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Un voto, unas urnas: un discurso manipulador y falaz

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"El argumento de que es solo un voto, de que son solo unas urnas, es manipulador y falaz. Se está votando una desconexión ilegal. Se está votando sin ningún tipo de rigor: todo está en el aire, desde el censo hasta el recuento"

Ricardo Dudda

12 Septiembre 2017 15:46

Aunque el debate en el Parlament de Cataluña del 6 y 7 de septiembre, en el que se votaron ilegalmente la ley del referéndum y la ley de transitoriedad, estuvo lleno de discusiones legales y procedimentales, lo que ocurrió fue bastante sencillo de comprender. Una mayoría parlamentaria aplastó los derechos de la oposición, que no pudo evitar que una ley que proclamaba la independencia unilateral se votara como si se legislara sobre pesticidas o cuotas pesqueras. Arturo Puente explica en El Diario qué derechos de la oposición se vulneraron exactamente. Sin procedimientos y leyes claras no hay democracia.

Es grave que se vulneren los derechos de la oposición, pero más aún que se haga con el pretexto de una declaración de independencia unilateral, en contra de la mitad de los catalanes, y sin negociación alguna con el Estado. El argumento de que el Estado no quiere negociar no es suficiente para realizar un golpe antidemocrático que es mucho más hiriente para los ciudadanos catalanes que para el gobierno central y el Estado. En El Periódico, Eduard Roig Molés escribe que el procés está obsesionado con una ilusión de legalidad, pero no tiene ni la legalidad ni la legitimidad: no tiene “el apoyo claro y ampliamente mayoritario del conjunto de los ciudadanos catalanes. Sin él, el proceso nunca podrá presentarse no ya como legal (lo que resulta irrelevante para fundar un nuevo Estado) sino como legítimo. Y la parodia de legalidad que observamos estos días pretende ocultar esa realidad política”. Roig Molés explica que “lo que se acaba de decir puede también aplicarse a la correlativa fascinación judicial del Gobierno del Estado, que no comprende que ante una actuación que no tiene de jurídica más que el nombre no sirve la reacción jurisdiccional.” En un editorial de CTXT hablan de esa falta de legitimidad: “si los resultados [del referéndum ilegal del 1-O] fueran los mismos que los de la consulta del 9-N, esto significaría que el 34 por ciento del censo catalán decidiría la ruptura con España. ¿Puede alguien justificar algo así?”

Como el procés no puede extraer la legitimidad de un apoyo ciudadano, que no llega a la mitad, la busca en una represión del Estado que no existe. Pero como dice Xavier Vidal Folch, Cataluña no es Kosovo: “El ejemplo de Kosovo es el que aduce, como principal base jurídica supuestamente aplicable al caso catalán, el preámbulo de la proposición de ley del referéndum de autodeterminación”. Pero Cataluña no ha sufrido “la expulsión de 700.000 de sus ciudadanos a cargo del Gobierno central (como provocó Serbia). Ni la supresión violenta de su Administración propia (como decretó Belgrado). Ni una asfixiante ocupación policial y militar (como desplegó el mando de la federación). Ni ha tenido que ser liberada de nadie por un Ejército internacional (la KFOR, sustentada en la OTAN). Ni ha estado casi un decenio bajo la administración tutelar de la ONU (como ocurrió con Kosovo entre 1999 y 2008), que recomendó, al fin, su independencia.” 

Vidal Folch es una de las voces imprescindibles para entender el procés. En “La ley que viola todas las leyes” explica por qué la ley del referéndum no cumple, como piensa Junts pel Sí, con el derecho internacional: “Incumple las resoluciones de la ONU que proclaman el derecho de autodeterminación y amparan la secesión de los países bajo dominación colonial o yugo extranjero. Pretende apelar a un dictamen del Tribunal de la Haya que validó la independencia de Kosovo porque eso era lo que permitía su Marco Constitucional —lo contrario de lo que sucede en este caso— y lo que proponía Naciones Unidas. Y viola todas las estipulaciones y recomendaciones sustantivas de la Comisión de Venecia del Consejo de Europa, el organismo continental de referencia, que asesora y enjuicia sobre reformas constitucionales y referendos.”

El argumento de que es solo un voto, de que son solo unas urnas, es manipulador y falaz. Se está votando una desconexión ilegal. Se está votando sin ningún tipo de rigor: todo está en el aire, desde el censo hasta el recuento. Y el contenido del voto no es simplemente el sí o el no, dado que el Parlament ha aprobado ilegalmente una ley, la de transitoriedad, que servirá como carta magna hasta que se apruebe una constitución catalana, que incluye varios tics autoritarios. Según Soledad Gallego Díaz, “el compromiso social de la ley es más débil que el de la Constitución Española. El reconocimiento específico de derechos sociales se reduce al punto segundo del artículo 23, exactamente cuatro líneas, 40 palabras, de un total de 45 folios. Es difícil comprender cómo los dos partidos firmantes que se reclaman de izquierda (ERC y CUP) han podido aceptar un texto tan poco preciso en ese campo y tan estricto en otros.” Y no solo eso: es una ley en la que se incluye el poder judicial supeditado al poder ejecutivo: tanto quejarse del Tribunal Constitucional al servicio del Gobierno para acabar haciendo lo mismo.

En Letras Libres Miguel Aguilar separa el problema territorial, del encaje de España en Cataluña, y el procés, que es un problema estrictamente legal. Los dos problemas hay que analizarlos de manera separada: “El inmovilismo del PP es un problema previo que denota una visión de Estado miope en la derecha española, pero no es el momento de hablar de eso, con la pistola de la secesión unilateral encima de la mesa.” La izquierda tiene un problema cuando necesita acusar al Gobierno central antes de criticar al nacionalismo catalán.

No es difícil ser optimista con el problema catalán. La polarización creada no se va a solucionar fácilmente. Quizá no estamos pensando que realmente no existe solución, en el siglo XXI y en democracia, a las aspiraciones nacionalistas de una región rica que desea separarse de las regiones pobres. En una entrevista con el diario Nació Digital, Sergi Pàmies afirma que “jo em trobo en la convicció que aquest és un problema sense solució. Hi ha problemas que no tenen solució a la vida, cosa que no estem explicant.”  


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