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Neruda dudó sobre si hablar en público de la homosexualidad de García Lorca

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La nueva edición de 'Confieso que he vivido' incluye unos textos que revelan que el chileno temía dañar el prestigio del español

Alberto Del Castillo

21 Julio 2017 13:24

Si Neruda y Lorca hubieran podido elegir, probablemente habrían decidido conocerse en otro punto de la geografía mundial. A ninguno de los dos les hacía especial ilusión estar en Argentina en 1933. Circunstancia lógica, al fin y al cabo, ¿quién iba a querer habitar en un lugar durante un periodo que después sería llamado la Década Infame o La República imposible?

Entre 1927 y 1933, Neruda hizo del nomadismo su modo de vida. Aspiraba a convertirse en diplomático y la forma de lograrlo era hacer del objetivo un largo trayecto con distintos hitos: Birmania, Sri Lanka e Indonesia fueron las paradas previas a Buenos Aires, último alto en el camino antes de partir hacia Europa, donde pretendía establecerse.

Por su lado, Lorca estaba de gira, casi como una estrella de rock, con Bodas de sangre. Lola Membrives le mandó al poeta granadino una petición formal para representar su obra en Buenos Aires. Lorca aceptó y la obra se representó más de ciento cincuenta veces durante seis meses: esta circunstancia le permitía conquistar la independencia económica.

bodas de sangre

Coincidiendo en tiempo y espacio, no es de extrañar que las citas entre ambos se sucedieran y que el arte de uno y otro llegara a confluir. La unión del estilo de Lorca y Neruda alcanzó su máxima expresión en forma de un discurso al alimón.

En la cena del Pen Club de Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1933, sentado uno en cada punta de la mesa, ambos presidiéndola, Neruda empezó el sainete. “Damas”, dijo el chileno. “Caballeros”, contestó el granadino.

En boca de uno y en boca de otro, el discurso fue avanzando hasta tomar forma de homenaje a Rubén Darío. Lorca puso el punto final: “Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español Rubén Darío…”

La admiración de uno hacia otro fue recíproca, la prueba más inmediata son las líneas, hasta hace poco inéditas, que escribió Neruda sobre el autor del Romancero Gitano: “todas las luces de la inteligencia lo vestían de una manera tan espléndida que brillaba como una piedra preciosa. Su cara gruesa y morena no tenía nada afeminado, su seducción era natural e intelectual”.

No pasaron muchos meses sin verse: Lorca volvió a España a alturas de febrero de 1934 y Neruda fue a vivir a Madrid a mediados del mismo año.

La presentación entre la farándula madrileña por parte del granadino fue halagüeña, como no podía ser de otra forma: “un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía; más cerca del dolo que de la inteligencia; más cerca de la sangre que de la tinta”.

Lorca llegó incluso a dedicar unos versos a Malva Marina, la hija que Neruda tuvo con María Antonieta Hageenar. Y lo hizo con mucha más mesura, cariño y respeto que su propio padre. Malva Marina tenía hidrocefalia y Neruda se refirió a ella como “una especie de punto y como” o como “una vampiresa de tres kilos y medio”. Lorca dejó escrito:

¡Malva Marina, quién pudiera verte

Delfín de amor sobre las viejas olas,

Cuando el vals de tu América destila

Veneno y sangre de mortal paloma!

Niñita de Madrid, Malva Marina,

No quiero darte flor ni caracola;

Ramo de sal y amor, celeste lumbre,

Pongo pensando en ti sobre tu boca

malva marina

Sin embargo, Lorca nunca llegó a ver el desprecio y la renuncia posterior a la que Neruda sometió a Malva Marina. El 18 de agosto de 1936 a las 4:45, Ramón Ruiz Alonso fusilaba a Lorca.

Tras su asesinato, una de las primeras intervenciones en las que Neruda se refirió a Lorca se produjo en enero de 1937, durante un homenaje al granadino: “perdonad que de todos los dolores de España os recuerde solo la vida y muerte de un poeta. Es que nosotros no podremos nunca olvidar este crimen, ni perdonarlo. No lo olvidaremos ni lo perdonaremos nunca. Nunca

La relación entre ambos, a pesar de durar sólo tres años, fue muy intensa. Las palabras de Neruda también se estructuraron en forma de oda al granadino:

Y conversando entre nosotros,

Ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,

Hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:

¿Para qué sirven los versos si no es para el rocío?

Pero no ha sido hasta este año, al publicar Seix Barral una reedición de las memorias de Neruda -Confieso que he vivido-, cuando hemos conocido los reparos del chileno a la hora de hablar de la homosexualidad de Lorca. El silencio era para Neruda una forma de proteger la fama de su amigo.

“Hay una manera oscurantista de tratar el homosexualismo de Lorca, tema que me parece inevitable. La manera española y latinoamericana: esconder cuidadosamente esta inclinación personal de Federico”, así empieza El último amor del poeta Federico, un texto inédito.

Los documentos fueron encontrados por la Fundación Neruda en una de las casas del poeta dentro de una carpeta que perteneció a su viuda Matilde Urrutia. En ella, de hecho, había un texto escrito por la misma Urrutia: “fueron muchas las veces que conversamos con Pablo si debía incluirlo o no. Me dijo textualmente: ‘¿Está el público suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio?’ Era su duda. Yo también dudé y no lo incluí en las memorias”.

La totalidad de textos encontrados añaden un centenar de páginas a las memorias originales. Sin embargo, salvo estos hallazgos acerca de sus dudas, no revelan ningún nuevo dato esencial: sirven para complementar y añadir información a textos a la obra publicada originalmente a 1974.

Se trata de un descubrimiento que ha de pensarse, además, en el contexto de unos vídeos inéditos de Neruda que hizo públicos recientemente la Universidad de Chile.

No es la primera reflexión que surge relativa a Confieso que he vivido. Publicada seis meses después de su muerte hace 43 años, se ha hablado mucho del capítulo de la presunta violación a una trabajadora de la limpieza durante una de esas etapas en el extranjero. No deja de resultar irónico que se preocupe por no hablar de la orientación sexual de Lorca para no menoscabar su prestigio y, sin embargo, él decida incluir un pasaje sobre una violación.

Se entiende que, en el contexto de una sociedad reaccionaria, Neruda pretendiera que el respeto y cariño hacia Lorca perviviera, y que por ello se centrase en su obra, dejando a un lado orientación sexual. Sin embargo, aunque la actitud del chileno se presupone elogiable, quizás no sea la correcta, ya que el granadino fue fusilado, entre otras cosas, por ser homosexual.

Confieso que he vivido

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