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Pocos conocen la historia de cuando el Senado ardió por culpa de una piscina

Una ficción basada en hechos reales

Cuando Fernando Abellán no olía a Varon Dandy y Ducados, lo hacía a Soberano. Le gustaba sentarse en su amplio asiento del Senado, desabrocharse el botón del pantalón, descalzarse y contar chistes de gangosos a sus compañeros de partido.

No había dado un palo al agua en su vida porque de pequeño se había quedado con una expresión: “quien tiene padrino comulga”. A los trece años, si le preguntaban qué quería ser de mayor, había aprendido a decir “¿Yo? Funcionario”, a lo que los adultos le reían la gracia.

Una risa parecida a la que le salió un viernes de octubre de 1992 mientras estaba con dos “gachis”, como a él le gustaba decir, en un bar de la Calle Orense. Sabiéndose protagonista, recibió la pregunta para la que siempre tenía preparada la misma respuesta: “¿Yo? Represento a España, como Butragueño”.

Con un codo en la barra y una copa de balón llena de brandy en una mano, Fernando profundizó en la respuesta y dijo que les contaría un secreto —que no era tal, porque ya había salido repetidas veces en prensa—: “En el senado tenemos piscina climatizada”.

Fernando, viendo cómo aumentaba el interés de ambas, empezó a fardar:

—Sí, y puedo ir por la noche siempre que quiera porque tengo las llaves.

—Pues llévanos ahora- dijo Rosana quien, igual que Manuela, en verdad no tenía interés alguno en Fernando y no le creía ni una sola palabra de lo que decía.

—No, ahora no... Mejor este martes.

Como el lunes no trabajaba, tenía que esperar al día siguiente para pedir las llaves a Antonio, el guarda jurado del edificio.

—Joder, Antonio. Si no te cuesta nada.

—Que no, Fernando. Que se me puede caer el pelo.

—Pero, a ver, vamos a tratar de entendernos. Tú me das las llaves, yo entro sigilosamente, dejo todo como está y mañana estoy en tu casa a primera hora con el manojo.

—No.

—Pues le digo a Román que la semana pasada viniste tú con la parienta.

—Qué cabrón eres.

Fernando, maestro del chantaje, se había montado unas expectativas que le estaban quedando preciosas. “Un trío. Ya verás cuando lo cuente el miércoles”, era la idea que no dejaba de rondar su cabeza.

Se habían citado a las 22:30 en la parada de metro de Plaza España. El edificio del Senado era de reciente inauguración y ni Rosana ni Manuela sabían dónde quedaba exactamente, así que ahí estaban los tres a la hora fijada.

Anduvieron los cinco minutos que separaban el sitio de quedada del puesto de trabajo de Fernando, que se sentía poco menos que San Pedro con el manojo en su bolsillo.

Miró a ambos lados, asegurándose de que no había nadie, y abrió el portón. Atravesaron unas cuantas salas hasta llegar a la piscina, de estética burdelesca: las luces perimetrales en el techo, la piedra berroqueña en las paredes y la sauna al fondo hacían del espacio un lugar familiar para Fernando.

Fue al mueble bar del edificio, cogió una botella de güisqui, tres vasos y unos hielos y sirvió unas copas para dar pie a un ambiente algo más distendido. El curso de la conversación estaba siendo totalmente satisfactorio para Fernando que, un tanto ebrio y con toda la sangre en un punto concreto de su cuerpo, no era del todo consciente de lo deprimente de la situación.

Ellas estaban en la piscina sin prestar atención a las palabras de Fernando, mientras él daba tragos cortos y caladas largas entre frase y frase.

Terminó el cigarro que se estaba fumando, lo posó sobre el pulgar y con el corazón lo empujó a su suerte: la colilla trazó una parábola perfecta y se alojó entre el montón de periódicos y revistas amontonados en una esquina.

—Hacía tiempo que no estaba tan cómodo con alguien. Sois increíbles, chicas- dijo Fernando apenas sin pensar con el posible caliqueño posterior en mente.

E, inesperadamente, surgió la chispa. Pero no entre las dos mujeres y el senador. Surgió la chispa fruto del encontronazo entre cigarro y papel. Y después entre papel y cortinas. Y después...

El trío se dio cuenta del incendio cuando ya era tarde para sofocarlo y, mientras sin mediar palabra Rosana y Manuela cogían sus prendas y salían escopetadas por la puerta, Fernando fue a por el teléfono para alertar a los bomberos de lo que estaba ocurriendo.

La piscina, cuya dudosa presencia en el Senado se justificaba una y otra vez bajo el argumento de que serviría para apagar un incendio en caso de que lo hubiera, fue, de un modo u otro, la causante del mismo.

Fernando no esperó al camión e hizo algo parecido a lo que el capitán del Costa Concordia haría años más tarde: huir. Los vecinos se asomaban a la ventana y gritaban: “¡No pasa nada!, ¡no pasa nada!, el edificio es inteligente y dispone de un aljibe antiincendios”.

Los bomberos consiguieron extinguir el fuego gracias a las bocas de incendios de la Calle de Bailén y de la Calle Reloj. Uno de los problemas derivados de la neutralización fueron las heridas en la rodilla de un joven bombero, que estuvo en un mes de baja por una rotura de ligamentos.

Otro de los problemas, quizá el más grave, fue que en un esfuerzo por evitar el escándalo y buscar responsabilidades, Antonio fue despedido. Y fue despedido con la connivencia de Fernando Abellán quien, fiel a sus principios, no violó su propia omertá.

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