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Todos los cuentos que te contaron de niño son historias de violencia sexual

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'Caperucita Roja', 'Blancanieves' o 'La Bella durmiente'... todos esconden un oscuro mensaje (según esta escritora)

Xaime Martínez

30 Marzo 2017 18:00

La sangre proviene siempre de la vagina: ya sea por nacimiento, por origen menstrual o por un himen que acaba de ser roto.

De igual forma, los peores lobos son aquellos peludos por dentro.

O al menos, esa es la opinión de Caperucita Roja en la salvaje versión del relato que hizo Angela Carter en La cámara sangrienta.

Este libro —que acaba de ser reeditado por Sexto Piso con ilustraciones espléndidas de Alejandra Acosta— es tal vez uno de los más conocidos de la escritora inglesa y significó, en el momento de su publicación a finales de los 70, una revolución en la forma en que el feminismo narraba sus historias.

El conjunto de relatos recogidos en La cámara sangrienta se sustenta sobre cuatro pilares: los cuentos fantásticos, las narraciones tradicionales o folclóricas, el feminismo y el psiconanálisis.

Por muy improbable que suene la combinación, en la voz de Angela Carter estas referencias funcionan con fuerza y de manera simultánea.

El procedimiento es aparentemente sencillo: la narradora extrae "el contenido latente de los cuentos tradicionales" y lo emplea "como punto de partida de nuevas historias", que entonces revelan su sustrato "violentamente sexual".

Así, a partir de cuentos tomados de Perrault, de los hermanos Grimm, de Madame de Beaumont o de la literatura oral irlandesa o nórdica, Angela Carter construye relatos de terror poblados por heroínas atormentadas, empoderadas o sádicas, por príncipes-psicópatas, lobos domesticados y galanes ciegos.

Con un dominio casi total del lenguaje de la literatura fantástica, La cámara sangrienta presenta versiones de relatos como "Barbazul", "La Bella y la Bestia", "Blancanieves", "La bella durmiente" o "Caperucita Roja", y todas ellas nos revelan una oscura verdad sobre los textos originales.

Si algo distingue a los cuentos de Carter de las versiones que hace unos años triunfaron en Hollywood —la más emblemática de ellas tal vez sea Shrek— es que hay poco humor en la escritora inglesa: si acaso, una ironía terrible y un humor tan negro que a veces parece del color de la sangre coagulada.

Además, su lectura del material tradicional no es en absoluto maniquea.

Los relatos contenidos en La cámara sangrienta hacen gala de un simbolismo denso y de una perversión decantada por muchos siglos de historia, al mismo tiempo que evitan juzgar a sus personajes (porque saben que no están hechos de carne, sino de mito).

En el mundo de Angela Carter, que es el del infierno psicológico, todo es espeluznante y seductor y temible:

«Los niños de ojos graves de los pueblos dispersos siempre llevan cuchillos cuando salen a cuidar de los pequeños rebaños de cabras que proporcionan leche agria y quesos fétidos y agusanados a sus hogares. Los cuchillos son casi tan grandes como ellos, y las hojas se afilan diariamente».

El texto que da título al libro es una novela corta que versiona "Barbazul", uno de los cuentos más famosos recogidos por Perrault. En él, se describe cómo una adolescente cuya familia se ha visto empobrecida por la muerte de su padre decide casarse con un marqués que la corteja.

Él es el hombre más rico de Francia, así que la cubre de joyas y de vestidos carísimos y se la lleva a su solitario castillo.

Entonces comienza un ritual terrible: el de la tortura mental y física de la protagonista. El marqués la somete a diferentes capas de humillación, llegando a proponer exhibir sus sábanas ensangrentadas la noche de bodas como prueba de su virginidad.

Por medio de la culpabilidad y del deseo, el marqués logra obtener un control sobre la sexualidad de la protagonista, que en un rapto de (falsa) iluminación acaba descubriendo la cámara donde el sombrío noble torturó hasta la muerte a sus previas esposas, dándole así una excusa a su marido para matarla.

El cuento se transforma en ese momento en una versión retorcida y siniestra del Génesis bíblico, y las resonancias filosóficas hacen de él algo verdaderamente perturbador.

La ejecución, narrada con tintes medievales —a pesar de que el relato está ambientado en pleno siglo XX—, es detenida por la madre de la recién casada:

«Nunca habéis visto nada tan salvaje como mi madre, su sombrero confiscado por el viento y arrastrado al mar de manera que su pelo era una crin blanca. Piernas expuestas hasta el muslo, faldas recogidas alrededor de la cintura, una mano en las riendas del caballo encabritado y la otra en el revólver de servicio de mi padre, recortándose contra las grandes olas del violento e indiferente mar, testigo de una justicia furiosa. Y mi esposo permanecía inmóvil, como si ella fuera la Medusa, con la espada todavía alzada sobre su cabeza, congelado en uno de esos tableaux mecánicos de Barba Azul que se muestran en las ferias.

[...]

El día de su decimoctavo cumpleaños, mi madre había dado muerte a un tigre devorador de hombres que había causado estragos en los pueblos de las montañas del norte de Hanói. Ahora, sin un momento de duda, alzó el arma de mi padre, apuntó y puso una bala solitaria e irreprochable en la cabeza de mi esposo».

Los hallazgos estilísticos, el subtexto mítico, la subversión de la institución patriarcal... en los cuentos de Angela Carter, al igual que en este fragmento, todo ocurre a un mismo tiempo, en distintos e intricados niveles.

Con La cámara sangrienta, la escritora inglesa logra demostrar que —al contrario de lo que cree la abuela de Caperucita— con "vivir bien" no es suficiente para "mantener fuera a los lobos", porque tienen "formas de presentarse hasta en tu casa" y porque lo peor de todo es que "el lobo puede ser más de lo que parece".

Y sin embargo, tal vez la escritura ayude a destruirlos.

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