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Harkaitz Cano: “los millennials podrán ser más irreverentes con el conflicto vasco”

Una conversación con Harkaitz Cano, autor de 'El turista perpetuo'

Harkaitz Cano escribe. Escribe para rellenar bocadillos y para dotar de vida a actores -tanto en televisión como en cine-. Escribe en euskera lo que antes han escrito otros autores en un idioma diferente. Escribe poemas, novelas, relatos y canciones para segundas personas. Escribe desde los 19 años y no se define como escritor -de hecho es abogado-. Se define como músico frustrado.

Este músico frustrado, entonces, acaba de publicar El turista perpetuo (Seix Barral, 2017). Compuesto por catorce relatos, el motor de la obra, el hilo que permite a relatos a priori dispares estar recogidos bajo la misma portada es la idea del turismo -turismo como vacaciones o como estado mental, da lo mismo-.

El libro había sido concebido en euskera y ha sido él mismo quien lo ha traducido, llevando a cabo un proceso que evoca al complejo de Penélope: como quien teje y desteje. Él escribe, desescribe y traduce. Y mientras tanto, nosotros le interrumplmos para hablar de todo esto:

¿Dónde estuviste de vacaciones por última vez?

Para mí un sitio especial para ir de vacaciones es Menorca que, generalmente, es donde suelo ir a acabar los libros y El turista perpetuo, en concreto, lo traduje ahí. También algunos relatos los escribí en Menorca.

¿Es lo mismo un turista que un viajero?

Para desprestigiar al turista se habla del viajero: el viajero es el que se adapta y el turista es quien va en una cápsula, se hace notar y reproduce sus comportamientos sin empaparse del todo. Pero yo no creo demasiado en eso. En el fondo todos hemos sido o somos turistas en algún sitio.

Es curioso. Yo vivo en San Sebastián y veo cierto enfado, cierta preocupación por parte de la población porque se está convirtiendo en una ciudad demasiado turística. Pero, por otra parte, no entiendo muy bien esta antipatía hacia el turismo cuando todos lo somos.

Quizás porque el turista ahora es un ser extraño que viene a subir el precio de los alquileres.

Todo está al servicio de ciertos esquemas económicos. Creo que tiene que ver con la pérdida de la inocencia.

Cuando hace quince o veinte años alguien iba a Senegal a hacer una ruta en bicicleta, volvía, lo contaba, mostraba sus diapositivas… Y más que un viajero era un aventurero. Sin embargo, hoy en día, tanto receptores de turismo como turistas no somos tan inocentes como antes.

Creo que el código entre visitante y quien lo acoge se ha pervertido. El propio turista imposta una especie de perfil viajero (porque se supone que es lo que tiene que hacer), pero quien lo recibe también sabe que eso es falso. Es como una impostura continua por ambos lados.

En el título del libro, el adjetivo perpetuo acompaña a la palabra turista y condiciona el significado del primer término. Creo que, en cierto modo, perpetuo está asociado a la palabra condena. Sería raro hablar de felicidad perpetua.

Sí, es verdad. Quizás el único aspecto positivo son las nieves perpetuas del Himalaya.

Tuvimos muchos problemas con la traducción. El titulo original es Beti Oporretan, que sería algo así como “siempre de vacaciones”. A la hora de traducirlo, no nos convencía bastante lo literal. Y le dimos una vuelta. Ahora todo el mundo me pregunta sobre el turismo y en el título original la palabra turismo no aparece. Es un oxímoron también. Se supone que turista eres siete o veinte días al año. El turista perpetuo es un guiño irónico.

Hablando de traducciones, El turista perpetuo lo has traducido tú personalmente, con Twist le dejaste la oportunidad de hacerlo a Gerardo Markuleta. ¿Por qué?

Con Twist no me sentía con fuerzas. Estuve mucho tiempo metido en la novela y acabé bastante exhausto. Con El turista perpetuo sí que me veía con ganas. Son relatos, un libro de menor envergadura.

He traducido algunos libros míos y, aunque al principio sufría, ahora me conformo con el retrato que me devuelve el espejo de la traducción. Como cuando uno cumple años y se reconcilia con uno mismo y su espejo. Lo mismo me ha pasado con la traducción. No sufro tanto como antes. Incluso disfruto.

¿No te sientes cómodo escribiendo en castellano?

No es que no me sienta cómodo. De hecho, me siento cómodo. Escribí un libro de poemas, originalmente en castellano, que se llamaba Compro oro. Pero sí es verdad que no es mi impulso primero. Me resultaría raro escribir una novela en castellano. A pesar de que mi vida sea muy oscilante, muy pendular. Esta media vida con un pie aquí y otro allí.

¿En qué sentido?

En el sentido de que uno se siente como un agente doble, ¿sabes? Esto es como pertenecer a dos sistemas, a dos ámbitos, a dos orbitas. Hay cierta asimetría siempre.

Cuando uno se traduce a sí mismo hay un cierto desapego casi irónico hacia uno mismo. Me veo obligado a recorrer mis pasos una y otra vez. Cuando me traduzco veo las trampas que he hecho. Es un aprendizaje interesante.

Además, el sistema literario español y el sistema literario euskaldun son muy diferentes. Traducirte te permite comparar uno con otro, las quejas de uno y las quejas de otro, la dimensión de uno y otro, las ventajas y desventajas de escribir en una lengua de ámbito reducido… Lo bueno del sistema literario euskaldun es que quien tiene que llegar a tu libro, llega. Sin embargo, en el español es una selva.

Volvamos a El turista perpetuo: parece que el leitmotiv del libro, más que las vacaciones, es la derrota. Sobre todo hay personajes vencidos.

Puede ser. No lo leo así, pero puede ser. Sí que veo cierta sensación de pérdida: pérdida de la niñez, el rito iniciático adolescente… es una lucha contra el tiempo. Casi siempre es algo que se escapa, que se está escurriendo. Esto que se dice en el segundo relato de “pequeños sorbos”. Hay que beberse la vida a pequeños sorbos para que dure más, pero en el fondo la botella es la misma, el contenido no cambia por mucho que uno lo beba despacio.

Sí que es verdad que algunos relatos tienen esa vibración atmosférica luminosa, pero también un reverso oscuro que lo contrarresta todo el rato.

Ahora que dices lo de pequeños sorbos, ¿puede ser que el primer párrafo condicione la totalidad de algunos de los relatos? Parece que la primera palabra es una pista para entender el resto de la historia. En Celebración empiezas con el término “agónico”.

Sí. Hay un planteamiento de inicio que recoge de forma poética el resto.

En el relato de Celebración quería escribir sobre la vergüenza. En este libro he hecho el ejercicio de tratar de ceñirme un poco a mi entorno cercano. Voy a hablar de la vergüenza. Pero voy a hacerlo desde el punto de vista del padre de un ciclista que ha dado positivo después de ganar una etapa. El ciclismo es muy nuestro, hay mucha afición en el País Vasco.

En otras entrevistas dices que ahora no se entienden las vacaciones sin la cultura del selfie. Sin embargo, en el libro casi no aparecen selfies.

Hay un guiño en un relato hacia el palo del selfie. Pero la verdad es que no. Recuerdo la primera vez que vi un palo de selfie. Fue en Venecia, hace tres años. Nunca había visto algo así y me impresionó estéticamente.

Soy muy aficionado a la fotografía, pero de un tiempo a esta parte renuncio a sacar fotos por una cuestión ecológica. Esto que dice Fontcuberta de “prefiero rescatar fotos viejas en mercadillos e inventarme historias o hacer collages”.

En España, Fontcuberta es el referente en el ensayo de toda esta cultura del selfie.

Sí. Aunque yo echo de menos una aplicación literaria. Una aplicación textual. Esto que hacen autores americanos como Kenneth Goldsmith con la escritura no creativa: lo mismo con el texto que con las fotos. Con tal profusión de textos y de libros, la función de un escritor en el Siglo XXI, ¿no debería ser más rescatar perlas escondidas y realzarlas y darles un nuevo contexto bajo una nueva luz? Yo creo que quizás sí.

(El escritor Kenneth Goldsmith)

Leyendo el El Turista Perpetuo, tengo la sensación de que cada relato tiene la suficiente carga narrativa como para acabar convirtiéndose en novela de forma autónoma.

Me alegra oírlo. En algún caso en concreto sí que he tenido la tentación de seguir. En el Puente de 1 de mayo, por ejemplo. Es el que más se aleja del mundo vacacional: la visita de esta mujer a su hermana gemela en la cárcel. Con esta sí tuve la sensación de que podía haberlo alargado desde antes del principio y seguir con estas dos mujeres… pero como escritor y lector de relatos, prefiero que el lector acabe preguntándose qué será de estos personajes a saturarlo.

Lo que define al escritor de relatos es una mezcla entre la pereza y la generosidad. Podría seguir, pero preferiría no hacerlo. "Pasemos a otra historia. Ya te he contado esta, vamos a otra". Es un generoso perezoso, un perezoso generoso.

En el Puente del 1 de mayo se ve este personaje politizado y es algo que existe en el imaginario de los escritores vascos. En una entrevista en El Pais dijiste que “Los escritores vascos estamos aprendiendo a convertir en literatura la experiencia de medio siglo de violencia”. Superado el conflicto terrorista, ¿a qué reto se van a tener que enfrentar estos escritores millennials?

Yo creo que el principal reto es que la literatura como género ha perdido peso específico en la sociedad y en el tiempo de ocio, en el tiempo que le dedicamos al trabajo intelectual o al pensamiento. Me da la sensación de que ahora se desarrolla a otra velocidad. El hecho de contar historias siempre estará ahí, pero formalmente está cambiando mucho. En cuanto a escala, a medios… El principal reto es ese. Yo creo que no difiere nada con el de escritores de cualquier otra lengua.

Sí que tienen la ventaja con el tema vasco de que podrán hacerlo con una distancia mayor. Podrán ser más irreverentes con el tema y abordarlo desde un punto de vista mucho más libre y desacomplejado.

En ese sentido, el mayor exponente actual de la literatura vasca (aunque sólo sea por una cuestión de ventas) es Fernando Aramburu con Patria. ¿Qué vinculación existe entre Twist —los personajes de Twist son una suerte de trasunto de Lasa y Zabala— y Patria?

Yo creo que son dos elementos muy distintos de un mismo mosaico.

Se habla de relato y a mí no me gusta mucho. Yo hablaría de los relatos. La palabra relato se la han apropiado los políticos. Creo que lo del relato es algo muy a largo plazo. Hay que ir poniendo muchas piezas. Veo todavía una pared muy blanca con unas pequeñas piezas dispersas y disgregadas alrededor de esa pared. Y, bueno, si te gusta el arte abstracto, a veces con cuatro pinceladas puedes ver algo figurativo. Pero yo diría que para el relato completo falta muchísimo.

¿Y qué crees que es lo próximo?

No tengo ni idea. Soy muy malo como adivino. Por una parte, detecto ganas de pasar página. Habrá relato sobre vivencias que no se podían contar de corte más autobiográfico. Creo que sobre eso irán saliendo bastantes cosas. No haciendo una lectura sociológica o política, sino una lectura cada vez más íntima, más personal.

Habrá mucha literatura que no tendrá que ver con el conflicto vasco.

Dejando de lado lo nacional y volviendo a la forma del texto, ¿es cierto que tu poesía es demasiado narrativa y tu narrativa demasiado poética?

Puede ser, puede ser. Es una buena forma de verlo. Con los géneros siempre me he peleado. Me he dado cuenta a veces de que he empezado a escribir un poema, me ha quedado demasiado largo y he pensado que igual podría haber sido un relato.

Y en la narrativa creo que lo poético puede ser contraproducente. Creo que me gusta y creo que en la buena narrativa hay poesía, pero debe ser un tono poético, una vibración que envuelva el relato sin estridencias. Ahí es donde intento refrenarme. Quizás no lo consigo, pero mi apuesta es esa: en cada libro busco una escritura más despojada de poesía, al menos que no se vea tan a primera vista.

Esto se manifiesta sobre todo en el primer capítulo de Twist.

Sí, el primer capítulo está escrito desde la rabia. Es desmesurado en muchos aspectos. Evoca cierta escritura torrencial, una especie de aluvión de flujo de conciencia aparentemente desordenado… me gusta esta escritura selvática: meterte en el Amazonas con un machete e ir abriendo camino mediante la palabra.

Ese tipo de escritura, en el fondo, es la que a mí me sale más fácil. Creo que hay dos tipos de creador: simplificadores y complicadores. Siempre se dice que para ser guionista es mejor ser simplificador y la novela admite los dos tipos. Sin embargo, mi genética literaria, mi ADN, es el del complicador. Me gusta ese exceso, esa frase larga. A ver a donde podemos llegar. Pero, sin embargo, los escritores que me gustan son más contenidos con eso.

En tu ADN tampoco hay una apuesta en firme por un estilo concreto, sobre todo a nivel de perspectiva.

No es, para nada, deliberado. Cuando me pongo con una historia no pienso: “Esto es mejor contarlo en primera persona o en tercera”. No, desde la primera frase la historia ya trae su punto de vista. Rara vez no funciona en tercera y decides pasarlo a primera. No es algo que tenga analizado.

También hay bastantes protagonistas que son mujeres y escribo en primera persona. Algunos me preguntan que por qué lo hago. Yo digo que no tengo ni idea, que no lo hago conscientemente.

Y una última cosa, ¿existen libros de verano?

Para mí, todos los libros son para verano, es cuando más tiempo tienes. Yo siempre cuento que me leí Guerra y paz en verano, me lo leí en la playa. Entonces, a partir de ahí, nada como los rusos para la playa.

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