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¿Habéis visto qué belleza? Eso de allí es Occidente, muriéndose

¿Cuándo comenzó a fallar el corazón de Europa?

Somos organismos. Como tales nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos.

Somos organismos; entre todos nos mezclamos, nos unimos, y juntos creamos sociedades y culturas que a su vez son organismos destinados a crecer, a reproducirse y a morir. Ya lo escribió Karl Ove Knausgard al comienzo de sus memorias: “La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para.”

Para el filósofo francés Michel Onfray, de hecho, Occidente tiene un enorme corazón que hace ya tiempo empezó a fallar. Sin embargo, contradiciendo a la cita de Knausgard, la vida de ese músculo palpitante nunca fue demasiado fácil, y quizá es por eso que ya que anda en sus últimas horas, haya que dejarlo ir.

Onfray, prolífico ensayista conocido especialmente por sus estudios sobre el ateísmo, acaba de golpear la rentrée literaria de invierno con un volumen de casi 700 páginas cuyo peso, sin embargo, no está precisamente en su extensión.

Este libro, titulado Décadence (Decadencia) está marcando la actualidad cultural francesa mientras asombra a algunos críticos que han encontrado en él un horrible retrato del presente de Occidente, y en especial de Europa.

“Una tesis provocadora, debilitada por la perspectiva sesgada y parcial de la historia cristiana contada por el filósofo ateo”, anunciaba Henri Tinq en Slate. O bien: “¿Cómo ha pasado un vitalista filósofo de izquierda a convertirse en un reaccionario?”, se preguntaba Marie Lemonnier en BiblioObs, para luego responderse a sí misma: “esa es la gran paradoja de Onfray, que prefiere declararse trágico, en lugar de optimista o pesimista, y que pretende proponer aquí una nueva filosofía de la Historia”.

Del título a la introducción de Décadence adivinamos que quien escribe aquí es alguien apesadumbrado. Un hombre que ha perdido la fe en su tiempo y en sus compañeros, y que no tiene miedo de augurar lo peor para estos. Al fin y al cabo, se dice, no somos más que eso, organismos. Los mismos que descienden de aquellos que antaño pintaron con sangre las paredes de las cuevas o construyeron pirámides; los mismos que en otro tiempo pertenecieron a civilizaciones de las que hoy no quedan más que recuerdos. Y entonces, ¿qué quedará de nosotros? ¿Y cuáles son las pistas por las que Michel Onfray adivina que nos estamos muriendo?

Para Onfray, la idea de Europa y de nuestra cultura judeocristiana nació de una ficción —la figura de Jesús— y eso es algo en verdad nos ha ayudado a crecer siglo a siglo sólo a base de contarnos mentiras. Hoy, sin embargo, vivimos un tiempo en el que esas mentiras ya no nos valen, y en el que la solidaridad ha fracasado.

La nuestra es una Europa insolidaria.

Una Europa que no sabe acoger.

Una Europa misógina.

Una Europa debilitada.

Una Europa que fabrica a los que la odian en su propio vientre.

Una Europa que ya no está a la cabeza de un Occidente igualmente en fase terminal.

A través de un “recuento” histórico —es decir, de una reescritura de lo que significaron las grandes civilizaciones del pasado —, Onfray detalla los signos y los hechos que llevaron a que estas desaparecieran o dieran paso a otras.

Para él, las mismas señales políticas, climáticas y culturales que mostraron la desaparición de sociedades como el imperio romano podrían darnos las claves para entender nuestro propio declive: ¿el terrorismo, el choque de culturas y religiones, el cambio climático, los nuevos enfrentamientos de potencias mundiales?

No le falta razón en muchos fragmentos. Onfray describe la muerte como algo bello y necesario para poder dar paso a un nuevo nacimiento. Sí es verdad que a menudo el filósofo parece solo refunfuñar, o que sus palabras nazcan de un desconsuelo mal digerido, algo que además se puede intuir cuando algunos medios que lo han entrevistado tras la publicación de Décadence le preguntan por las inminentes elecciones francesas y él declara, rechinando los dientes, que no votará.

En una entrevista concedida a France Info, Onfray expresa duras palabras para sus compatriotas: “Ya no tenemos ideales. Hoy no encontrarás a un francés dispuesto a morir por la libertad, la fraternidad, la igualdad, la laicidad o el feminismo. Pero sí que hay una minoría creciente en el islam dispuesta a morir por sus ideas”.

Esta crítica a sus compatriotas y en definitiva al hombre occidental está muy presente en su manera de contar la historia, y especialmente en una de las partes más interesantes de Décadence, la tercera, en la que hacia el final desgrana el “nihilismo europeo” moderno. Esta crítica, además, es la que más ha molestado a algunos lectores y periodistas, que lo tachan de alarmista, y lamentan la casi total ausencia de propuestas o soluciones.

“Todos morimos, no pasa nada”, es el mensaje del autor, casi como si escribiera desde un barco en altamar, mirando un horizonte de tierra en el que una hermosa guerra se libra y nuestro viejo continente se desintegra.

El pesimismo —o la tragedia— de Onfray, así como esa impresión de pérdida de toda esperanza chocan además de lleno con la nueva ola de novelistas y pensadores que está naciendo en su país. Ahí están nombres como el de Aurélien Bellanger, que acaba de publicar la novela Le Grand Paris (El gran París), un texto que recupera la Francia de ayer, la de los 2000 y la de Sarkozy, quizá para poder explicar los problemas de hoy. Y nombres, sobre todo, como el de Tristan Garcia, que a finales de 2016 publicó el ensayo Nous (Nosotros), un texto que aunque nace de la preocupación por el momento actual, está en las antípodas de Décadence, pues destila más optimismo, se preocupa por redefinir una Europa capaz de unificarse bajo un “nosotros”.

Lleva razón Onfray cuando dice que somos organismos preparados para nacer, crecer, reproducirse y morir. Y antes de la muerte, está la decadencia.

El filósofo ha sido valiente al querer contarla, aunque su anuncio a ratos suene rimbombante y extenso.

Habrá que aprender de su historia, pero también dejarle marchar en su barco. Él nos mirará desde lejos en la batalla, pues Occidente morirá, pero el corazón de los que lo habitamos aún late.  

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