toda reticencia a imaginar unas Forces de Defensa de Catalunya (FDC). 

El excoronel no solo propone un mapa detalladísimo de las amenazas que podrían llegar a afectar Catalunya —desde el terrorismo hasta la invasión del territorio, pasando por la "migración incontrolada" o las "armas de destrucción masiva"—, sino que define con exactitud el perfil de el ejército del Estado Catalán.

24.000 efectivos, 16.000 de los cuales serían regulares y 8.000 reservistas, repartidos en 3 batallones de infantería (mecanizados con vehículos blindados); 1 batallón de carros de combate; 1 batallón de artillería (artillería ligera de campaña, morteros pesados y misiles antiaéreos); 1 compañía de reconocimiento; 1 compañía de ingenieros; 1 compañía de comunicaciones; 1 compañía de policía militar; 1 batallón de logística; compañías de transporte, médicas, de municiones, de mantenimiento y de subministramiento; un cuartel general de brigada; 1 compañía de operaciones especiales; 1 compañía de ciberguerra; 1 compañía de comunicaciones del cuartel general del ejército.

También 2 fragatas, 4 unidades de desminadores, un escuadrón de 30 cazas F-16 y un equipo de helicópteros, además de todos los equipos de transporte, comunicación y unidades sanitarias. Se descartan portaaviones y submarinos.

En la mayoría de textos, se aboga por una visión republicanista del ejército. Esto es, entender que su función va más allá de la protección de los derechos individuales y buscar, en consecuencia, una implicación de la esfera pública y de los ciudadanos en materia de defensa. Dado que se trataría de un estado pequeño, se requeriría no solo de un ejercito profesionalizado, sino también de un cuerpo de voluntarios.

La milicianos ya han ganado su primera batalla

Que el Presidente de la Generalitat se atreva a hablar del Ejército Catalán en un momento en el que cualquier comentario suficientemente ambiguo es utilizado para demonizar al adversario político, significa que los partidarios del establecimiento de unas Forces de Defensa de Catalunya ya han ganado su primera contienda.

De hecho, desde la disolución del Exèrcit Popular de Catalunya, constituido el 1936 y integrado dos años después al Ejército Popular de la República, nunca hasta ahora se había planteado tan abiertamente su necesidad.

De modo que, independientemente de la opinión que nos merezcan los argumentos expuestos en Política de defensa i Estat propi, está claro que, en caso de secesión, sus ideas formarán parte del argumentario público mediante el cual se discutirá el modelo de defensa que deberá adoptar el futuro Estado Catalán.

Si no queremos ver las Forces de Defensa de Catalunya como una realidad ineludible, es urgente estructurar las tesis pacifistas y antimilitaristas que hasta ahora son solo un rumor de fondo, un sentimiento general pero inconcreto, en un ideario programático.

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