Books

El difícil tránsito de Abraham hacia la madurez

El día en que Abraham Mateo descubrió que era mortal #FICCIÓN

Una vez más, retrocede la barra de reproducción con un tirón del cursor. El vídeo vuelve a empezar.

Retre homenatge a una de les més grans veus valencianes contemporànies, el gran Nino Bravo

El portátil alumbra débilmente el cuarto, igual que si estuviera con una linterna bajo la sábana, iluminando su pequeño refugio. En la pantalla, un presentador demasiado entusiasta se explica en valenciano, con pelo cano y camisa de cuadros, mirando directamente a la cámara.

Mirándolo directamente a él.

Está seguro: el presentador ha dejado de dirigirse a un público ya inexistente para hablarle en privado, repitiendo las mismas palabras de siempre, grabadas en calidad VHS, pero que ahora parecen pronunciadas con cierta sorna, conscientes de la ironía que impone la distancia y la insistencia de la reproducción en bucle. Una especie de Pierre Menard de Youtube.

Una cançó inoblidable que es diu ‘Te quiero, te quiero’, en una portentosa veu. La de Abraham.”

Nunca había pensado en su nombre como en una maldición. “Abraham”.

En la escuela, le habían contado mil veces la historia del gran patriarca. Era un acto reflejo. Bastaba con decirles que se llamaba Abraham para que los profesores se viesen en la impostergable obligación de adoctrinarlo acerca de los orígenes de su nombre. Gozaban haciéndolo partícipe de la tragedia que planeaba sobre su identidad como una aeronave sin combustible.

Las versiones eran siempre diferentes, pero todos coincidían en presentar el gran patriarca como figura heroica, en llamarlo “caballero de la fe” y ensalzar su figura imponente, capaz de afrontar la vacuidad del reto que Dios le puso por delante. Creer en el absurdo, creer porque es absurdo: llevar a cabo el sacrificio más doloroso sin motivo, guiado solamente por la certidumbre íntima de estar siguiendo la palabra del Señor.

Ése era el Abraham que le habían vendido, el Abraham que le presentaban como modelo e ideal a seguir. Lo utilizaban toscamente a modo de parábola, un blanqueamiento pedagógico de toneladas de literatura motivacional. Era un “si crees en lo que haces, conseguirás todo lo que te propongas”, pero revestido de sabiduría arcaica.

La idea de fondo estaba clara. Él debía abalanzarse sobre su talento con la convicción con que Abraham se abalanzó, cuchillo en mano, sobre su querido hijo Isaac. Cuidar de su voz pueril y limpia como el patriarca había cuidado de no dudar nunca de la voluntad del Todopoderoso. Creer en uno mismo o en las altas esferas. La cuestión era creer.

Sin embargo, por mucho que sus diferentes tutores se esforzaran en lo contrario, él terminó por figurarse un Abraham muy diferente. Nada de héroes trágicos, ni de honrosos caballeros de la fe.

Bien al contrario, lo imaginaba como la víctima de un sádico. Un vagabundo perdido y obsesionado con el paso del tiempo, atormentado por la lucidez de saber que su galopante vejez lo alejaba a cada segundo del único motivo que la quedaba para seguir con vida: tener un hijo. Cada año transcurrido era para el patriarca una condena, cada día un suplicio. Veía su talle reduciéndose al ritmo de las estaciones, los huesos asomando por entre sus carnes y la piel siempre un poco más andrajosa.

Encerrado en su cuarto, viendo en bucle los vídeos de sus primeras actuaciones, rememoraba el proceso que le había llevado a ser consciente de cómo esta imagen se había apoderado lentamente de su imaginación.

¿En qué momento se había dado cuenta que le angustiaba la idea de hacerse mayor?

ABRAHAM MATEO, DE NIÑO A HOMBRE

ABRAHAM MATEO HA PASADO DE NIÑO DULCE A UN HOMBRE MUY SEXY

ABRAHAM MATEO YA NO ES UN NIÑO, AHORA ES UN CLON DE MALUMA”.

EL NUEVO ABRAHAM MATEO: ADIÓS AL CHICO BUENO

Tras el aluvión de titulares de los últimos meses, muchos de sus amigos empezaban a intuir sus miedos. Sus preguntas mal disimuladas le daban a entender que ellos creían que publicar las fotos sin camiseta en Instagram formaba parte de una especie de estrategia para ir acostumbrando al mundo, y acostumbrándose a sí mismo, al hecho que jamás volverían a mirarlo con la mezcla de esperanza y sincero aprecio que iba asociado a la etiqueta de “niño prodigio”.

El gran golpe, sin embargo, no se produjo con los titulares. Eso fue mucho antes.

Y digo el gran golpe porque su nombre no era el único peso que arrastraba desde pequeño. Tampoco las invitaciones a creer en sí mismo no eran las únicas que constantemente recibía.   Los comentarios de familiares, managers y amigos lo apuntalaban con violencia. “Esto no te va a durar para siempre”. “He visto a muchos como tú quemarse en pocos meses”. “Ahora les haces gracias, pero en cuanto crezcas y te cambie la voz, no serás nada”.

En el fondo querían aconsejarlo, prepararlo, ayudarlo. Pero en realidad, sin quererlo, convertían sus palabras en amenazas. Le reprochaban que no fuese inmortal, que su organismo estuviera también sometido al tiempo, a la entropía y a la destrucción.

El gran golpe se produjo durante unas vacaciones familiares. Estaban en Madrid, y aprovecharon para ir a visitar el Museo del Prado. Como todos, lo visitaron por inercia, para cumplir con las leyes no escritas del turismo cultural. Velázquez, Goya y, oh, el Jardín de las Delicias.

Sin embargo, él se perdió o se quiso perder. Dedicándose a mirar a la gente mirar los cuadros, finalmente decidió unirse discretamente a uno de los grupos que estaban realizando una visita guiada. Los fue siguiendo sin que nadie advirtiera su presencia. Tampoco prestaba mucha atención, simplemente gustaba de sentirse recogido entre esa masa distraída que iba persiguiendo al hombre del micrófono. Descansaba en su borreguismo.

Al cabo de un rato, se detuvieron ante un cuadro poco impresionante, pero por lo visto importante. Como les reveló el guía, que se trataba de una pintura de Rubens en su etapa madura, un lienzo de amplio formato que resultó de la colaboración con el que por aquel entonces era su discípulo, Anton Van Dyck.

Se llamaba Aquiles descubierto por Ulises y mostraba una escena clásica de la mitología griega: Tetis, la madre de Aquiles, sabía que su hijo, a pesar de ser inmortal, moriría si marchaba a luchar en la guerra de Troya. Por esa razón, decidió esconder a Aquiles en el gineceo de la corte de Licomedes, disfrazado como una doncella más. Allí el hijo de Testis podría vivir para siempre, pero a un precio muy elevado: no ser nunca un sujeto singular.

La mortalidad es el privilegio de las individualidades genuinas y, como tal privilegio, debe ser conquistado con esfuerzo: elegirse a un alto coste y luego aprenderse”.

El guía les estaba leyendo un texto de Javier Gomá Lanzón donde se desgranaba el sentido del cuadro. Abraham no podía dejar de pensar en su tocayo, y en como la historia de Aquiles para él representaba el negativo fotográfico de esa tragedia bíblica que tantas veces le habían contado.

Como, a imagen de Aquiles, nacemos divinizados y en la adolescencia hacemos de nuestro yo un gineceo, la tarea de aprender a ser mortal exige la capacidad y las energías de toda una vida; para muchos, incluso la vida entera es demasiado breve para aprender la mortalidad.

Ese fue el gran golpe: descubrir que estaba condenado a encarnar dos tragedias opuestas.

Como Aquiles, había pagado la fama con su mortalidad. Pero, al mismo tiempo, esta mortalidad era para su carrera una losa que debía arrastrar inutilmente, con la misma fuerza que lo hizo Abraham, pero sin su fe.

Cerró la pestaña de Youtube y tecleó su nombre en el buscador. La pantalla la iluminaba la cara.

ABRAHAM MATEO, DE NIÑO A HOMBRE”. 

Sonrió. Era un epitafio perfecto.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar