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Una voz dura y angustiante que nos dice: qué difícil es encontrar un buen hombre

Esta es una de las dos únicas grabaciones que se conservan de Flannery O'Connor, registrada en 1959 durante la lectura de uno de sus cuentos en la Vanderblit Univeristy

La voz de Flannery O'Connor es dura, pero no estridente. Lee rápido, encadenando las palabras sin apenas trastabillar, preocupándose lo mínimo por respetar las pausas a la que le obliga la puntuación, su propia puntuación.

Porque es 1959 y la escritora americana está en Nashville, en la Vanderblit University, leyendo uno de sus cuentos más famosos, Un hombre bueno es difícil de encontrar.

Es una de las dos únicas grabaciones que se conservan de ella.

Declama con una extraña precisión, como si en lugar de un texto literario estuviera recitando el prospecto de un medicamento o las instrucciones para salir ordenadamente del edificio en caso de incendio. No hay inflexiones, ni entonación que acompañe las emociones de los protagonistas, como si con su monótona cadencia quisiera subrayar la descorazonadora intuición con la que se cierra el relato.

"No hay verdadero placer en la vida."

O'Connor moriría cinco años después, a causa del lupus. Le habían diagnosticado la enfermedad en 1951, cosa que la había obligado a regresar a Milledgeville, la granja familiar donde se había criado. Era allí donde se encontraba cuando publicó Un hombre bueno es difícil de encontrar, un libro de relatos sombrío, impregnado de una melancolía estática que queda perfectamente resumida en la idea que vertebra el libro.

Una idea simple, expresada con el sarcasmo del que se sabe abatido: es difícil encontrar hombres buenos porque queden pocos, porque siempre ha habido pocos.

La literatura de O'Connor se asoció con el imaginario sureño, con su tendencia a lo grotesco. Estamos hablando de la parte más salvaje de Estados Unidos, de su corazón rural. La crítica quiso ver en sus personajes la traducción de este universo, siempre dibujado desde la exageración, desde la caricatura.

Pero en la única otra grabación que se ha conservado de la actriz, O'Connor se defiende: "he descubierto que cualquier cosa que venga del Sur va a ser llamada grotesca por los lectores norteños, a menos que sea grotesca, en cuyo caso va a ser llamada realista."

No en casualidad, entonces, que Joyce Carol Oates afirme que más que con Faulkner, la literatura de la escritora de Milledgeville entronca directamente con Kierkegaard y Kafka. Porque lejos d e la orografía nacional que encontramos en autores como Cormac McCarthy o John Steinbeck, los relatos de O'Connor nos confrontan con una irrealidad sucia, con una angustia incorpórea.

La voz dura, la lectura rápida y sin inflexiones. Quizá sea la única forma de interpretar su narrativa. 

(Via Open culture)

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