PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

El macho Hemingway también tenía un lado sensible

H

 

Unas cartas recién descubiertas muestran un "Ernie" hasta ahora desconocido

eudald espluga

02 Junio 2017 13:55

Directo y zafio, descortés y obtuso: así es Ernest Hemingway en nuestro imaginario. Un guerrero ateniense intempestivo, alguien que tuvo que alimentar su voracidad de experiencias límite participando en todo tipo de aventuras intensísimas que le permitieran vivir peligrosamente.

Los personajes que pueblan su narrativa no son sino el trasunto de ese ideal vital: héroes enfrentados a su destino, de masculinidad trasnochada y rancia, cuyos grandes temas son la muerte y el honor.

Hasta ahora, se había querido ver también en su prosa áspera un reflejo de esta virilidad de gladiador. Su estilo coincidiría con su estatuto de periodista-soldado, del hombre frente a la vastedad de la naturaleza: la de alguien que habitó siempre el estado de excepción.

Pero casi siempre, por mucho que le pese a Norman Mailer, los tipos duros también bailan.

Y por lo visto Hemingway bailó. Y bailó mucho: se han descubierto unas cartas de amor que el escritor norteamericano mandó a Frances Elizabeth Coates, “Betsy”, su amor de instituto.

En ellas, encontramos una faceta de Hemingway hasta ahora desconocida: la de enamorado sensible, dulzón y, sí, un poco pesado. Porque las cartas, que Betsy fue atesorando desde octubre de 1918, son reveladoras por su insulsez. Hemingway escriba por escribir, por el placer de hablar con Betsy: “Querida Frances, ya ves, no puedo romper con el viejo hábito de escribirte, aunque me encuentre a miles de kilómetros de Oak Park”.

Como vemos, sus cartas eran como ese WhatsApp tonto que termina cayendo pasadas las doce: le escribía para decir que tenía ganas de escribirle. Incluso, y lo que es mucho peor, le mandaba misivas para hablarle del tiempo. Aunque no disponemos de las respuestas de Betsy, podemos imaginar que su contestación solo pudo ser: "pues sí, Ernie, en Italia hacer calor."

Pero como muy bien ha notado su biógrafo, Robert Elder, en sus cartas también había un deje pasivo-agresivo: uy, sí, Milán, Da Vinci, la mejor cerveza del mundo y chicas bonitas.

¿Cómo? ¿Cerveza? ¿chicas bonitas? En su representación de todos los clichés de adolescente con el corazón partío, porque Betsy mucho caso no le hacía, Hemingway trataba de ponerla celosa vendiéndole los escenarios bélicos de la Primera Guerra Mundial como si de una interminable fiesta de Erasmus se tratara.

Además, no dudaba en ponerse intensito, explicándole a Frances que escribía a la luz de una vela clavada en una bayoneta. Llámandola "mi tesoro", le confesaba, picarón, que ya era capaz de "leer, hablar y escribir cartas de amor en italiano".

Pero los esfuerzos de Ernie fueron vanos: Frances terminó casándose con otro compañero del instituto, John Grace. Y si bien es cierto que siguió pensando en Hemingway –no solo guardó sus cartas, también acumulaba recortes de periódico con los artículos y reseñas sobre el autor de El viejo y el mar–, en el dorso del sobre donde guardaba algunas fotos de él, Frances escribió: “25 años después, ¡oh!, me alegro de haberme casado con John”.

De modo que no: a diferencia del Hemingway llanero solitario, que con su retórica guerrera  –aunque igualmente cursi– logró enamorar a Marlene Dietrich, el Hemingway osito de peluche no logró conquistar a nadie.


(vía The Paris Review)

share