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La novela de Gabriela Ybarra sobre la pérdida y el silencio se convertirá en película

Hay vida más allá de 'Patria'. La cineasta y ex ministra de Cultura Ángeles González-Sinde dirigirá la adaptación de la novela de la bilbaína, el otro gran fenómeno de la literatura vasca que propone una aproximación distinta a la experiencia de la violencia

Para entender el presente del País Vasco, debemos prestar tanta atención a los avatares políticos que han marcado su historia con sangre y violencia como a la guerra cultural que se ha librado en torno a esta historia.

El éxito editorial que ha supuesto Patria, de Fernando Aramburu, con más de 400.000 ejemplares vendidos, es el último capítulo de esta contienda, y debe leerse también desde esta perspectiva: la necesidad de crear —y consumir— un relato que ayude a las personas a situarse en medio de un paisaje político en plena transformación.

Aunque hablar de "relato" puede ser problemático. Como afirmaba Harkaitz Cano en PlayGround:

"se habla de relato y a mí no me gusta mucho. Yo hablaría de los relatos. La palabra relato se la han apropiado los políticos. Creo quo que lo del relato es algo muy a largo plazo. Hay que ir poniendo muchas piezas".

Convertir la experiencia de violencia y del terrorismo en literatura es lo que están tratando de hacer una nueva generación de escritores, que cuentan con la ventaja que les da el tiempo y la distancia. Como señalaba el mismo Harkaitz Cano, esto les permite ser más irreverentes, adoptar un punto de vista mucho más libre y desacomplejado.

Y quizá el máximo exponente de esta generación sea Gabriela Ybarra, nacida en 1983, cuya novela El comensal (Caballo de Troya) ahora será adaptada al cine por Ángeles González-Sinde. La escritora bilbaína, además, colaborará en la elaboración del guión.

La novela cosechó un importante éxito de crítica que nos permite imaginarla como la contrafigura de Patria. No porque en ellas se expongan visiones antagónicas, sino porque suponen dos aproximaciones literarias muy diferentes a una misma realidad.

El libro de Ybarra, lejos de construir un simbolismo político claro que aspire a una explicación omnicomprensiva, opta por un relato de corte autobiográfico, una exploración íntima del dolor y el silencio: tanto el que rodea la muerte de su madre, enferma de cáncer, como el asesinato de su abuelo —Javier de Ybarra, exalcalde de Bilbao— a manos de ETA en 1977.

Por ello, aunque sigue siendo correcto hablar de relato —el del abrazo, el de la pacificación, el de la lucha contra el olvido—, el libro de Ybarra, como los de Harkaiz Cano, nos permiten pensar que este último estaba en lo cierto cuando decía que de momento estamos ante una pared muy blanca que por el momento solo contiene trazos libres y dispersos.

La adaptación de El comensal es solo la última prueba de que la literatura sobresale precisamente cuando se mantiene fiel al espíritu de complejidad que la caracteriza. No porque se renuncie a la dimensión política —"Mi intimidad es política. La muerte de mi madre, también", dice Gabriela Ybarra—, sino porque se niega al eslogan y al lema electoral. 

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